El sofá frente al televisor

El sofá frente al televisor

Cuando niño me aficioné a Pokémon: siempre me imaginé como un maestro especializado en tipo dragón, como mi signo zodiacal, y mi equipo encabezado por Charizard. Habría reconocido, de alguna manera, cierta fortaleza en este monstruo de bolsillo, así como sus dimensiones y colores: mucha majestuosidad, aunque por momentos me resultaba un tanto soberbio y arrogante, con ciertos comportamientos infantiles. En realidad, me habría reconocido en él o, mejor dicho, sentí que había un significado para mí, vaya quise apropiarme.

En esos años, por razones económicas, no tuve una consola de videojuegos y me conformé con mirar Nintendomanía, en donde su conductor, Gus Rodríguez, recientemente fallecido debido a complicaciones de salud relacionadas con la mesotelioma, solía hablar de las novedades y los trucos en videojuegos. Me causaba gracia que un hombre adulto vestido como niño, con gorra y ropa roja, hablara con tanta pasión sobre los videojuegos. En ese programa, conocí qué era un tamagochi, el cual fue la sensación y los niños lo querían, aunque fuera pirata. Al respecto, mi padre solía llamar que esos objetos no podrían suplir las maravillas de tener una mascota: tiene razón, aunque no le di importancia. No recuerdo con precisión si tuve uno, pero sí que jugué con él, aunque fuera su versión pirata. También, me conformaba con mirar el anime, que se solía transmitir en Canal 5, y los tazos, que aún resguardo; así como solía pedirle a mi padre que me imprimiera imágenes de estos monstruos de bolsillo y yo también las compraba fuera de la escuela primaria. Yo las coloreaba, tras terminar mis deberes escolares. Solía dejarle algunas de ellas a mi abuela materna y las guardaba, aunque sabía que ella no tenía idea de qué eran esos dibujos, quizás los veía como simples modelos para llenar con colores.

Entonces, surgió una leyenda urbana, extensión de otra: decía que Pokémon era del diablo. Las televisoras bombardeaban con las mismas ideas: Pikachu significa mejor que Dios y sus orejas de roedor eran cuernos y sus cachetes representaban los círculos del Infierno: nunca se dijo en qué lenguaje significaba eso, pero, al menos, el nombre es un neologismo japonés que fusionada dos onomatopeyas, Pika (el sonido de una chispa eléctrica) y chu (el sonido de los ratones). Luego, muchos niños perdieron sus tazos, debido a la ignorancia y el atrevimiento de mentirle a las personas: un simple ratón como representante del diablo. Recuerdo que algunos compañeros iban a clase tristes o molestos: los perdieron y, me consta, muchos de ellos fueron honestamente ganados en nuestros juegos infantiles. Mi padre solía burlarse de ellos, decía que la ignorancia era muy atrevida, así como la ociosidad de unos provocaba que tuvieran ideas absurdas. Luego, un día, una cristiana fue invitada a una emisión de un programa televisivo y dijo que Charmander era un demonio bebé, que despojaba a los niños de su inocencia. Otro hablaba sobre la violencia en los animes, es cierto, y que debía ser controlada: tomaba como ejemplo Evangelion y le horrorizaba su trama: ¿por qué Dios mandaría a sus ángeles para destruir a la humanidad?

Luego, no estoy seguro cuánto tiempo pasó entre estas paparruchas, el conductor de bigote, ahora famoso por su llamado contra las autoridades de salud, quienes están implementando estrategias para mitigar la pandemia, anunció la existencia de un animal extraño, que atacaba a animales de granja. Informaba sobre supuestos ataques, en las zonas rurales del país: el Chupacabras, que identifiqué como un charmeleon hambriento y enfermo. Supuse que mi madre me retiraría mis tazos, en particular el del tal dragón: ahora ya no sería el experto maestro, sino un simple niño sin juguetes, por las tretas de adultos ignorantes y, en el peor de los casos, estúpidos.

Es curioso cómo el miedo crece cuando se ignora, aunque también la ignorancia crece cuando se tiene miedo. Ahora, en las calles no veo sino miedo y terror, por un virus . No obstante, no le temo a él, sino a la misma gente, que se deja absorber por la angustia, quizás de manera indirecta sabemos que no todos estaremos cuando esto termine. Quizás, el único reproche a la gente de mi infancia es lo que ahora estamos viviendo: miedo y desconocimiento.

Me causa gracia que había zonas en el país, en donde supuestamente deambulaba ese monstruo ficticio y se le pedía a la gente no salir, no recuerdo si hubo una especie de toque de queda. Sin embargo, ahora que nos toca gestionarnos para preservar nuestra salud y la de los demás, muchos, exceptuando a quienes no pueden dejar de trabajar, prefieren omitir las recomendaciones sanitarias.

Me pregunto si en épocas contemporáneas le darían la misma importancia a este animal que en aquellos años, aunque sabemos perfectamente que su invención era una estrategia política para distraer al público. Por desgracia, he escuchado personas que creen que está pandemia también es para distraer y se crean teorías de conspiración, tan ficticias como un Charmander. ■

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