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Retrato de pintor en sombras. ‘Gauguin’, de Edouard Deluc

Retrato de pintor en sombras. ‘Gauguin’, de Edouard Deluc

La Gualdra 309 / Desayuno en Tiffany’s, mon ku / Cine

 

En este 2017, y tras el filme sobre el escultor Auguste Rodin dirigido por Jacques Doillon, el cine francés ofrece una aproximación a otro de los creadores más representativos de las revoluciones artísticas que estremecieron las últimas décadas del siglo XIX. Esta vez, se trata del pintor Paul Gauguin, influencia decisiva en la innovación pictórica plasmada en el fauvismo de Henri Matisse, Georges Braque o André Derain. La película es la segunda incursión en la realización de Edouard Deluc, tras su primer largometraje, la comedia dramática Boda en Mendoza (2012), y cuenta con Vincent Cassel para interpretar al pintor cuando, ya a las puertas de la vejez, se dispone a dar un giro radical a su obra a tenor del viaje que emprende rumbo a Tahití, en la Polinesia francesa. La película se basa libremente en uno de los cuadernos autobiográficos del artista, Noa Noa, y su estreno precede a la exposición que le va a dedicar el museo del Grand Palais a partir del mes de octubre.

 

Vieja y decadente Europa

Le película empieza en tierras europeas, con el envejecido pintor subsistiendo penosamente con su arte, ignorado o malvendido en las galerías, descargando mercancías en los muelles en una larga secuencia, duro trabajo alimenticio para mantener una vida modesta. Los decorados que va atravesando Gauguin están marcados por la decrepitud, la suciedad y la miseria, con una fotografía que resalta la oscuridad, los grises y el marco asfixiante de la capital francesa fin-de-siècle. La propia vida bohemia aparece absolutamente exenta de cualquier motivo pintoresco. Las reuniones del pintor y de sus amigos artistas recuerdan las infatigables tertulias del Edvard Munch de Peter Watkins, sin embargo, aquí el mísero decorado de los cafés no hace más que confirmar el estancamiento artístico e intelectual que repugna a Gauguin: “Aquí me ahogo. No queda ya ni un paisaje, ni una cara, que merezcan ser pintados”. La posibilidad que se le ofrece para partir a la Polinesia en una misión oficial como pintor de la República Francesa es vista como una puerta abierta a una nueva vida y a una nueva forma de arte, una manera de reanudar con un primitivismo artístico y con un estado salvaje próximo de la infancia que, imaginado desde Europa, va teñido con un ingenuo rousseauismo.

 

 

Indomable Polinesia

La secuencia que abre el capítulo polinesio se construye en oposición a las expectativas generadas por ese imaginario utópico, y por lo que el propio espectador podría imaginar a través de las vívidas pinturas de Gauguin. En la primera secuencia en Tahití, el pintor apenas consigue manejar sus pinceles, en una cabaña oscura, agitada e inundada por la fuerte tormenta tropical que arrecia en el exterior. La isla se presenta como un entorno hostil, marcado por la presencia de la colonización francesa, y por la enfermedad y la miseria que amenazan constantemente al viejo creador. La propia naturaleza ofrece una imagen inesperada, alejándose de la acogedora exuberancia y del intenso cromatismo soñados. Los encuadres cortos, la nula profundidad de campo, la fotografía sombría, se focalizan en los efectos nefastos que el entorno ejerce sobre su cuerpo, ajándolo y maltratándolo. En un último esfuerzo por trascender su arte, Gauguin intentará alcanzar el corazón de la selva polinesia, en un viaje que lo llevará hasta las puertas de la muerte, y al final del cual encontrará a su vahiné, su compañera Tehura.

 

Amor y creación

Ahí radica el aspecto más interesante de Gauguin: más allá de la historia de amor (y desamor) que inicia el encuentro con Tehura, el filme elabora una lectura del acto creativo en la que el artista debe apoderarse de la realidad para transfigurarla y convertirla en obra de arte, aunque aquí no pueda hacerlo sin un modelo, es decir una presencia, espiritual pero sobre todo corporal, a través del cual pueda apropiarse de lo real. A partir de ese momento, la relación entre Gauguin y Tehura queda marcada por el solapamiento entre el amor correspondido y la dependencia creativa, doble camino que emprenderá la película para elaborar una narración sobre la pasión y el arte.

 

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