Geografías de leche: ‘Vacalao’, de Armando Salgado [1]

Geografías de leche: ‘Vacalao’, de Armando Salgado [1]
Subir escaleras. Ilustración de Manuel Arturo Castrejón (Pixel C.R.)

La Gualdra 409 / Literatura infantil

 

Debo confesar que he leído y releído Vacalao, publicado por el Fondo Editorial del Estado de México en 2018. Cada vez que lo hago encuentro un sentido y una perspectiva más aguda, alternativa o complementaria. El excelso trabajo de Armando Salgado, como poeta narrador, y Manuel Arturo Castrejón (Pixel C.R.) con su poesía visual, amalgaman sus talentos en una obra única e inefable.

En Vacalao se recrea ese lenguaje que en su sencillez estriba su profundidad y el desafío que compromete a discernir su poesía, de interpretarla agudizando todos los sentidos, la sensibilidad que sólo se puede experimentar cuando se ha vivido un complejo y lácteo proceso de metamorfosis: de niño, a becerro, a bacalao, a vaca y a poeta (a quien, de joven por tomar leche, le salieron espinillas).

Es una guía cultural, un mapamundi poético, una hoja de navegación que nos lleva por un recorrido que roba a la nostalgia las memorias del puente de las Artes en París, la mirada desde el río Sena, un suspiro a la Torre Eiffel. En Alemania se reposa en el Cuadro de Franz Marc La vaca Amarilla, y en Inglaterra experimenta con el padre de la inmunología, Edward Jenner y sus vacunas. Pero no se detiene en la eterna Europa, también canoniza en un paseo por la India para entender cómo la misma alma puede ser carne para hamburguesa o una deidad. No hay recorrido sin regresar al mar, a las montañas al frío de Noruega, y al abrigo de los esquimales que albergan treinta tonos de blanco. El juego geográfico y gastronómico se entrelazan para comprender la grandeza de las vacas, entre el Departamento de ultramar en Martinica (Río Blanco, Blanche). España y su alfajor. Europa del este y Asia que han dado al mundo el Kéfir, el búlgaro, el yogurt. Hay un túnel del tiempo que nos transporta al origen de la cultura occidental, al Cáucaso, donde Zeus encadenó a Prometeo. Y donde Heracles realizó el quinto trabajo que implicó desviar los ríos para limpiar los establos.

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Para poder escribir tantos pormenores que únicamente los rumiantes conocen, Armando Salgado tuvo que convertirse en vaca, no se entiende de otra forma. Cómo explicar lo que sucede en sus cuatro estómagos si no se hace un viaje al centro de la vaca; que los jilotes rebanados son un manjar que hasta les tuercen los ojos y que no pueden bajar escaleras; que en la india las abandonan cuando dejan de producir leche y que gracias a las vacas hoy tenemos vacunas para la viruela.

Las vacas siempre caminan hacia adelante, con paso parsimonioso, con pisadas firmes, voluntad férrea y mirada pura como la leche bronca recién ordeñada antes de salir el sol. Así el poeta tomó al tiempo por amigo, hermano, y con Cronos aprendió de los días y de los viajes a la playa. Por eso ha dejado de ver, ahora observa con la lengua. Ya no come, ahora rumia, engulle las palabras, las mastica tantas veces hasta que se acomodan en el lugar preciso en que el lector evoca ese espacio íntimo, la casa de los abuelos donde aún las estrellas no desaparecen por la electricidad, a la merienda con mamá, al establo con papá.

El libro es una esfinge a la nostalgia que evoca el pasado de una cultura que se niega a diluirse en la hiperrealidad donde la vaca es un cartón con pocas calorías y vitamina “B” que duerme en el refrigerador. Vacalao levanta a la niñez en un manifiesto revolucionario contra todos los gobiernos del mundo “[…] niñas y niños: necesitamos leche verdadera y no producto lácteo con grasa vegetal… es injusto que nos quieran tomar el pelo”.

Hoy nos dicen que la leche bronca es un atentado a la salud de los niños; ¡cómo pudieron sobrevivir tanta barbarie! El abuelo decía que el palomazo y la pajarera, en el rancho, eran la mejor actividad para empezar el día, el mejor cappuccino era poner café y azúcar en un vaso, para que, al ordeñar a la vaca, se mezclaran y emergiera un café espumoso.

El libro tiene un cómplice, el tercio que completa el círculo, el cuarto estómago que al dar imagen visibiliza la voz rumiante, la metáfora, el símil. Técnica y tipográficamente, el poemario es de colores perfectos, la representación de las imágenes y la armonía entre sus tonalidades convocan a contemplar las escenas por largos minutos, quizás, tomando un vaso de leche caliente. Quizás, se debe a que el autor fue una vaca que se alimentó en las tierras altas de Mato Grosso, quizás de los girasoles de van Gogh, en el florero de Corvus Suvroc: para sentir nostalgia, comprar girasoles; para mitigar la nostalgia beber un vaso de leche caliente.

En este libro, Armando Salgado nos vuelve a sorprender por su sensibilidad para renombrar el mundo cotidiano de los sentidos, de transmutar ovejas en vacas, los eritrocitos en bacalaos migrantes, el miedo en aventura, la palabra en vaca, la poesía en leche, la vaca en cebras, la libertad en candados de amor mareados por el Sena, la geografía en metáfora y la hidrografía en vía láctea. Es un creador de mundos paralelos o alternos, navega por mares gélidos, brújulas con otros nortes, regiones míticas, estrellas que se dibujan, y colores nuevos (el color vaca). Vacalao se escribió para replantear la historia, la otra historia, la no canonizada. No sé si en Poesía hay coincidencias, aureolas boreales lácteas que transportan las palabras en un círculo perene, o cómo explicar que Armando expresa “El sol jugaría a buscarnos”. Alfonso Reyes, hace décadas escribió: “No cabe duda, de niño a mí me seguía el sol”, y Emiliano, mi becerrito, a sus tres años exclamaba: “Mamá, el sol no deja de seguirme”. Concluyo con una convocatoria que hace Armando en el libro como un manifiesto sustentable y sostenible: “Niñas y niños del mundo, adoptemos una vaca”. Niñas y niños adoptemos a Vacalao para tenerlo de compañero y liberarlo, de vez en cuando en los rincones de nuestra casa-establo.

 

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_409

 

[1] Me permito compartirles que esta descripción la dedico no sólo al autor, sino a mi becerrito, a mi gatito, quien consume muchos litros de leche al mes.

 

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