Mi número siete

Mi número siete

La Gualdra 294 / Río de palabras

Habrían de pasar muchos años para que alcanzara a comprender aquella tarde. A medida que los recuerdos se alejan, se van con ellos las dudas que nunca pude responder. Entonces tenía ocho años, estaba sentada en la mesa de la terraza de mi casa, medía con los dedos el grosor de mi muñeca y pensaba si podrían ser ciertos los comentarios de la gente en cuanto a que pudiera yo quebrarme. Yo creía que no, se lo dije a Tina, que las personas no andaban por la calle rompiéndose tan solo por ser delgadas.

―Pero tú estás en tus huesos, niña ―aclaró Tina al tiempo que ponía sobre la mesa, justo frente a mi rostro, un batido de leche con chocolate cargado con miles de vitaminas y minerales.

Era una tarde clara, el aire no cargaba pizca de polvo. Recuerdo el olor del pasto recién cortado, los helechos rebosantes en los maceteros y, a lo lejos, las palmas de cocoyol verdeando.

Tomé un enorme sorbo del licuado para complacer a Tina. Ella se dio por satisfecha y regresó a la cocina. ¡Qué bueno!, ¡ya no la tendría junto a mí, vigilando! Alcancé a escuchar su voz aunque ya se había alejado de mi vista: ¡Dijo tu madre que no se te ocurra quitarte los calcetines!

Pero ya me los había quitado, pisaba las baldosas de piedra fría, deliciosa. La humedad entraba por las plantas de los pies. Luego empecé con la rutina de gimnasia tratando de imitar a las atletas de la televisión. Minutos después, oí el grito de mi hermana Dolores dentro de la casa: ¡Vera Chablaska en la televisión! Entré corriendo y me senté en el piso con las piernas cruzadas frente a una Phillips en blanco y negro con antena de conejo. ¡Cómo me emocionaba ver la gimnasia! La Chablaska era una verdadera campeona. Me concentré en mirarla en la barra de equilibrio, tanto que no percibí la llegada de mi padre. Me sorprendió descubrirlo apoyado en el marco de la puerta. No era su costumbre venir a casa a esa hora, viajaba mucho y solía llegar cuando mis hermanos y yo ya estábamos dormidos.

―Ponte rápido los zapatos, tenemos algo que hacer ―dijo.

¿Sólo iríamos él y yo? De pronto sentí que aumentaba de tamaño. Sé que es difícil de entender, pero cuando se vive en una familia de siete hermanos una puede llegar a creerse casi invisible.

Durante el trayecto no mencionó a dónde nos dirigíamos, tampoco yo pregunté. En nuestras conversaciones él hablaba, yo escuchaba. Me gustaba así. Era difícil sacarme una oración completa, no es que no quisiera, más bien no sabía qué decir. Me contó de las brechas que estaban abriendo en la selva para la construcción de una carretera cerca del Caribe, donde no había sino playas largas y solitarias, kilómetros de agua transparente. En los próximos meses se levantaría el primer hotel, dijo, dentro de muchos años estaría lleno de hoteles, restaurantes, tiendas y turistas de todas partes del mundo. ¿Hasta chinos?, pregunté. Dijo que sí. Me costó trabajo hacerme la imagen mental del futuro que él describía. Para mí, Cancún era una isla delgada que conocíamos pocos, el mar azul, la arena tan blanca que te obligaba a entrecerrar los ojos. Sin edificios, luz eléctrica, gente. Nada. Trata de visualizarlo, agregó.

Oscureció en un instante, los grandes árboles de la calle se llenaron de pájaros que revoloteaban para acomodarse a dormir. Al tomar la calle 58 me di cuenta que nos dirigíamos al centro. Estacionamos el automóvil frente a un edificio que en la fachada tenía losetas de baño. El interior olía a moho y aromatizante de pino.

El letrero de la puerta frente a la que nos detuvimos decía: “Leonardo Vargas, Pediatra”. Ni siquiera cuando estuvimos sentados en la sala de espera mi padre dio razón de lo que hacíamos ahí. Quizá me inyectarían. Una señorita con zapatos de enfermera nos había dicho que tomáramos asiento. Llamó mi atención una niña inmóvil en los brazos de su madre. Parecía muerta, pero al cabo de observarla descubrí que respiraba. Su madre le había cubierto la cabeza con una gorrita tejida.

Mi padre me presentó con el doctor cuando entramos al consultorio. Esta es Valentina, mi número siete. El doctor sonrió, me echó una ojeada y se detuvo en mis ojos. Por lo que alcancé a entender se conocían desde jóvenes. Mi padre entonces dijo que el tema que nos acontecía no era sencillo y que esperaba no abrir una caja de Pandora. Yo no sabía qué era una caja de Pandora, así que escuchaba con atención sin intervenir, porque no se le debía interrumpir a los adultos. Contó que la otra noche manejó en solitario por la carretera rumbo a Quintana Roo, que le gustaban las carreteras y por eso las construía. Pensaba mucho durante el recorrido. Mi padre era así, decía más cosas de las necesarias. Eso es hacer preámbulos. Al fin, soltó que mi madre no me permitía llevar una vida como la de otros niños, exageraba los cuidados, y que un día hasta me desmayé de calor porque prohibió que me quitara el suéter. Para colmo, yo tosía algunas noches. Los consejos de otros médicos, hasta de los graduados en el extranjero, se reducían a complementos alimenticios que no hacían ninguna diferencia. Mi padre siguió hablando de ese tipo de cosas que yo conocía de memoria. Ya había tratado de comunicarle a mi madre que, aunque ella lo creyera, no iba a morir de una pulmonía. No podía explicar cómo, pero lo sabía, de la misma manera que supe que la señora de la sala de espera le tejió el gorrito a su hija porque la quería.

Oí a mi padre hablar de su agenda apretada sobre obras de construcción y rondas de trova, además de sus siete hijos y grupos de dominó. Mientras él hablaba, aproveché mirar las vitrinas para encontrar dónde escondían las jeringas. Enseguida, bajando el tono de voz, dijo que estaba en una encrucijada, y me miró. Necesitaba la opinión de un médico con buen ojo clínico. Yo llevaba dos años pidiendo clases de baile, pero mi madre ni siquiera podía oír hablar del tema. Estaba yo demasiado flaca, primero tendría que subir de peso. Pero él veía venir que mi madre nunca me permitiría hacer nada por temor a que se repitiera conmigo la historia de su hermana, tan bonita esa pobre que murió de repente. Si él se equivocaba y yo caía enferma una vez más, mi madre no lo iba a soportar y no me permitiría salir más a jugar. Podría ser contraproducente. Contraproducente era una de sus palabras preferidas, a cada rato la decía. Después regresó a hablar de carreteras, cuando la otra noche mientras manejaba voló su imaginación hacía la Riviera Maya, vislumbró grandes hoteles, campos de golf, marinas, barcos, aeropuertos, centros nocturnos, turistas, mesas repletas de mariscos y cócteles. Y luego, sin más, me vio a mí bailando.

Quedé sorprendida. Era la primera vez que alguien no me miraba como un cristal que pudiera romperse en mil pedazos. Olvidé la búsqueda de las agujas, mi vida estaba en manos de aquel médico al que mi padre no había dejado hablar.

―Vamos a empezar por el principio ―dijo el doctor y señaló la mesa de auscultación.

Me subí rápido en un banquillo y trepé como pude a la mesa para que el doctor viera que podía sin ayuda.

―Ya veo ―dijo el doctor con ojos muy abiertos.

Escuchó mis pulmones, midió mis reflejos, observó las pupilas y me hizo abrir la boca hasta que me provoqué. A continuación, lo peor: subí a la báscula, y no se movió. Cuando el doctor se disponía a disminuir el peso de los plomitos, vi asomar la punta del zapato de mi padre y pisar la báscula en una esquina. La agujita se fue para arriba. El doctor se acomodó las gafas y la miró desconcertado unos segundos…, exhaló una buena cantidad de aire y levantó una ceja.

―No has cambiado Manolo ―dijo. Y pateó la punta del zapato de mi padre.

No me gustó la expresión del doctor al comprobar mi verdadero peso. ¡Tenía que hacer algo, proyectarme en el futuro! Entonces me puse de puntas. Para cuando el doctor colocó la barra sobre mi cabeza para medir la estatura, ya había crecido unos cuantos centímetros.

Regresamos al escritorio. El doctor se me quedó viendo con profundidad. Se acariciaba la barbilla con las yemas de los dedos. Su mirada traspasaba mi cuerpo y parecía ver imágenes proyectadas en su mente. ¿Estaría tanteándome de alguna otra manera? No emitía palabra, su expresión tampoco comunicaba mucho. Si este Leonardo no se da cuenta que estoy bien sana y aprueba mis clases, puede mi madre dejarme encerrada por los siglos de los siglos. ¡Qué nervios! Me entreví en una silla viendo a otros niños jugar con un millón de suéteres y calcetines. Sentí que me empujaban dolorosamente el pecho y me sacaban el aire. El doctor observaba ahora sus manos como pensando lo que iba a decir. Lo noté indeciso. Empecé a jalarme los dedos.

―No concluyas nada todavía, Leonardo ―intervino mi padre―, se me acaba de venir una idea ―y sonrió complacido de su propia ocurrencia―. Ya sé que este lugar es un consultorio, sin embargo, para que tengas una idea precisa de lo que hablo, para que tengas el cuadro clínico completo… necesitas ver bailar a Valentina.

Pensé que era la mejor idea del mundo, como si fuese lo más obvio bailar en un consultorio.

El doctor me miró sorprendido, yo estaba en la punta de mi asiento lista para brincar.

―¿Quieres bailar?

Era una oportunidad única. Aquél iba a ser el baile más importante de mi vida.

Pude notar la respiración agitada y el corazón saltando. Me levanté del asiento, estiré el cuello e hice un saludo de bailarina.

Mientras mi padre movía los muebles para hacer espacio y convocaba a un auditorio que resultó ser la enfermera y la señora con la niña de la gorrita en brazos, yo planeé mi presentación: un poco de gimnasia, de ballet y de rock and roll, tal como lo había visto en la tele. Mi padre lamentó no haber llevado su guitarra, si bien me acompañó tarareando melodías y golpeando a ritmo la madera del escritorio con las palmas de las manos. Me dejé ir y me sentí Vera Chablaska. En ese instante sucedió algo inesperado: la niña de la gorrita abrió los ojos. Me emocioné de verdad, empecé a girar y saltar para ella. Mis músculos se calentaban, el cuerpo quería seguir. Me puse de puntas y ondulé los brazos para convertirme en un cisne, seguí con balancés fluidos como olas del mar. Me apareció una falta de Adelita con la que formé curvas de todos los colores, zapateé con fuerza y agité mi rebozo. De repente me tiré al piso, rodeé por todos lados hasta que me transformé en gato. Salté electrizada para ponerme sobre pies y rocanrolear con una guitarra eléctrica. Así, hasta que escuché que mi padre alargaba los tonos y disminuía la voz. Saludé como una gimnasta a mis cinco espectadores. Todos aplaudieron. La mamá de la niña me sonrió como si nos conociéramos.

Regresamos todo a su lugar y mi público se retiró a la sala de espera.

Hubo momentos de silencio en el que entró el oxígeno. El tiempo fluyó más ligero como si se hubiera desprendido de un peso. Antes de que el doctor hablara, ya sabía qué iba a decir.

―Sí ―dijo―. Ejercicio tres veces a la semana para empezar, inyecciones de extracto de hígado de bacalao crudo y mucho pescado.

Seis años después, me presentaría como solista en un escenario. Esa noche, al salir del consultorio sentí un fuerte apretón en el estómago: tenía hambre.

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