Regresión

Regresión
Julio Ruelas. Implacable. 1901

La Gualdra 298 / Río de palabras

 

El susurro del disparo me arrulla. Cierro casi todas las llaves de mi casa, me voy por un tiempo. Que no se escape nada, que nadie entre. Antes de poner candado a la puerta que conduce hacia la calle, me detengo a contemplar las paredes. Existen descuidos. La temporada de florecitas están por nacer y todavía las ventanas visten adornos navideños ¡Al carajo las costumbres religiosas y apegos malsanos! Me retiro de prisa. Un leve dolor en el lado izquierdo de mi pecho me jala y no puedo cruzar la calle. El rápido latido de mi corazón me obliga a regresar por la última pastilla que dejé sobre la mesa humedecida de vino derramado. Volteo hacia el jardín ¿qué será del perro sin mí? Lo veo echarse maromas en el pasto todavía amarillento mientras la vecina lo ve con ternura. Quiero morir un poco más. Casi a rastras regreso y abro los candados. Entro. Me causan náuseas los desperdicios de la última cena. La cera de las velas alcanzó a maltratar la madera. Apesta a cigarrillo. Tomo la pastilla y la coloco bajo la lengua. Apenas si puedo tragarla. No hay saliva que pueda humedecer mis labios. Es más fuerte la resaca emocional que cualquier otra de las muchas que he vivido desde aquella noche. Me culpo, te culpo. Maldigo a tu Dios.

Observo las paredes, mi vista se dirige por la escalera. Algunas arañas juguetean en los rincones construyendo su futuro. Se burlan. Logran que las odie pero las dejo continuar el trayecto de los nuevos puentes que las llevarán por todo lo que fue mío, nuestro. Subo la escalera. La pastilla no hace efecto y el dolor no termina por largarse. Me cuesta poner los pies en los escalones que llevan hasta mi habitación, llego, la cierro. Que nada entre. Me aseguro de que ni un rayo de sol interrumpa el sueño. Sigo el paso a mi cama. El dolor se va disolviendo junto a una tos infernal debido al olor a gas. Qué descuido. Decido dejar todo en su lugar, que nadie entre. Que nada de afuera se quede, que nada de aquí se vaya. Voy desvistiendo el nido, me dejo caer. La habitación se vuelve helada. Debe ser el último viento fresco de invierno. La pared. Allí sigue la mancha roja. No puedo evitar un sobresalto cuando la imagen de unos ojos entreabiertos me suplica perdón. Me arrulla el recuerdo de aquel disparo que dio fin al dolor. Me obligó. Ella terminó por matarnos a los dos.

 

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