Mandatario sometido y obsequioso, pueblo despojado

Mandatario sometido y obsequioso, pueblo despojado

¿Qué fue primero, la “reforma” energética o la unidad crítica de las fuerzas de izquierda? Sin organización ni oposición política capaz de evitar la primera, aún no existe la segunda para confrontarla.

“Estado de cosas” construido, en el que la microfísica del poder local, de camarilla o individual, por su debilidad dispone e impone estrategias fallidas a la protesta y a una lucha política popular casi siempre postergada que arrastra serias pérdidas de credibilidad y fuerza ante las recurrentes embestidas del gran capital, internacional y nacional, hoy concretizadas en una reforma energética, autoritaria, anti popular, anti social y anti económica para la mayoría de mexicanos y mexicanas que seguirán siendo pasto de un asistencialismo depredador de esperanzas de mejora y sancionador de condiciones que incrementarán su lumpenización y pobreza, y desde hace tiempo son pasto de las llamas políticas y económicas neoliberales en una república arrasada por carecer de una oposición ideológica y política, sin capacidad, ni interés en preparar – educar a las masas para dar una larga lucha con la fuerza suficiente para enfrentar los efectos neoliberales de todo tipo que se abaten sobre su nivel de vida y cultura, por lo regular, deprimido.

Ante la actual terrible situación y por obligación, las diferentes capillitas políticas protestarán con sus congregados más para sostener en el mando a sus reales y duraderos líderes, mientras cumplan con las cuotas mínimas de gestión de recursos y solución de problemas, tolerados y admitidos por el poder en los magros presupuestos, que serán las consabidas limosnas políticas para reproducir el dominio de la clase dominante con la ayuda objetiva de una oposición que así se reproduce “como parte de la clase política” y por ello requerida de no declinar sus banderas, en tanto eso no es excluyente de dar una lucha elementalmente democrática, que más allá de la formalidad política burocrática, sea vía institucional para obtener, con esfuerzo y sacrificios, modestos cambios que pueden ser vistos por los actores colectivos como revolucionarios tan sólo por la posibilidad de disputar y arrancar de ese modo y más allá del clientelismo, parcelas de poder local o por su capacidad de generar condiciones políticas que fomenten y cimienten, con educación, una democracia que aprenda y tienda a ser exigente consigo misma y de ese modo inicien a lograr sus bases de apoyo o beneficiarios, condensaciones de anhelos revolucionarios concretos que hoy aparecen cada vez más olvidados y sin valor democrático, ante una cotidianidad soporífera y conforme con sólo contribuir a la reproducción del statu quo, en tanto se exista como oposición desdibujada, absorta y al parecer despojada de esperanzas revolucionarias por omitir sembrar y cultivar entre la gente el trabajo político básico antes mencionado, mientras se viva una cotidianidad insana que impide vislumbrar e impulsar el cambio posible en el sentido de revolucionar la cotidianidad existente, a la que le queda como anillo al dedo, la calificación lopezvelardiana de ser íntimamente reaccionaria.

Así, si prevalecen entre la ciudadanía el desinterés político mayoritario por el cambio inmediato de sus condiciones integrales de vida y la lasitud sembrada por una oposición política con esas características, de lo demás se encargan o se encargarán los medios, es decir, de construir la legitimidad de lo ilegítimo a golpe tras golpe de spots, lerdos e interminables, cuya pésima ética, calidad y factura, de una u otra forma, se cargará al erario público, mientras se apoltrona y regodea en el poder, un gobernante autoritario y arbitrario, que SIN CONSULTA POPULAR impone al país los mandatos políticos del neoliberalismo que faltaban, como la privatización energética concretizada en el acceso legal, abierto a la renta petrolera por una mayoría priísta, negada al debate y manipuladas las formas por los ancianos políticos Gamboa Patrón y Beltrones para imponerla sin debatir, mediante una mayoría mecánica, aturdida e insensible para construir consensos con respeto: tanto a la Constitución como a las diferencias, y cuyo oriente institucional debió de ser el interés de la Nación y no el personal de EPN.

Lejos de la difícil y obligada construcción política de mayorías y no mecánica, como si en México gobernara una dictadura, que sería la del Pacto por México, garlito ideado por los riquillos para arrasar el patrimonio nacional, clase social políticamente dominante por sus riquezas, dedicada a despojar de su gobierno, de Pemex y de su petróleo, a la gran mayoría de mexicanos, clase política culturalmente dominada y más empobrecida ahora bajo un gobernar de Peña Nieto tutelado por los riquillos, curioso y lastimoso mandato el que tenemos, el de un mandatario mandado por la clase dominante, no por la ciudadanía, en general, hayan o no votado por él. Sin hacer la tarea ciudadana y democrática antes descrita u otra, estaremos como estamos de sometidos, por ese autoritarismo. ■

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