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Arte como tributo de memoria. Un paseo por el arte actual en Bogotá

Arte como tributo de memoria. Un paseo por el arte actual en Bogotá
María José Arjona, artista colombiana.

La Gualdra 338 / Arte

 

Ya sabíamos: no todo en Colombia es García Márquez o Botero, y tampoco puede reducirse a Shakira y Escobar. Como muchas ciudades capitales, Bogotá se balancea entre extremos; por un lado, una vigorosa energía creativa y por otro una tremenda desolación y decadencia. Ambas cosas se pueden constatar en un mismo hecho, el graffiti: cientos de pintas de estilos y formatos variados, desde la firma de personajes, pandillas y barriadas, hasta representaciones figurativas o abstractas de los más diversos temas. Puentes, túneles, bardas, postes, toda superficie es buena para manifestarse, para dejar una constancia del malestar o la esperanza. Aunque visto por muchos como vandalismo, una gran cantidad de estas intervenciones urbanas va acompañada o legitimada por la preocupación común, la queja que todos comparten: la inseguridad, el miedo, la desconfianza y también el llamado a la paz.

Existe una idea genera de recuperar el pasado para posibilitar otro futuro. Para ello está el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, que ocupa parte de los terrenos del Cementerio Central, y que es un espacio destinado a al reconocimiento de los derechos de las víctimas del conflicto armado interno. También está ya en proceso de construcción el que será el Museo Nacional de la Memoria Histórica, que se inaugurará en 2020.

Pieza de Juan Carlos Delgado.

Pieza de Juan Carlos Delgado.

Pero es de notar que incluso mucho de lo que se ve en los museos y galerías de arte tiene este enfoque, el de no olvidar. La ciudad está marcada por el dolor, herida y purulenta aún. Rotas las calles y las gentes por una historia que se remonta lejos y cuyos horrores no parece que acaben pronto. Parece contradictorio, no olvidar para sanar, recobrarse sobre los escombros de la historia, pero tiene sentido puesto que no se puede cicatrizar una herida que se deja sin atención.

En el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), encontramos la muestra “Hay que saberse infinito” (www.mambogota.com/exposicion/hay-que-saberse-infinito), de María José Arjona, artista colombiana del performance que radicó muchos años fuera de su país y vuelve con esta especie de antología de su carrera, para rendir un tributo de memoria. Además de exhibir numerosos artefactos que han acompañado sus acciones, el museo programó una serie de performances ejecutados (o activados) por artistas invitados, así como visitas guiada por la propia Arjona.

Una de las piezas más impactantes es una larga pared sobre la que, en un primer tiempo, se lanzaron burbujas recubiertas de un pigmento rojo. Al contacto con la superficie dura estas burbujas reventaron, dejando una huella roja, lo que le da a la pared el aspecto de un muro de fusilamiento. Arjona explica que el segundo paso ha sido escribir continuamente sobre esa pared, con un gis, la frase “remember to remember” (recuerda recordar), que ella misma tiene tatuada en la espalda. Escribir en blanco sobre la pared enrojecida no es borrar, aunque el efecto es que la pared parezca volver a su claridad inicial. Ésa es su idea de sanación: una herida cuya cicatriz es visible, pero se atenúa con el ejercicio constante de la rememoración.

Hay en Bogotá no menos de un centenar de lugares expositivos. No están concentrados en un solo lugar, todos los barrios tienen su porción de estos espacios, unos casi disimulados tras una fachada común de vivienda, otros claramente anunciados; unos custodiados por agentes de seguridad privada, otros atendidos por los propios dueños; en unos el lugar está dedicado únicamente a la exhibición y en otros se comparte con una café, librería o foro.

El Ministerio de Cultura edita una pequeña guía que anuncia 135 espacios culturales, la mayoría de ellos con galería. Allí se puede apreciar el intenso desarrollo de la actividad plástica de los colombianos. También allí la palabra reiterada es “memoria”. Claro que una semana no alcanza para visitarlas todas, pero una docena puede muy bien dar cuenta del panorama.

En Candelaria, el restaurante-galería-librería Casa Kanú, además de haber recibido a Cristina Rivera Garza en el marco de la FILBO para una charla, y de ofrecer un excelente café, dedica sus muros a la exhibición de fotografías de aspectos poco turísticos, pero entrañablemente reales de Bogotá. Imágenes para no olvidar a quienes viven en un circuito diferente, aunque en el mismo lugar; las fotos exhibidas son del artista colombiano David Gutiérrez.

En la galería Nueveochenta, en Chapinero, encontramos la propuesta de Juan Carlos Delgado denominada “El acantilado”, otro ejercicio de memoria basado en la reconstrucción del recuerdo desatada por objetos de acuerdo a su visibilidad. Entre sus piezas destacan cuadros que dan la espalda al público, que sólo puede reconocer en ellos el marco.

Galería Valenzuela Klenner, en Bogotá, Colombia

Galería Valenzuela Klenner, en Bogotá, Colombia

Otro espacio, situado en un edificio de La Macarena, y dedicado al arte más vanguardista, es la galería Valenzuela Klenner, que también estaba presentando una antología de arte-acción de Constanza Camelo Suárez, que reside en Canadá desde los noventas, y es cofundadora del colectivo We are not Speedy Gonzalez, en el que artistas migrantes indagan sobre los procesos interculturales y sus representaciones en el mundo del arte actual.

También vimos exhibiciones en contenedores, en pasillos, en patios, y todas parecen propositivas, frecuentadas, animadas. Podría seguir. Jóvenes o viejos, emergentes o experimentados, inmigrantes o emigrados, todos han sido tocados por la violencia y esta necesidad de recordar, de conmemorar, de visibilizar el horror para no volverlo costumbre. Y me pregunto entonces ¿nos pasará lo mismo?

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_338

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