Coronavirus: retroviral para la economía de la muerte

Coronavirus: retroviral para la economía de la muerte

El cambio climático se debe al calentamiento de la atmósfera, producido a su vez por la concentración de ciertos gases que hacen efecto invernadero o guardan temperatura en la tierra. Este efecto es muy importante, de hecho, le debemos la existencia de la vida. Pero generado en exceso, cambia la temperatura global, y con ello, la presión, la dirección de las mareas, y todos los factores que determinan el clima. Y el cambio del clima provoca eventos extremos que son altamente perjudiciales a los seres humanos: sequias, inundaciones, o cambios de tiempo de lluvias, que causan un desastre en la producción de alimentos.

El diagnóstico de la causa de este mal global es muy claro: la actividad económica basada en energías fósiles emite a la atmosfera toneladas de bióxido de carbono, metano y otros gases. Los derivados del petróleo, gas y carbón son esenciales para la industria, el transporte y hasta para producir nuestros sagrados alimentos. Por ello, hay quien asocia ‘Crecimiento Económico’ a ‘desastre ecológico’. Las potencias económicas mundiales que se han negado a firmar los protocolos sobre disminución de emisión de gases (Estados Unidos y China) lo hacen argumentando la afectación a su tasa de ganancia y los niveles del PIB. El capitalismo global se ha topado con un límite: la destrucción al medio ambiente. Algunos autores (por ello) han puesto un dilema a la humanidad: o el capitalismo o el planeta.

Con la pandemia, el planeta se ha dado un respiro. La recesión económica que se expresa en receso en fábricas, disminución de vehículos, parada de barcos pesqueros, aviones, y un largo etcétera, limpió el aire del planeta y los ríos y los mares. En los lugares más congestionados, como China, se reporta una limpieza de aire del 60 por ciento. Si esta pandemia durara un año tendríamos la economía destrozada y el planeta resucitado. Y cuando decimos ‘economía’ nos referimos al capitalismo globalizado. Otra economía es posible y el planeta merece vivir.

El evento funesto de la pandemia permitió verificar el diagnóstico que afirma que el modelo de desarrollo actualmente en curso es tóxico a la vida. Es, como dijo Francisco: la economía de la muerte. El virus puso en receso a esta economía, y con ello, el planeta respiró aliviado. Pareciera que el virus fuera, paradójicamente, un retroviral: antídoto al virus-humano que enferma al medio ambiente. La lección ha sido determinante: si no cambiamos el modelo de desarrollo la vida humana fenecerá como ahora lo predice con este indicio. El virus ha pasado a ser un signo. Algo que también está en cuestión es la mejor medicina para resolver la crisis: las estrategias neokeynesianas (anti-neoliberales) que impulsan el estímulo de los consumos para recuperar el ciclo de producción-renta-demanda. La maquinaria económica se reactivará y las comunidades humanas pueden volver a respirar, pero el planeta volverá a la asfixia. Debemos pensar en formas más realistas de superar la contradicción entre la economía humana y la vida planetaria: superar no sólo al neoliberalismo, sino al propio capitalismo.

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