‘Ready player one’: nostalgia ochentera y cultura pop

‘Ready player one’: nostalgia ochentera y cultura pop

La Gualdra 334 / Cine

 

Hay tantos sellos distintivos que hacen que la obra de Steven Spielberg se destaque del resto de sus contemporáneos, elementos particulares que están fundamentados en la experiencia pura e inmersiva que se vive al encontrarse en la oscuridad de una sala de cine. En ese sentido Spielberg siempre ha mostrado un enorme entusiasmo, al juguetear constantemente con el escapismo de una película como una expresión del séptimo arte. Si el cine es entretenimiento puro, Spielberg es el mayor cineasta de todos los tiempos.

En Ready player one ese entusiasmo se vuelve evidente, casi como si la cinta fuera dirigida por un niño grande (uno de 71 años) con el ingenio y la habilidad para lograr plasmar en pantalla todos los elementos de una historia que está directamente arraigada a la cultura pop, al mundo geek de los videojuegos y a la nostalgia del cine de aventuras ochentero.

La cinta plantea un futuro en el año 2045, donde una sociedad distópica sumida en el caos y el desorden social, lejos de querer resolver sus problemas deciden escapar de ellos yendo hacia una realidad virtual llamada OASIS. En este universo ilimitado se puede ser quien se desee sólo con estar conectado y lo que ocurre ahí define lo que pasa con las personas en el mundo real.

El protagonista de la historia es Wade Watts (Tye Sheridan) una adepto a la cultura pop y el mundo de los videojuegos, quien en el OASIS vive bajo el alias de Parzival, y que junto con algunos amigos participa en una competencia masiva desarrollada por el fallecido dueño y creador original de dicho universo, James Halliday (Mark Rylance).

Esta competencia consiste en resolver tres retos que otorgarán las llaves para acceder al “huevo de oro” de Halliday, y aquél que lo obtenga heredará toda su fortuna y el control absoluto del OASIS. Todo el mundo busca resolver estos retos, también Nolan Sorrento (Ben Mendelsohn), el dueño de una compañía que desea adueñarse del OASIS para monetizarlo.

Basada en la novela homónima de Ernest Cline, Spielberg narra a través de la épica del héroe una aventura donde confecciona secuencias de acción visualmente apabullantes que referencian a infinidad de cintas, videojuegos, canciones icónicas, así como una espectacular escena que homenajea a The Shinning de Stanley Kubrick.

Todas estas imágenes, lejos de sobresaturar el desarrollo de la historia funcionan como una gran celebración que nos recuerda las reglas más básicas del cine de entretenimiento como un enorme imaginario colectivo. Dentro de esta reiteración el director referencia su misma obra, y su constante jugueteo entre cine de autor y espectáculo se torna fascinante de ver.

Spielberg nos lleva real y simbólicamente a nuestro cuarto de niño, donde se encuentran esas imágenes icónicas con las que crecimos, y las cuales acrecientan nuestra fascinación por esa cultura a la cual regresamos con invariable cariño y nostalgia.

La idea de vivir en una sociedad virtual cobra un sentido generacional con los tiempos actuales, al mostrar todos los potenciales alcances que se pueden encontrar en la misma, pero que nos recuerdan que sólo en el mundo real es donde lo esencial realmente trasciende. En voz de uno de los personajes “la realidad es el único sitio donde se puede encontrar una comida decente”.

Al final Ready player one se vuelve lo mismo que sus protagonistas esperan del OASIS, el acceso a una realidad emocionante y espectacular que se debe experimentar de la mejor manera posible y donde no existen límites para la imaginación. La misma realidad en la que siempre ha vivido Steven Spielberg.

 

 

 

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