El PRI y sus notas falsas: la pseudocracia asesina la democracia

El PRI y sus notas falsas: la pseudocracia asesina la democracia

En el ideal racionalista de la democracia se supone que los ciudadanos-electores tendrán las posibilidades de evaluar las propuestas y orientación de las acciones de los actores políticos para definir la decisión de su voto. Para eso, es esencial garantizar que a todos los electores les llegue la información suficiente para usarla de materia prima en los actos de esas decisiones racionales. El supuesto es que si dichas decisiones son elaboradas sobra actos racionales, el contenido de las mismas traerá como consecuencia el progreso de los pueblos. Además, de que la racionalidad de una elección es la base de la libertad en la misma. Por ello, si no ocurre, se debe esperar desazón, malestar social y sujeción de la colectividad a intereses obscuros.
Pues bien, hay muchas cosas que impiden una decisión racional de los ciudadanos que determinan el destino de una elección: la compra de los votos, la coacción de las personas por su relación en estructuras jerárquicas y el engaño. En todos los casos se desprende un voto no-libre, pero en el caso específico del engaño es aún más pernicioso. La ilusión engañosa es madre del mal. En los mitos fundadores de occidente se concluye justo eso: el mal es producto del engaño y el autoengaño. Es una manera de vivir en la irrealidad. Eso justo pasa en la política.
En los sistemas democráticos hay una autoridad que debe vigilar “que se juegue” de acuerdo a reglas claras y justas. Y una cosa que debe garantizar la autoridad arbitral es que circule información veraz para que los ciudadanos elijan con certeza; y con ello, sea su voluntad lo que ente en juego y no el engaño de la misma. La certeza de la información es el derecho esencial de los electores, y nadie la puede garantizar más que las autoridades que hacen las veces de árbitros. Si circula entre los ciudadanos información que es abiertamente engañosa por parte de uno de los actores políticos, eso debe ser razón suficiente para amonestarlo y, en caso de insistir, quitarle su derecho a competir; porque atenta contra el corazón de la democracia: la libertad de los electores a decidir de acuerdo a su propia voluntad.
En estos días, hemos visto circular (sobre todo en las redes sociales) un cúmulo importante de información falsa sobre actores políticos. Y el partido que más incurre en esta negra práctica es el PRI. Miente abiertamente sobre sus contrincantes para derramar sobre ellos tierra inventada. Las campañas negras han dado resultados electorales y, por ello, las siguen haciendo. En el 2006 Calderón trajo asesores españoles para que le ayudaran a ganar con auxilio de campañas negras. Y ganó. Ahora hay asesores nacionales que lo saben hacer. Y el PRI lo hace ahora mismo. Sin embargo, no hemos visto al INE decir nada al respecto. Los mexicanos debemos estar atentos en estos casos, porque un triunfo basado en el engaño significa ganar una elección provocando la muerte de la democracia. Si eso ocurre nos espera el mal, como justo nos ocurrió en el sexenio de Calderón, que se convirtió en el signo mismo de la muerte. La pseudocracia siembra la muerte de la democracia.

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