Claveles Verdes: Para entender la homosexualidad

Claveles Verdes: Para entender la homosexualidad

Tendría apenas 3 o 4 años cuando la psicóloga del kínder mandó hablar a mi madre por una gran preocupación: la especialista temía que yo estuviera desarrollando síntomas de homosexualidad porque me inclinaba por hacer labores domésticas como barrer y trapear. En aquel entonces mi madre se atacó de la risa y respondió: “soy madre soltera, mis hijos tienen que aprender a valerse por sí mismos y apoyar en el hogar”.

Años más tarde la preocupación de algunos familiares fue que yo era “algo femenino” y eso me podría traer “bullying” una vez que entrara a la secundaria. Lo que no sabían es que el acoso escolar siempre estuvo ahí, aunque uno aprende a mantenerlo a raya con el tiempo.

El temor de mis familiares se cumplió una vez que ingresé a una secundaria con instrucción católica; sin embargo, las cosas se manifestaron de forma diferente. El padre Carlos Félix en aquel entonces era director no solo del Instituto Zacatecas, sino también del Seminario. Y era el encargado de la materia de “Educación en la Fe” (o algo así se llamaba).

En alguna de sus clases el padre Carlos Félix abordó el tema de la homosexualidad que cambió mi perspectiva en aquellos tiempos: Dios había hecho este mundo perfecto y al hombre, a su imagen y semejanza, y si existía la homosexualidad era parte de su plan divino, por lo que las muestras de odio hacia la homosexualidad no tenían justificación.

No obstante, esta idea no permeó en otra profesora de la misma secundaria que impartía la materia de Biología (a estas alturas de mi vida ya no recuerdo su nombre) y para quien la homosexualidad era un error, una conducta “anormal” e incluso en un debate entre estudiantes sobre el tema se mostró radical en su postura a tal grado de asegurar que correría de su casa si alguno de sus hijos fuera homosexual.

Comento esto porque a raíz de estas intervenciones las actitudes agresivas hacia mi persona por parte de otros compañeros (y maestros) se volvió más tolerante, luego inclusiva y posteriormente de solidaridad y entendimiento. Parte de estas experiencias me permiten reflexionar sobre algunos puntos a considerar sobre la homosexualidad al menos en Zacatecas.

Por aquellos tiempos también hubo algunos casos de compañeras que “vendían” su cuerpo a otros compañeros de escuela (en aquel entonces no eran 20 pesos, como decía hace unos meses la titular de la Secretaría de las Mujeres; apenas les daban 5 pesos). Y sin embargo era menos grave que el hecho de que uno de los alumnos tuviera una orientación sexual homosexual.

Con el tiempo advertí que lo que molesta de la homosexualidad no es la homosexualidad en sí, sino la idea de que un hombre o una mujer realice actividades (sexuales y no sexuales) que no son propias de su sexo, de acuerdo con el género que nos es impuesto. La homosexualidad, así parece, sería una rebelión contra esos estándares impuestos por la sociedad, donde se exige que un hombre o una mujer sean (y se comporten) de tal o cual forma.

¿Por qué molesta más un homosexual predominantemente femenino o una lesbiana mayormente masculina? Pero sigamos con la expresión “de eso no se habla”. Un homosexual es, en apariencia, mayormente aceptado cuando conserva su masculinidad, mismo caso para las lesbianas que son “femeninas”.

Esta idea se refuerza todavía más en las últimas fechas que tenemos en discusión la posibilidad de que se apruebe (o no) la reforma al Código Familiar para admitir los llamados matrimonios igualitarios. Entre el debate surgen opiniones que cuestionan, en una pareja de dos hombres, quién será la mujer y, en el caso de las lesbianas, quién será el hombre.

No hemos entendido que las personas, independientemente de su sexo, tienen un grado de masculinidad y feminidad a la par que se manifiesta en grados diferentes, pero esto no es determinante al momento de establecer relaciones sociales y familiares. Hemos crecido con la idea de que en una familia es necesario tener una figura predominantemente masculina y otra mayoritariamente femenina, de preferencia que correspondan con su sexo, cuando el estado ideal del ser es neutro.

Si lo viéramos en otra perspectiva, seríamos capaces de aceptar que muchos de los problemas sociales que vivimos en la actualidad, especialmente la violencia, se deben en parte a esa imposición del “deber ser” de un género.

De ahí la importancia de la llamada “ideología de género” de la que hablan los que se oponen al matrimonio igualitario. Esta ideología no pretende imponer a las sociedades una homosexualidad (o bisexualidad) obligatoria para todos. Se trata de abrir el espectro y evitar las muestras de odio hacia algo que debería quedar en lo sensitivo, mucho más que en lo racional. Queremos un México donde todas las personas gocen, en la práctica, de los mismos derechos.

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