Festivales: la experiencia en Zacatecas, parte 2.

Festivales: la experiencia en Zacatecas,  parte 2.

■ Alba de papel

Llegaron a su fase crítica en el gobierno gubernamental anterior:
Desorden administrativo, centralización y pérdida de sentido

En relativa pasividad, los municipios con alta prioridad cultural

Cada administración estatal imprime su propio sello, propone un estilo de gobernar en un intento obligado de hacer algo diferente, pero que en el rubro cultural, muchas veces ha frenado  la fluidez natural de aquellos proyectos orientados a largo plazo que son avalados por la sociedad para que subsistan y que sólo ameritarían evaluarlos para mejorarlos, sin perder de vista el contexto en el que tiempo y espacio son el punto de partida para la acción.

En Zacatecas y en todo el País, han constituido una verdadera tragedia las interrupciones sexenales y trienales de programas y proyectos que aparecen y desaparacen, mejoran o empeoran en su proceso de gestión, peligrosamente dependientes de la voluntad política de quienes están en el poder.

La ineludible relación entre cultura y poder, muchas veces ha provocado el estancamiento que produce una política cultural ineficiente y solapada, distante de un propósito social y de una normatividad  que la fortalezca y la integre al desarrollo regional de su lugar de origen, privilegiando intereses ajenos que no favorecen la transformación ni la cohesión social.

Zacatecas es un claro ejemplo de falta de consistencia de gobierno a gobierno en su proyecto político, que sigue reflejando pobreza y atraso económico,  con un impacto directo y negativo a su plan de cultura,  que sobrevive con precariedad, para muchos selectivo y benefactor sólo de ciertos grupos y creadores, omitiendo el principio fundamental de impulsar y defender la democracia cultural.

Ciertamente, los festivales que se realizan en el Estado, acogen distintas expresiones artísticas que en otro apartado habría que revisar para determinar si cumplen con los valores estéticos, espirituales, educativos y universales, pero que a final de la cuenta, presentan vacíos en su configuración legal y financiera, con críticas crecientes  de lo que se ha dado en llamar “festivalitis” y “cultureros de ocasión”, donde se reprocha que los recursos y la mayor actividad artística se centren en la Capital del Estado y no sea equitativo con los municipios.

Un plan sexenal con períodos determinados, sin un programa sostenido a lo largo del año que invariablemente trabaje todos los fines de semana, que promueva la cultura local,  multiplique el intercambio y le cabida a instituciones de gran envergadura, como la Escuela de Música de la Universidad Autónoma de Zacatecas y  agrupaciones y talleres  que en forma independiente mantienen una actividad dinámica digna de reconocimiento, por sus invaluables esfuerzos a favor de la cultura zacatecana.

Empero, lo artístico no lo es todo, la planeación deberá incluir proyectos de biodiversidad, cultura popular, patrimonio y gastronomía tradicional como líneas de acción que den lugar a estrategias que  reanimen la formación de públicos, evitando los monopolios y con ello,  el individualismo de las propuestas aisladas.

En la realización de un festival, hay toda una complejidad cualquiera que sea su  tipología,  pero su montura, exige una puntual observación, si se quiere con veracidad propiciar una cultura  compartida que fortalezca la identidad y el sentimiento de pertenencia acerca de la percepción de lo que es Zacatecas.

En este contexto y con apego al relato inicial,  la prevalencia de los festivales se confirma con la llegada al Gobierno estatal, de Ricardo Monreal Ávila, y de David Eduardo Rivera Salinas, como titular del Instituto Zacatecano de Cultura, aquí nació el Festival Internacional de Teatro de Calle en justa reciprocidad a una hermosa ciudad que demandaba vida en sus edificios, plazas y demás recovecos y sus artistas que se dedican al arte escénico.

En la línea del tiempo de la práctica formal, se abrieron más expectativas para los creadores y la población, se reforzaron las políticas de gestión, descentralización y fortalecimiento de los municipios, mayor impulso a actividades literarias y musicales en los museos y el Centro Histórico. También fue aquí, donde el festival  giró su propuesta cultural al programar a “Sin bandera” grupo musical que inició una lista notable de artistas  comerciales que no debieron programarse.

Toca el turno a Amalia García Medina,  primera mujer en gobernar el Estado,  y aires nuevos acrecentaron la esperanza y se enriqueció vida cultural de Zacatecas Capital y de municipios como Fresnillo, Jerez, Pinos, Villa García, Loreto, Tlaltenango, Juchipila, Jalpa, Huanusco y Guadalupe. El nivel de participación local y foránea de grupos y artistas se diversificó y dignificó la vida social.

Con Rivera Salinas se fortaleció la gestión y la financiación, se priorizó la capacitación de los promotores culturales en las municipalidades, se impulsaron propuestas locales y se apoyaron expresiones populares de valor histórico, con mayor énfasis en las Morismas de Bracho. Se fortalecieron asimismo, espacios como la Cineteca, la Fototeca y se prefiguró el destino de la Ciudadela del Arte, hoy todavía incluso, por la falta de financiamiento y libertad para tomar  decisiones.

Siempre hay una múltiple interpretación sobre los hechos al interior de los gobiernos, no obstante, es de cabalidad asumirlo, en esta administración el tema de la cultura sentó un precedente que no ha sido superado en ninguno de sus elementos constitutivos, por ninguna otro gobierno estatal.

En la transición, de golpe se rompió el diálogo y Miguel Alonso Reyes asume la gubernatura, y se anticipó, un aire gélido y resentido que vapuleó al territorio zacatecano que inerme, se mantuvo confinado a lo mediático, más forzado que otras veces, a la simulación. Quizá hubo progreso en otras áreas, pero en cultura  no sucedió; el gran mérito  fue el trabajo realizado por el Sistema Zacatecano de Radio y Televisión con Teresa Velázquez y el gran equipo de colaboradores que la han acompañado y que ella, resucitó de la inercia y el abandono.

Desaparecieron el Museo de las Migraciones, parcialmente recayó una mayor responsabilidad en los mandos medios del IZC, se rumoró que se le había excluido  de decidir el programa  del foro mayor del festival cultural y se centró un poder irreconocible en la oficina administrativa del  Instituto Zacatecano de Cultura que los creadores y la sociedad civil, juzgarán al paso del tiempo.

El tiempo es oro y hoy va con mayor prisa, no se puede recuperar el tiempo perdido, y hoy  emergen nuevos escenarios y nuevos paradigmas para direccionar la política cultural del Estado. Zacatecas tiene nuevo gobierno que también luchará por marcar diferencias, le conviene que su carta fuerte sea la cultura.

La baraja está sobre la mesa. Ánimo y fortaleza para todos. ■

 

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