Universidad Pobre

Universidad Pobre

La pobreza no es una deshonra, alguna vez fue virtud y hoy apenas un espanto. Cuando Jerzy Grotowski escribió (en su “Hacia un teatro pobre” de 1965) que: “Eliminando gradualmente lo que se demostraba como superfluo, encontramos que el teatro puede existir sin maquillaje, sin vestuarios especiales, sin escenografía sin un espacio separado para la representación (escenario), sin iluminación, sin efectos de sonido, etc. No puede subsistir sin la relación actor –espectador en la que se establece la comunión perceptual, directa y “viva”” pergeñaba un “teatro pobre” que oponía al “teatro rico” que para él era rico en defectos. La riqueza a la que se refiere apunta a lo superfluo porque con ella el teatro trata de superar al cine y la televisión, que él exige sean reconocidos como técnicamente superiores para de esa manera abandonar definitivamente esos intentos. Pero hay algo más, porque la “pobreza” es también un método para llegar a la esencia del teatro como forma artística, a través de la que es posible revelar la incógnita del ser humano. La verdad intima de cada persona. Más cerca de nosotros, Ramón López Velarde nos recordó, en su “Novedad de la patria”, que “Han sido precisos los años del sufrimiento para concebir una patria menos externa, más modesta y probablemente más preciosa”. El sufrimiento es una ascesis que nos libera de las pesadillas que la riqueza material nos prodiga. No es una cosa sencilla descubrir la “pobreza”, quitar al concepto la costra que le han dejado las expectativas desaforadas de dirigentes delirantes, ya que solicita de nosotros el duro camino de la confusión y el desengaño necesarios para acceder a esa “verdad” que no es únicamente del orden del intelecto sino, preponderantemente, del orden del sentimiento. Redimensionamos nuestras expectativas  no por la razón, sino por la pobreza. Volviendo a nuestra actual circunstancia como universitarios, a la problemática que nos cala a cada paso y que nos hace mirar con zozobra el futuro, los administradores de la UAZ se hallan sin más argumentos que la escasez para pedirle a los docentes, una vez más, que cedan en sus demandas aceptando pagos diferidos de prestaciones sin cobrar intereses, compartir su carga de trabajo, no ejercer los derechos de promoción de nivel y categoría ni solicitar años sabáticos, además de cargar con el desprestigio que funcionarios deshonestos exhiben y comparten con todos. La “pobreza” así infligida está rodeada, sin embargo, por la desmesura. Los líderes siguen anunciando “crecimiento” de la universidad, lo que significa más trabajo por la misma paga, y no tienen pudor en ofrecer abrir licenciaturas al gusto de los diputados (quienes no acompañan la petición con fondos) o del gobernador. Si la escasez es la única razón de la necesaria “pobreza”, ¿qué razón existe para la desmesura declarativa? La más obvia razón: el camino de los dirigentes no es el de la pobreza, sino el de las esperanzas multimillonarias, pomposas, epopéyicas fundadas en la miseria ajena. Una universidad “pobre” no es necesariamente una mala universidad, aunque los indicadores que definen si una universidad es “buena” o “mala” son casi todos indicadores de riqueza material. Si seguimos la analogía con el teatro pobre de Grotowskidebemos comenzar por desnudar a nuestra universidad, dejarla sin la parafernalia de los edificios multitudinarios de disimulado estilo brutalista ( del francés béton brut o concreto crudo, introducido por Le Corbusier), sin los “proyectos financiados” más para “…viajes períféricos sin otro sentido, casi, que el del dinero” que de la búsqueda de la verdad, sin las becas que son más para conocer el mundo y permitir que algunos docentes erijan su casa que  para robustecer la capacidad de la planta académica. En suma, si borramos todas las ilusiones del dinero, porque ilusiones son, ya que no está demostrado que hoy sea la UAZ mejor que ayer, acaso sea peor, y nos centramos en las relaciones clave, que en el orden de la enseñanza se reducen a la relación educador-educando, en el de la investigación a la del investigador con sus pares y, en fin, en el de la extensión a la relación del extensionista con aquellos a los que se acerca, veremos que los problemas no surgen ahí, sino en toda la estructura administrativa que como  cáncer nos plaga y carcome, al grado que la “profesión” del administrador es preferible a cualquiera de las relaciones previas, porque las relaciones que definen a la administración central se establecen con el poder (el Estado) y el dinero (en nuestro Zacatecas, otra vez el Estado) por lo que resultan atractivas para cualquiera con ansias de millones, de influencia instantánea y de aduladores. En las condiciones presentes son los espejismos del lenguaje y el ejemplo de unos cuantos (que nunca serán todos) lo que impide que veamos que ya estamos en esa universidad pobre la mayoría de los docentes, con apenas nuestro salario (y algunos ni eso) y nuestra capacidad personal para enseñar, investigar o hacer extensión. La solución de los problemas de la UAZ, por la vía de la austeridad, demuestra que cualquier futuro está cancelado, y que la zozobra es ya nuestra condición
vital. n

 

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