La cuarta transformación y la cultura política

La cuarta transformación y la cultura política

Acostumbrados a ver los eventos fifí en las revistas gratuitas que se encuentran en el café, muchos de los simpatizantes y hasta promotores de López Obrador vieron a uno de los suyos protagonizando uno de ellos.
El fiel y discreto escudero de AMLO -ese que espera paciente y silencioso a que éste se tome decenas de fotos a cada paso- sorprendía en la portada de la revista Hola, en una imagen con fondo rosa y acompañado de su esposa que rayaba entre lo kitch y lo inverosímil.
El razonamiento que dio pie a la lujosa boda del coordinador general de Política y Gobierno del gabinete de Andrés Manuel y su consecuente publicación en la Revista Hola puede suponerse en este escenario:
La novia, una próspera empresaria miembro de una familia prominente cuya fortuna da, por ejemplo, para tener un litigio por un terreno de 30 millones de pesos, probablemente sea parte de un círculo en los festejos de ese presupuesto resulten normales sino es que austeros.
Quizá tampoco le resulte extraño ser portada de la “prensa fifí” que tanta critica el círculo que rodea a su marido.
Además de ello, sería humanamente comprensible y políticamente imperdonable que pasara por su mente que un acto así pudiera justificarse como el pago Justo por años de sacrificio y lucha paciente en la que el novio de dicha boda vivió prácticamente como siamés de López Obrador en tanto ella pasó más de un año en la cárcel en un conflicto con el Gobierno de Rafael Moreno Valle que la llevó a recibir el calificativo de “presa política” por parte del Centro Estatal de Derechos Humanos, José Luis Tehuatle Tamayo.
Sea cual sea el razonamiento privado, es irrebatible que el acto tuvo un costo político no solo para los protagonistas de dicha boda, sino también para el más famoso de los invitados presentes, pese a que también es indiscutible que se trató de un acto privado, pagado con dinero privado y hasta donde sabemos y nadie pruebe lo contrario, de origen lícito.
Es también, un acto de un particular sin funciones en gobierno.
Pero este hecho, inocuo en lo legal. Tiene su mayor atractivo en demostrar cómo lo más difícil de la cuarta transformación será modificar la cultura política de la que nos hemos quejado por años. Esa que obligaba a llamar por su cargo a quien antes era llamado por su nombre de pila, que fomenta los compadrazgos basados en la conveniencia política más que en la amistad, que está acostumbrada al besamanos, y a repetir todos los vicios caciquiles.
Es esa cultura política que se circunscriben los mega bonos de fin de año que podrían recibir los diputados federales, mismos que rechazó López Obrador en conferencia de prensa este domingo en Zacatecas, en el que advirtió que esos tiempos terminaron, y que sí alguien no se había enterado, confiaba en los medios de comunicación para que se lo informaran.
En ese mismo tenor habrá que modificarse la cultura del turismo legislativo y gubernamental que con cualquier pretexto da oportunidad de viajar con cargo al erario a la clase política al interior del país e incluso al extranjero, en ocasiones hasta con familiares, y a veces incluso solo a estos últimos sin que siquiera se aparezca el sujeto del pretexto.

Pese a que se ha dicho una y otra vez, y ayer se reiteró en la Plaza Miguel Auza, persiste la tentación de hacer ver los programas sociales como dádivas que se pueden obtener dependiendo de la cercanía que se tenga con el liderazgo o grupo político que traiga el botín.
Así, en los tiempos en los que el máximo líder de la cuarta transformación llama a eliminar las divisiones y a asumir que “la patria es primero” y que se gobernará para todos, hay quienes procuran hacer sentir que los beneficios de los nuevos tiempos dependerán de la relación que se tenga con los “ismos”.
Esta cultura de “gestión” basada en la pertenencia está tan arraigada, que pulula en el discurso político que se espera que los legisladores “ayuden a Zacatecas” como estado, y a sus distintos municipios como si el recurso público debiera repartirse en función de la oriundez de los legisladores.
En esa trampa caen los representantes ejecutivos de diversos niveles que asumen que retratándose con unos y otros abonan a las finanzas de sus terrenos, y en esa cultura los legisladores se dejan apapachar y acrecientan la egoteca arriesgándose a decepcionar en unos meses cuando su condición de zacatecanos no les alcance para persuadir a sus colegas de la necesidad de aumentar el presupuesto de la entidad que probablemente anden en las mismas.
No abona a este necesario cambio de cultura política la situación de desempleo y crisis económica permanente que hace pensar a mucha gente que la salida a ello está en su participación política. Éstos ahora en y en los últimos meses se encuentran presionando por espacios laborales con el argumento de ser del mismo grupo político o por haber ayudado en campaña y no por sus méritos profesionales o su experiencia.
A esta cultura caciquil que cambia solo de protagonistas pero no de forma de operar, obedecen muchos de los que tanto se quejaron de ella pero que hoy la rueda de la fortuna los coloca en posición de decidir y no de pedir. En el exceso incluso a veces alcanza hasta para exigir en terrenos ajenos bajo el chantaje de que se requerirá de ellos y su fuerza política (muchas veces de papel o imaginaria) en momentos claves.
Faltando casi dos meses para empezar siquiera los ordenamientos de la llamada cuarta transformación, es pronto para darse por vencidos y asumir que se cambió de amo pero no se dejó de ser perro. Sin embargo, estamos a tiempo de advertir que dicha transformación implica un cambio de cultura política en la que tendrán que superarse los “sí merezco abundancia” que en voz baja y en silencio se repiten una y otra vez los que llegaron a cargos de elección con la bandera de combatir lo que hoy tanto los tienta. ■

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