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Las cartas de Frida

Las cartas de Frida
Las cartas de Frida se estrenó el 6 de febrero; se presenta en el teatro Helénico (Revolución 1500), los martes y miércoles a las 20:30 horas hasta el 14 de marzo. Foto cortesía de Jesusa Rodríguez
Gracias al nepotismo* disfruté mucho anoche tanto el espectáculo como la muy grata compañía. Habrás notado que entrecomillo el término espectáculo, porque Las cartas de Frida escapa al despliegue epidérmico que tal sustantivo implica. ¿Por dónde empezar a contarte la experiencia? Quizá por el uso del papel ** que ya te había comentado. Creas un macrotexto porque es el medio para trazar o imprimir y el que Frida eligió para expresarse en la intimidad jocosa, crítica, irreverente y encubiertamente desesperada que en la intimidad nada tenía que ver con lo que se hecho de su persona pública, deformándola. Lo que abres a través del papel es el mundo de la intimidad, que por comparación con esa violencia de género que se ejerce sobre la persona pública de Kahlo, es poco conocido. Lo que esas cartas revelan es una mujer que deslumbra por su agudeza y que nada tiene que ver con el estereotipo que satura el mercado.

Pero el papel es también una superficie sobre la que proyectar trazos que en blanco y negro crean una atmósfera fantasmagórica, custodiada por seres y objetos que escapan la realidad cotidiana y que, sin embargo, pertenecen al ámbito de una cultura reconocible inmediatamente, como el maravilloso Judas, juguete, fetiche y monstruo a la vez. Sobre esa superficie que puede ser tan lisa como se quiera, pero que también se amolda a cualquier fantasía, se proyectan las imágenes de la grafía –¡tan reveladora!– y de la obra, vinculando dos niveles de la creación de la artista, manteniendo suspensa la mirada del espectador. No hay un minuto que desperdiciar.

El otro aspecto del ritual es por supuesto la música. Todo lo que puedo decir es que como las cartas unen un discurso perfectamente articulado con uno de festiva vulgaridad, la música de Marcela une los dos aspectos: por un lado la experimentación, el adentrarse en el misterio de la inminencia, y por el otro lado la canción popular que evita todo riesgo de solemnidad abstrusa, hecha sólo para los iniciados, y todo esto expresado por Catalina, a quien no tenía el gusto de conocer y que quiero que me hagas favor de felicitar. Todo el trabajo une, articula lo alto con lo bajo, la cultura culta con la popular, y creo que en buena medida a este maridaje sabroso se debe la fuerza y la eficacia del trabajo: nadie queda fuera del círculo de una cultura que se abre para alimentarnos.

*Marcela Rodríguez compuso esta ópera para su hija Catalina Pereda, quien la interpreta y está dirigida por Jesusa Rodríguez, su hermana.

** Agradecemos a La Jornada la donación del papel con el que se construye y se destruye diariamente toda la escenografía de esta ópera.

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