El triste México que privilegia a los opinadores

El triste México que privilegia a los opinadores

En un México donde ahora todos queremos hablar, faltan más personas dispuestas a escuchar. Proliferan más los escritores que los lectores, más los conferencistas que los asistentes a conferencias, más los “coaches” que los deseosos de “coucheo”, más los expertos que los sencillos.

Aunque la importancia en el proceso de comunicación debe verse conceptualizada tanto en emisor como en receptor, por lo menos en este México la realidad nos ha mostrado que generalmente el emisor es el más favorecido en consideraciones. Parece que se abusa en la concepción de que la comunicación es más importante por su remitente y origen que por su destino, concreción y correspondencia. Quizá por eso tantos opinadores, y opinadores que a ultranza creen que sólo ellos tienen razón. Con frecuencia se deja de lado que, en un escenario ideal, la comunicación está diseñada para que la reciba alguien específico, y en una acción específica tenga su cumplimiento. En eso pierde el muy arduo proceso de construcción de la democracia.

En este triste México vivimos en una época riesgosa para la efectiva ponderación de la comunicación y sus efectos, pues cualquiera puede sentirse orador, conferencista, discursista o, como pomposamente se hacen llamar algunos, “speaker” o “coach”. En los mismos tiempos en que cualquiera puede publicar, y publicar cualquier cosa, también cualquiera puede presentarse hoy como asesor, consultor, speaker, experto en oratoria, coach o lo que resulte de acuerdo con su deseo de destacar o compartir lo que le apasiona. Para mayor desgracia nuestra, muchas conferencias, cursos y seminarios son sólo escenarios para el lucimiento de estos figurines insípidos, charlatanes o mercenarios.

Lo más grave no es tal fiebre de proveedores de asesorías y capacitaciones, de alumnos graduados y confiados aprendices de ellos (que para cada tonto puede haber uno igual que busque contratarlo), sino el esquema invertido que en la mayoría de los casos propone el ego de quien se siente imprescindible en los actuales modelos de emisión de discursos.

Me explico: El Señor Divo (así llamaré al orador de mi ejemplo) es un actor de televisión comercial contratado por el gobierno estatal en turno para dictar una conferencia a cientos de jóvenes. Desde antes de que el hombre llegue a la ciudad ya tiene garantizada cierta asistencia aunque él ni siquiera conozca la teoría y práctica de la oratoria. Es actor y punto: muy en el fondo cree seguramente que puede fingir el mensaje. Asido a su fama, que no prestigio, puede incluso exigir determinadas condiciones para el momento en que se enfrente al público: puede empezar a portarse divo, pensando en él y no en el mensaje (lo vertebral de la comunicación) y menos el auditorio (destino de ese proceso). Aquí empieza el modelo invertido al que me refiero, pues el acto que enmarca la transmisión del mensaje será erróneamente organizado entonces no con base en la necesidad de los receptores, sino la del emisor.

Segundo error: el tipo de mensaje. En este México he asistido a “conferencias magistrales” que en realidad son recuentos autobiográficos: de dónde vengo, cómo inicié, cómo afronté penurias, qué pensaba, qué sentía, cómo vivía, qué pienso yo de la vida que me ha tocado. La pregunta ante este desahogo o lucimiento o autorrealización es: ¿realmente aporta dicha narración de esa vida “tan dramática” algún elemento valioso para los receptores?

Tercer error: El público al final. Yo soy la estrella, yo soy el que tiene la voz, yo soy el candidato, yo soy quien preside la mesa de honor, el evento es para mí, ustedes se callan, ustedes me escuchan, tienen que entenderme. Cuando el modelo eficaz para la comunicación debe ser primero el público, segundo el mensaje y tercero el contexto del emisor y el propio emisor, el ego del político o speaker mexicano toma todo y lo arruina al ponerlo de cabeza. Primero él, luego su vestuario y contexto, luego su mensaje, al final el público que viene a adorarme. El chiste no es que abarroten el auditorio con la gente que bajó de los camiones, sino que el orador realmente conozca a priori las necesidades y realidad de esa gente. Lo ideal es que el emisor del mensaje considere: 1) lo que esa gente busca escuchar, y 2) lo que esa gente necesita escuchar pero aún no sabe que necesita escucharlo.

Si realmente atendiéramos a la comunicación como la gran apuesta para mejorar al entorno, entonces el auditorio debe quedar convencido e incluso capacitado para retransmitir el mismo mensaje del emisor en otros lugares y momentos, con las palabras simples y directas que éste precise para tal fin. La conferencia debe ser realmente eso y no un evento votivo de fanáticos ante su adorado. El modelo de comunicación debe reconsiderar al receptor como beneficiario y no como instrumento ni pretexto ni botín alguno.

Por desgracia en este México que tanto privilegia a los opinadores pero que tanto necesita diálogo persiste el modelo del gran escalón del aula tradicional: el emisor se encumbra y ordena que todos se callen porque ha llegado el gran momento del aprendizaje. Pobre México donde todos descalifican de un plumazo a su debatiente, pobre México que se llena de figuras públicas en las redes sociales o la realidad, y deja muy atrás la construcción genuina del ciudadano, del vecino, del elemento básico de construcción de una mejor sociedad. ■

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