Los ojos sin cara

Los ojos sin cara

Una de las mayores gratificaciones que tiene el cinéfilo al descubrir o revalorar un gran clásico es la oportunidad, muy rara, de ver la cinta elegida en una pantalla grande y en una copia restaurada. Tal es el caso de Los ojos sin cara / Les yeux sans visage, de 1960, del realizador francés Georges Franju, conocido también por títulos emblemáticos como La cabeza contra los muros, de 1959, y Judex, de 1963. Figura marginal de la Nueva Ola francesa, Franju confirió a un cine fantástico emparentado con el género de horror, un aura eminentemente poética y el tono documental presente ya en su perturbador cortometraje La sangre de las bestias, de 1949, sobre los mataderos de París.

Tomando como punto de partida la novela homónima de Jean Redon, publicada un año antes y muy libremente adaptada por la pareja de escritores Boileau-Narcejac –responsables también de Las diabólicas, de 1955, de Henri Clouzot, y Vértigo, de 1958, de Alfred Hitchcock–, Los ojos sin cara se vuelve, según el investigador fílmico estadunidense David Kalat en Criterion Collection, “un auténtico film noir que se traviste en película de horror”. Dos grandes figuras dominan el relato de Franju: el hosco e impenetrable cirujano, Dr. Génessier, interpretado magistralmente por Pierre Brasseur, y su hija Christiane, personaje casi irreal al que la actriz Edith Scob anima con una intensa expresividad, a pesar de sus evidentes limitaciones como maniquí humano desfigurado. Un accidente automovilístico, del que su padre es responsable, le ha dejado el rostro irreconocible. Génessier intenta por todos los medios, incluso los más criminales, restituir a su hija el rostro perdido, como ya antes lo había logrado con su amante, una enigmática Alida Valli, convertida ahora en secretaria fiel y cómplice criminal apesadumbrada.

Son pocas las escenas gráficas y estremecedoras en esta atípica cinta de horror, fuente de inspiración para la película La piel que habito, de 2011, de Pedro Almodóvar. Lo subyugante está en otra parte, muy al margen de los gustos actuales en materia de gore e impactos en cadena. Se trata de apreciar el enorme poder evocador de las imágenes en blanco y negro del cinefotógrafo veterano alemán Eugen Schüfftan, antiguo colaborador de Lang, Pabst y Edgar Ulmer, y también la hechizante partitura musical de Maurice Jarre, que desde la sinuosidad de los créditos iniciales hasta el lirismo de una imagen final digna del Jean Vigo de Cero de conducta, a punteando el dramatismo del relato. Estamos ante una atmósfera que transita con delicadeza del horror expresionista al más puro realismo poético, o como lo presentara la publicidad en Estados Unidos al momento de su estreno, ante Una elegancia fantasmal que evoca a Tennessee Williams. En suma, una reunión de talentos, actorales y técnicos, con que George Franju conduce a buen puerto la mejor de sus aventuras. Un gran clásico.

Se exhibe hoy en la Cineteca Nacional a las 18 horas.

Twitter: @Carlos.Bonfil1

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