Plásticos: de promesa a amenaza planetaria

Plásticos: de promesa a amenaza planetaria

Hasta mediados del siglo 20, el plástico era un material raro en los hogares y las industrias del mundo, pero su uso creció de forma exponencial en la medida en que la sociedad de consumo suplantó a la sociedad de producción: barato, virtualmente inagotable, versátil y prescindible, el plástico se convirtió en el mejor aliado de un sistema económico basado en el carácter efímero de las mercancías y la obsolescencia programada. En vez de reutilizar y reparar vestimenta, mobiliario, herramientas y empaques, las generaciones humanas nacidas en las décadas recientes normalizaron la idea de adquirir productos de corta vida útil, que rápidamente deberán ser remplazados por otros cuyas supuestas ventajas son propaladas a través del marketing; un éxito rotundo en términos de dinamismo económico cuyas consecuencias ambientales nadie pudo o quiso prever.

La gran conveniencia de los plásticos llevó a que pronto la sociedad de consumo les encontrara a estos materiales una gama prácticamente infinita de aplicaciones, algunas de las cuales se han revelado ciertamente providenciales por su aporte a mejorar la vida humana, como cabe decir del instrumental médico quirúrgico de este tipo. Sin embargo, otros usos resultan, por decir lo menos, cuestionables, y hay uno de ellos que constituye un monumento a la irracionalidad del estilo de vida creado en el denominado “Occidente”, y exportado (o impuesto) al resto del mundo: el de los plásticos de un sólo uso para embalaje, ubicuo en la industria de alimentos y bebidas. De las bolsas de supermercado cuya vida útil promedio es de 15 minutos al supremo sinsentido de las frutas y vegetales despojadas de su cáscara y envueltas en plástico para ahorrarle al consumidor el paso de pelarlas, pasando por los empaques que recurren a un exceso de material para hacer un producto más atractivo, los plásticos de un sólo uso se amontonan sin que quienes los crearon atinen a encontrarles un destino razonablemente adecuado. El caso de México es tristemente ejemplar: ostenta el poco honroso título de mayor consumidor mundial de agua embotellada, pero apenas recicla 6 por ciento de los 4.58 millones de toneladas de basura plástica generada cada año.

El triunfo arrollador de la cultura de consumo y la rampante precarización de las condiciones de vida de las mayorías –la pérdida del poder adquisitivo del salario, impuesta como supuesta inevitabilidad económica a partir de la década de los 70, va de la mano con la oferta de artículos de muy bajos precio y calidad–, propician que cada año se viertan en los mares del mundo 8 millones de toneladas de plásticos, equivalentes a un camión de basura cada minuto. Se trata de un cálculo conservador, que considera sólo los desechos provenientes de zonas costeras. Esta conversión de los océanos en un inmenso vertedero ha llevado a que en la actualidad 90 por ciento de las aves marinas y la totalidad de las tortugas marinas hayan ingerido plásticos.

Una de las razones por las que este material obtenido del petróleo representa uno de los mayores desafíos en la degradación ambiental, reside en que simplemente no desaparece; si no se le da un tratamiento industrial adecuado, únicamente se rompe en piezas cada vez más pequeñas hasta conformar los denominados microplásticos (fragmentos de cinco milímetros de diámetro o menos). Estos desechos flotan en los océanos, donde son ingeridos por el plancton –la base de todas las cadenas alimentarias marinas–, a través del cual pasan a las especies que se alimentan de ellos: un estudio encontró que una tercera parte de los peces tienen fragmentos plásticos en sus intestinos. Aunque en sí mismo esto debería mover a la acción para evitar la muerte de animales debida a la irresponsabilidad humana, se trata también de un asunto de supervivencia para nuestra propia especie, pues nadie sabe en qué punto la desnutrición de los animales marinos por ingesta de plásticos causará un colapso en las poblaciones y que prive a la humanidad de esta crucial fuente de alimentos.

Las sociedades encaran un dilema: por una parte, el plástico está integrado en la economía y vida cotidiana de una manera tan inextricable, que resulta en todo punto imposible prescindir de él en el corto plazo; por otra, si no se implementa una reducción drástica en la producción de plásticos y una decidida mejora en los niveles de reciclaje, en un futuro que podría ser dramáticamente cercano se encontrarán con que una de las más grandes creaciones de la inventiva humana mutó en amenaza y pesadilla para las condiciones de habitabilidad del planeta.

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