Las reformas borbónicas y su influencia en la instrucción de las primeras letras

Las reformas borbónicas y su influencia en la instrucción de las primeras letras

Retomando la zaga de colaboraciones sobre la instrucción de la primera enseñanza en lo que fuera la Intendencia de Zacatecas, encontramos que al concluir la Guerra de Sucesión española (1701-1714) arribó al trono Felipe de Anjou, conocido como Felipe V, la serie de cambios que este monarca, sus dos hijos y su nieto aplicaron tanto en la metrópoli como en los territorios del extenso imperio español a lo largo de todo el siglo de las luces, serían conocidos con el nombre de reformas borbónicas. El nombre obedece a que dicha familia pertenecía a los Borbones1. Estos cambios han sido abordados ampliamente por los historiadores colonialistas. En esencia tales transformaciones descansan en las ideas ilustradas que les darían su sello distintivo caracterizado por la racionalización en el uso del poder, especialización administrativa, obediencia de reglas fijas y un mayor control de los reinos y provincias de ultramar en todos los aspectos bajo la autoridad absoluta del rey2.

Entre los antecedentes de las reformas borbónicas encontramos la creación de secretarías de Estado y de Despacho y el surgimiento de la figura de intendente, que aparecieron en un primer momento en la metrópoli. En el caso del virreinato novohispano se buscó meter al orden a los poderosos estamentos de mineros, comerciantes y al clero que ante el poder que habían acumulado desafiaban el poder del Rey. La iglesia, tanto el clero secular como las órdenes regulares habían adquirido un gran poder económico y político. Los jesuitas, que serían los más afectados, debido a la influencia que tenían entre la sociedad, habían terminado por convertirse en prestamistas de otros grupos poderosos de la Nueva España3. Entre las prácticas de los grupos de poder novohispanos que no eran bien vistas por la Corona se encontraban los “arrendamientos de impuestos” o “rentas enajenadas” de las que se beneficiaban mineros y comerciantes a cambio del pago (a través del quinto real y otros haberes) que se hacían a la corona de ciertas cantidades de dinero. En el renglón fiscal hacendario aparecieron claros indicios de corrupción, los recaudadores del rey (“oficiales reales”) con el encubrimiento de los tribunales y la complicidad del virrey, “llevaban mal o no llevaban las cuentas”. Tal situación provocó la despreocupación de los contribuyentes por el pago de sus obligaciones fiscales. Este estado de cosas devino en un clima de impunidad y fraude, por lo que el monarca juzgó necesario retomar el control económico y político. Siendo la Nueva España la joya de la Corona, el soberano hizo de ésta una “fuente de recursos para el sostenimiento y defensa del imperio y no sólo de sus habitantes”4.

Los cambios impulsados por los monarcas Borbones descansaron en la doctrina económica del mercantilismo, que privilegiaba el enriquecimiento de las naciones mediante la acumulación de metales preciosos y las actividades comerciales. De ahí el auge que se le diera a la minería novohispana durante todo el siglo XVIII. Pero, no fue solamente la extracción de minerales la única actividad económica que se fomentó. Por medio de una política proteccionista que a su vez buscaba combatir el contrabando de bienes ingleses, se buscó que el comercio entre España y América, los reinos y provincias de ésta última deberían de importar mercancías exclusivamente de manufactura española. Desde la perspectiva de los ministros y consejeros ilustrados, las colonias deberían de conformarse con ser proveedoras de materias primas a la metrópoli. Así mediante un comercio regulado por medio de aranceles e impuestos, la economía teniendo por pilar el comercio alcanzaría un mayor dinamismo y este haría el enriquecimiento del imperio y prosperidad general de los súbditos.

Tanto en la metrópoli como en las colonias españolas, las reformas borbónicas tocaron también a la educación. Con la creación del Colegio Académico (Madrid, 1780) que sustituyó al antiguo gremio de San Casiano en el que se agrupaban los maestros del nobilísimo arte de leer y escribir, la educación elemental pasó a constituirse en la columna vertebral de la política ilustrada. Muy parecido al capitalismo en su fase neoliberal, las escuelas de primeras letras serían las encargadas de “preparar artesanos técnicamente capaces y formar ciudadanos morales”, según lo establecían los estatutos del citado Colegio.

El concepto que sobre la educación surgió de moda y los propósitos de la política educativa de las reformas, se resume en la siguiente cita: “El fin y objeto principal del establecimiento de este Colegio Académico es fomentar con trascendencia a todo el Reyno (sic) la perfecta educación de la juventud en los rudimentos de la fe católica, en las reglas del bien obrar, en el exercicio (sic) de las virtudes, y en el Noble Arte de leer, escribir y contar, cultivando a los hombres desde su infancia, y en los primeros pasos de su inteligencia, hasta que se proporcionen, para hacer progresos en las virtudes, en las ciencias, y en las Artes, como que es la raíz fundamental de la conservación, y aumento de la Religión, y el ramo más interesante de la policía y el gobierno económico del Estado”5.

Como podemos darnos cuenta, sin que se abandonaran la fe y la religión católica a las que siempre sería fiel España, el ideal educativo de los déspotas ilustrados, comprendía diversos aspectos, si bien destaca la prioridad de una instrucción tendiente a buscar un dominio de las habilidades elementales (lectura, escritura y aritmética) y la educación cívica y moral; si bien, no se dejaba de lado la productividad económica. Las reformas a las que nos estamos refiriendo tuvieron como eje rector la autoridad del monarca, símbolo de la unidad nacional. Representaron la aplicación de una política centralista dirigida a atacar el corporativismo, sus prácticas e inercias. Una de las corporaciones que se vieron más afectadas por la nueva administración de gobierno fue la Compañía de Jesús que ejercía prácticamente el monopolio de la educación preuniversitaria (media y media superior) en las colonias o reinos del imperio. Cuando en 1767 se ordenó la expulsión de la orden ignaciana, el rey Carlos III encontró simpatías por esta medida entre el sector influyente de eclesiásticos que divididos entre “modernos” y “tradicionales” se sumaron a la cargada en apoyo interesado a las ideas del regalismo6.

Referencias documentales.

1Luís Jáuregui, “Las reformas borbónicas” en Gran Historia de México Ilustrada, Planeta, CONACULTA-INAH, México, 2001, Vol. III, p. 41
2Loc. cit.
3Ibíd. p. 42
4Ibíd. p. 43.
5“Estatutos del Colegio Académico del Noble Arte de Primeras Letras…., 1781”. Citado en Dorothy Tankc, La Educación Ilustrada, 1786-1836, El Colegio de México, México, 1998, p. 12.
6Ibíd., pp. 8-9.

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