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En el nombre de El Peje

En el nombre de El Peje

Una de las expectativas más grandes que ha sembrado la llamada Cuarta Transformación es la de forjar políticos distintos.
No se trata de un simple relevo generacional o de “empoderar a los jóvenes” muchos de los cuales tienen una mente más vieja que varios que les doblan la edad; tampoco de tener rostros nuevos y dejar los destinos del país en manos de quienes no tienen más cualidad -y más defecto- que ser novato.
Se trata de sacar de la normalidad el privilegio, de tener políticos que tengan claro que los cargos son oportunidades de servir, y no de servirse; que son espacios para materializar los ideales y no para convertirse en aquello de lo que desde el otro lado criticaron.
Se espera que los partícipes de esta transformación lleguen sin la adicción por viajar en primera clase, por tener seguro médico privado con cargo al erario, sin ganas de jugar al Santa Claus con dinero público, y sin la ambición de convertirse en las glorias locales de sus distritos. Pero lamentablemente no en todos los casos es así.
No son todos por supuesto, y no son quizá siquiera mayoría, pero es importante advertirlo porque se busca eliminar la normalización de estas conductas y porque de continuar así, tendremos la peor combinación posible: la de estos vicios de antaño con los errores naturales de quienes son nuevos en estas artes.
El actuar de la bancada de Morena y aliados en los pocos días de trabajo de la 64 Legislatura genera estos temores.
Es la era del Homo videns queda claro; también es novedad para muchos el estar en el recinto legislativo, tener credencial de la Cámara de diputados, sus pases de lista, ser entrevistados por medios nacionales y convivir con los personajes políticos de más renombre en el país. Es humanamente comprensible que de todo ello quieran guardar una selfie para el recuerdo, pero es preocupante que confundan esto con la rendición de cuentas y atiborren sus cuentas de redes sociales del material propio de la egoteca sin dejar apenas espacio para la información, el análisis y las propuestas que vayan más allá de los lugares comunes y la verborrea barata de “legislaremos por el bien del pueblo” y “escucharemos a nuestros representados”.
Esa sensación recorre no sólo a los críticos, sino hasta a los propios simpatizantes y militantes de Morena, como puede apreciarse en la publicación en Facebook del ingeniero José Santos Cervantes quien reprochaba: “¡Puras selfies de los nuevos legisladores, mientras Larrea y Tello pisotean la huelga minera en San Martín”.
Ha sido criticado también el grito abierto de “Es un honor estar con Obrador” que resonó en la toma de posesión de la 64 Legislatura por considerarse como una muestra de sometimiento del Legislativo al poder Ejecutivo.
Algo de razón puede haber en ese argumento, aunque es también comprensible lo que se esgrime en el bando contrario: que se trata de hacer alianza en pos de un proyecto de nación que comparte toda la fuerza política que ganó la elección del 1 de julio independientemente del rol donde toque jugar.
Más temible que esto, me parece que detrás de la consigna y la porra, hay señales de vacuidad argumentativa que pretende ser ocultada en esta actitud que apuesta todo al indiscutible liderazgo moral y político de Andrés Manuel López Obrador.
Así quedó de manifiesto al día siguiente cuando se calló a Claudia Ruiz Massieu con el conteo de los 43 de Ayotzinapa, un grito sin duda significativo, que fue usado también el día de la rendición de protesta, y que corre el riesgo, de vaciarse de toda fuerza si se convierte en una exclamación de esa “democracia colérica” que advirtió Porfirio Muñoz Ledo cuando reconvino a los diputados que hacían el desorden, mientras les recordaba que la época electoral ha terminado y que estamos en fase de reconstrucción nacional que exige madurez política.
Estos gritos de batalla que eran el único recurso del ciudadano, hoy tienen que convertirse en leyes que materialicen los ideales y en herramientas para la exhibición de corrupción en donde la haya, sea quien sea.
Cierto es que no llevan ni una semana en el cargo, pero justo por ello, están a tiempo de sacudirse la soberbia bravucona para empezar a construir el andamiaje que permita hacer realidad las promesas de campaña aprovechando la habilidad política de varios personajes de amplia experiencia legislativa con los que cuentan.
El tiempo es oro, las fuerzas políticas variarán, vendrán las traiciones y las distancias de quienes no vean satisfechos sus intereses personales. Los poderes fácticos y quienes puedan verse afectados por lo que viene comenzarán a cabildear, a ubicar sobornables.
Los grandes zorros de la política representativos de otras ideologías ya planean proyectos de ley que dificulten la cuarta transformación y candados que salvaguarden intereses en peligro, mientras muchos de la fracción que tendría que llevar la mano conductora -al menos así lo reflejan hasta ahora- siguen con la mente puesta en ganarse un lugar en la foto, en buscar el templete y en gritar más fuerte y alzar el puño más alto como para demostrar que se está frente al más combativo.
Ya ganaron en lo individual y en lo colectivo. Y lo hicieron en nombre de López Obrador más que por mérito propio. Es tiempo que demuestren para qué querían hacerlo.

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