Hasta la vista, Samuel Gordon

Hasta la vista, Samuel Gordon

Lo primero que hice fue comentarlo con una amiga. Le escribí un mensaje de texto luego de leer la noticia en Facebook. Intenté ser lo más claro posible. Me acabo de enterar que se murió uno de mis más queridos profesores de la Universidad. Lo escribí con un nudo en la garganta. Quiero decir, si las palabras se pudiesen escribir con nudos en la garganta, si cada palabra se pudiese trenzar de un nudo en la garganta, las mías habrían salido completas, redondas, perfectas. Ocurrió como una inmensa lluvia de relámpagos. Quién sabe cuantos recuerdos se me vinieron encima en ese momento. Por si fuese poco las circunstancias en las que estaba no me permitían ningún gesto triste; todo lo contrario: debía sonreír estúpidamente haciendo un trabajo que no quería hacer, frente a personas con las que no quería estar, para ganarme unos cuantos pesos. Así que me aguanté. Unos cuantos segundos más tarde me llegó otro mensaje de mi amiga. Si lo quieres tanto, si es tan importante para ti, deberías estar con él. Samuel Gordon es su nombre y nos conocimos en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras. El gran Samuel Gordon. El generoso Samuel Gordon. El crítico literario Samuel Gordon. El mexicanista Samuel Gordon. Si la sentencia de Borges es exacta, Samuel Gordon fue un hombre que a la vez se multiplicaba en cientos de hombres que a la vez se multiplicaban en miles de Samuel Gordon. Hasta que un día o una tarde alguien tocó a la puerta de todos los Samuel Gordon. Era la muerte. Ya está. Buen viaje, querido maestro. Si descansó o no es algo que ahora ya no nos importa. Los buenos deseos se hicieron para los vivos, no para los muertos.
Dos o tres anécdotas antes de despedirnos para siempre de Samuel Gordon. En una ocasión le preguntó a un alumno que cómo andaba. Samuel hizo con la mano el gesto del dinero. Rozó unos cuantos dedos frente a la mirada sorprendida del alumno. Unos cuantos segundos y esa misma mirada se inclinó frente a las palabras de Samuel Gordon. No, hombre, que no te dé pena… todos sabemos cómo está la situación. Y cual si se tratase de un acto de magia, sacó un billete de su cartera y lo metió en la bolsa de la camisa del avergonzado alumno. Pronto me enteré de lo que hacía Samuel Gordon. Apoyaba económicamente a aquellos alumnos que asesoraba en sus proyectos de tesis. Y no es que tuviera la obligación de darles dinero. Y no era a todos, por supuesto. Pero él, Samuel Gordon, era así: desprendido.
La siguiente ocasión le pedí que asistiera a un homenaje que le realizaría al narrador mexicano Jorge Arturo Ojeda en la casa del Refugio Citlaltépetl, en la Ciudad de México, en la Condesa, junto con Guillermo Samperio, Guillermo Vega Zaragoza y Anamari Gomís. Se interpuso un viaje para ir a un congreso en Estados Unidos por lo que Samuel Gordon me deseó la mejor de las suertes. Le comenté de mi pesimismo. Le comenté de lo increíble que me parecía que la obra de Jorge Arturo Ojeda no estuviera valorada como realmente lo merece. Le comenté que sólo había encontrado una tesis que trataba de su narrativa. ¡Hablamos del mejor alumno de Arreola, Samuel! ¡Hablamos de un autor que ha hecho las mejores traducciones de Novalis, de Hölderin, de Rimbaud, de Jean Paul! Y Samuel Gordon me dio la razón. Antes de despedirnos agregó que la literatura mexicana era una de las más injustas y que en ocasiones es necesario que pasen veinte años o más para que un autor sea realmente valorado en sus justas dimensiones. Fue de las últimas veces en que nos vimos.
Samuel Gordon nos enseñó a leer a muchos. También nos enseñó a escribir. Sobre todo nos enseñó a ser críticos feroces con las obras literarias. A no ser autocomplacientes y a distinguir cuando se trata de una crítica que es por encargo a cuando se trata de una crítica que realmente cuenta con un aparato teórico sólido para criticar la obra literaria. Muchos de los rusos sus grandes admiraciones. Sobre todo formalistas. En una ocasión hicimos un análisis formalista del cuento “La nariz” de Nicolai Gogol. Superó todas mis expectativas. El deshilachado del cuento. Su intertextualidad. La propuesta narrativa del autor ruso. Era un inmejorable cuento. Pero quiero decir que lo era porque Gogol es uno de los grandes autores rusos, pero también lo era porque quien lo leía en voz alta era Samuel Gordon: se detenía, hacía observaciones, remarcaba lo dicho por un crítico, continuaba, se volvía a parar, modulaba perfectamente la voz, ahora mismo la recuerdo, parece que está atrás de mí, me pide que pare, es suficiente, no se trata de un homenaje a él, a Samuel Gordon.
Unas cuantas lagrimitas de esas que dicen se van con las personas que realmente son entrañables. Muchos recuerdos. Demasiadas anécdotas. La fortuna de haber coincidido con usted, querido maestro. No sé si sirva de algo porque nunca se lo dije de frente, pero gracias, gracias, la aportación que usted hizo a la literatura, a la crítica literaria, permanecerá a manera de un merecido homenaje. Por último vi en YouTube el video donde usted participa en el homenaje a Rosario Castellanos, por quien confiesa usted se volvió mexicanista. Ya se le veía enfermo con esa cabellera blancuzca y esos horrorosos tubos que paradójicamente lo mismo llevan oxígeno a los pulmones que muerte. Qué chinga, maestro. Volví a unas cuantas lagrimitas de esas que dicen se van con las personas que realmente son entrañables. Gracias. Gracias. Que el viaje le sea leve y que no sea tan lejos para que lo podamos alcanzar. Abrazos a sus familiares y amigos.

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