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La Gualdra 381 / Río de palabras

 

¿Quieres que te dibuje algo? Me preguntó mientras veía pasar a la gente en el hospital. Era un niño. Pequeño pero con una prominente cabeza. Llevaba un caballo estampado en el suéter. Más bien parecía una pintura rupestre. No se apreciaba bien pero jamás olvidaría esa figura y su sonrisa, la de él. Sí, respondí después de darme cuenta que me veía con sus ojos brillosos, grandes. Tenía las manos delgadas, delicadas quizás. Y de inmediato sacó lápices de colores de buena marca y una libreta de hojas blancas. Se acostó en el suelo a lado de las bancas donde la gente espera impaciente. Sus trazos eran feroces y por dentro me alegraba que tomara con su manita varios colores a la vez, se volteó y con una sonrisa parecía decirme su secreto. Supo combinar los colores para formar algo parecido a una flor gigante a lado de una casita. La flor, me dijo, era real. Donde él vivía había cientos de ellas. Y la casa era de Polo, su perro. ¿Quieres dibujar algo? Dijo mientras ofrecía su cuaderno. Tomé un color oscuro y rayé la hoja, después repasé esas líneas con un lápiz amarillo, un poco de violeta y azul para no desaprovechar el material. Te quedó bien. Ahora ponle tu firma. Y lo hice. Mi inicial y luego un garabato. Sí, te quedó bien. A los demás no les gusta dibujar como a mí, dijo con una vocecita que juro jamás podré olvidar.

—Tengo que irme. Si quieres otro día vienes y pintamos un castillo –dijo mientras guardaba sus lápices en orden cromático en una caja negra acolchonada.

Asentí y se fue a una habitación del hospital. Antes de entrar se volteó y giró su manita como si fuéramos amigos de toda la vida. Como si yo también fuera un niño alegre que dibuja dragones y cometas.

Después llegó una enfermera de prominentes caderas y mirada cansada. Me dio los papeles que certificaban mi correcto estado de salud. Quizás tuve la sensación de los reclusos que por fin salen después de robar una tienda con una pistola de plástico. Yo sabía que sus ojos decían “no vuelvas” cuando se despidió con un “hasta luego, joven”.

Esto fue hace mucho y sé que no podré olvidarlo. Porque esa misma tarde bajando del metro me encontré con ese alguien que me condujo a la salida y me llevó a su departamento. Ahí, dentro del desorden, pude ver al menos dos personas más tiradas en el sillón. Acerqué una silla, le di el dinero a ese alguien y me piqué en la vena que está cerca del tobillo. Al despertar, la luz que entraba por la ventana me perturbaba y los escalofríos me hacían castañear los dientes. No podía levantarme. Metí las manos en el bolsillo y obtuve una hoja doblada en cuatro, era el dibujo del día anterior. Tiempo después, mucho después de las múltiples intervenciones que tuve en diferentes hospitales, me enteré que aquel niño falleció una o dos semanas después de su última quimioterapia. En los mejores días, y en los peores también, puedo imaginar un tropel de corceles a toda velocidad alzando el polvo en alguna lejana llanura, corriendo fugaces, libres por fin.

 

 

 

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