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domingo, 27 noviembre, 2022
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Para recordar a David Huerta

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Editorial Gualdreño 546

 

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David Huerta nació en 1949 y a punto de cumplir 73 años falleció el pasado 3 de octubre. En 2017, recibió el Premio Universidad Nacional 2017, en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura; y fue ese año cuando la UNAM publicó una semblanza de la cual compartimos un fragmento:

“El profesor David Huerta Bravo nació en la Ciudad de México en 1949. Realizó sus estudios de licenciatura en la década de los sesenta y, a lo largo de más de cuatro décadas –desde 1972, cuando publicó su primer libro de poesía–, se ha consagrado a la literatura en diversos terrenos.

Sus tareas han abarcado diferentes géneros y modalidades, que van de la creación de obras propias a la enseñanza y la investigación; de la ensayística y la crítica a la reseña bibliográfica y la crónica; de la edición de revistas y suplementos a la difusión cultural, y de la elaboración de antologías a la traducción al español de obras en italiano, francés e inglés.

No obstante, la variedad de esas tareas no ha impedido que, todas y cada una de ellas, compartan un centro animador: el amor a la literatura. Por ello, fue merecedor, en 2015, del Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y literatura, y es creador emérito del Sistema Nacional de Creadores de Arte”.[i]

Desde 2010 fue profesor de asignatura en la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL), de la UNAM; fue un escritor prolífico y su trabajo le hizo merecedor de varios premios más, entre los que se encuentran el Premio de Poesía Carlos Pellicer en 1990 y el Premio Xavier Villaurrutia en 2006, solo por mencionar algunos. Entre otras actividades realizadas a lo largo de su vida, fue asesor cultural de la Casa del Poeta Ramón López Velarde; y a propósito del poeta jerezano, David Huerta publicó en la Revista de la Universidad, en 1988, un poema que compartimos también:

 

La obra maestra de Ramón López Velarde

Artículo en verso para el centenario de su nacimiento

 

1
El miedo que les inspiran
los hijos a los padres
debe ser tema serio de reflexión.

Miren a los padres:
pálidos y enfebrecidos,
con las manos metidas
en la pila bautismal
y la mirada extraviada
en el infinito de la carne.

Mientras los padres tiemblan,
los hijos
se hinchan como gallos de pelea
y sus ojos refulgen
sobre las ciudades de la noche.

Padres e hijos se envuelven
con las olas místicas
de un fantasmal Fin del Mundo
con el que se justifican.

Los hijos pedantean
con el dandismo del parricidio.
Los padres se ponen la máscara barbada de Abraham
y piden perdón a los Cuatro Vientos.

Los hijos se destrozan entre ellos
con deleite cainita. Están
seguros de aniquilar a los padres
cuando quieran.

2
No sé si Ramón López Velarde tuvo miedo
de tener hijos. Lo cierto
es que se enorgullecía
del poder negativo
de rehusar la existencia
según consta por escrito
en el poema en prosa “Obra maestra”.

En eso era
igual que Franz Kafka.
No nacieron sus hijos
en Bohemia ni en Zacatecas.

Pero Kafka y López Velarde
son, ellos mismos, sus propios hijos
y nuestros nietos bizarros: en sus obras
sentimos que el Tiempo,
increíblemente,
fluye de futuro a pasado.

3
El tiempo fluye, naturalmente,
de pasado a futuro. Esto
no es tan sencillo,
como puede leerse al inicio
de los Cuatro Cuartetos de T. S. Eliot,
que nació el mismo año que López Velarde.

El tiempo de Kafka y de López Velarde
corre del futuro al pasado
porque ellos inventaron un porvenir posible
y desde allí escribieron
sus textos. Inventaron una tradición
y nos hicieron precursores.

Solo así se explica que El Castillo
y La sangre devota
sean cada vez más legibles, hasta
que se alcancen a sí mismos dentro de algunos años
y empiecen a envejecer,
como todas las cosas.

4
Ramón quedó deslumbrado
por la blancura,
como Arthur Gordon Pym.

El narciso y la nieve, blancos emblemas,
eran el símbolo de la página,
la pequeña llanura de papel
que desafiaba a Stéphane Mallarmé.

El espíritu de López Velarde
veía el vacío en la blancura de la página.
Esa visión del vacío
era también su rechazo de la paternidad.

La ignorancia y la sabiduría
se concentraron en el espíritu
de López Velarde
con un ardiente vértigo.

De esa concentración
quedaron palabras escritas.
Nada más.

Las palabras que escribió López Velarde
están hechas
“de rectitud, de angustia, de intransigencia,
de furor de gozar y de abnegación”,
igual que el hijo que no tuvo
y que él mismo consideraba
su verdadera obra maestra.

 

[email protected]

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/lagualdra546 

 

 

 

[i] Ver nota completa aquí: https://dgapa.unam.mx/index.php/semblanzas-anio-pun-2015/2017/878-2017c17-huerta-bravo-david

[ii] https://www.revistadelauniversidad.mx/download/eaa9037b-b75a-46ca-ad1f-96af9a3fb2bc?filename=la-obra-maestra-de-ramon-lopez-velarde-articulo-en-verso-para-el-centenario-de-su-nacimiento

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