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Anomia y transvaloración: una mirada al delito

Anomia y transvaloración: una mirada al delito

Las políticas públicas pueden interpretarse como estrategias para cambiar comportamientos: se crean impuestos especiales altos con la intención de inhibir el consumo de ciertos productos, es decir, incidir en el comportamiento de los consumidores. Así como este ejemplo, podemos concebir las medidas de política como formas de impactar sobre ciertos comportamientos. Pues bien, en el caso de la delincuencia esto es aún más evidente. Por eso es vital que sepamos analizar con rigor el comportamiento delictivo, y no creer que se trata solamente de individuos que violan la ley por mera responsabilidad moral propia. Al haber patrones conductuales en la incidencia delictiva se pone de manifiesto que hay algo en las estructuras sociales que están provocando ese tipo de comportamiento. Así, la delincuencia no es un mero problema moral de los individuos, sino un verdadero problema social.
Buscando en la gama de estudios sociológicos nos encontramos con la teoría de la Anomia de Robert Merton, que parece dar luz, al menos, a uno de los factores sociales productores del problema que padecemos: la disposición de los jóvenes a incorporarse a bandas delictivas. La anomia se debe a “una disociación entre las aspiraciones culturalmente prescritas y los caminos socialmente estructurales para llegar a ellas”. Esto es, la contradicción entre el subsistema social y el cultural. Esta disociación o abierta contradicción provoca que el delito se convierta en comportamiento colectivo. En estos casos, el Estado es el único actor que puede intervenir para corregir la anomía; en los actores de la sociedad civil la incidencia es al nivel de sus organizaciones, pero no pueden impactar en forma directa en las estructuras sociales. La cosa se pone compleja cuando la anomia se retroalimenta y llega al propio Estado: en el caso del delito se manifiesta en los eventos permanentes de corrupción.
El valor de la riqueza o altas adquisiciones monetarias como el supremo símbolo de éxito social choca con las pocas oportunidades para lograr esa finalidad por los medios legítimos y legales. Luego entonces, la manera de alcanzar el fin es por medios ilegales o ilegítimos. Esos medios son justamente los delitos. Así las cosas, cuando en algunas zonas de la sociedad se afirma a la riqueza acumulada como único símbolo de éxito, se convierte al dinero en valor por sí mismo. Se le transforma en fetiche. Y en la persecución del fetiche se encuentra que los medios instituidos no dan para eso. El mecanismo de la racionalidad instrumental lleva a otros medios o caminos que sí conduzcan a ese fin. En el caso de la corrupción es muy clara la forma en que se aplica el mecanismo anómico: quieren enriquecerse al ocupar un puesto, pero los salarios no dan para eso, entonces ocurren a tratos debajo de la mesa para alcanzar su finalidad. Pero también puede haber versiones de anomia distintas a la que presenta Merton. Lo importante es verificar la disociación entre los fines culturales (valores absolutos) y los medios socio-institucionales para lograrlos (valores instrumentales). Y caer en la cuenta que esa ‘disociación’ es una condición estructural.
Para enfrentar la anomia se puede hacer por el lado del valor, promoviendo valores de éxito social distintos al fetichismo del dinero; o se puede hacer por la vía del medio institucional, mejorando las capacidades de movilidad social y las oportunidades económicas. Pero también hay que relativizar los extremos del esquema de Merton, y caer en la cuenta que en sociedades de desigualdad extrema como la mexicana, el valor absoluto no es la acumulación de riqueza, sino en el aprecio de los estándares de bienestar reconocidos. En este caso no se puede actuar cambiando dicho valor porque se trata de un positivo logro social. Pretender cambiar el ámbito del valor en ese último contexto, implicaría el impulso de políticas reaccionarias. En ese caso queda únicamente el camino de modificar medio institucional.
Si observamos el mapa del delito en este país, sobre todo en los jóvenes precarizados, vemos que la mayoría de ellos aspiran no a enriquecerse sino a tener una vida de acuerdo al estándar de bienestar socialmente legitimado. En ese caso, el esquema de la anomia se complejiza, porque lo que los lleva al delito no es un valor, sino una constelación de valores que dificultan que se construyan vías alternativas no-delictivas. Esto es, es evidente que esos jóvenes deben tomar vías alternas a las instituidas para lograr sus expectativas, pero que no son caminos delictivos. Por ejemplo, formas económicas solidarias. Pero ese camino alterno al instituido implica una fuerte dosis de valores que hacen posible la organización y que contravienen la constelación de valores del individualismo posesivo y la competencia; esto es, el cultivo axiológico de la solidaridad y la colaboración. Pues bien, el tema de los valores también debe entrar en las estrategias de política pública: enfrentar la anomia implica necesariamente transvaloración, la cosa es saber qué tipo de transvaloración se requiere y las formas pedagógicas para lograrlo. Es evidente que las formas tipo homilía son infecundas.

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