Las ferias de libros y el Chavo del 8

Las ferias de libros y el Chavo del 8

En México se realizan al año más de 100 ferias de libros y la mayoría son inútiles en cuanto a resultados si nos detenemos en los libros que más se venden. La gente acude en manada como quien acude a divertirse un domingo a la feria de Chapultepec, y es que las ferias de libros son eventos masivos donde “la alta intelectualidad” se da sus baños de pueblo, reparte autógrafos y hasta presume el bolígrafo que utiliza, se exhiben como aquellos changuitos de circo que, al darles cuerda, tocaban enfurecidos una tarola y que sacaba el tío Gamboín para entretener a todos sus sobrinitos, se secan y vuelven a sus aposentos, tras haberse tomado cientos de fotografías, tras presumirnos el hotel donde se hospedaron, lo que comieron, lo que bebieron, y en ocasiones hasta con quién se acostaron.

Cada vez soporto menos los eventos donde para todo hay que hacer filas. Desde la larguísima fila para entrar, hasta la larguísima fila para salir, sin olvidar a la gente que se junta en los stands de las distintas editoriales y toman los libros como si fuesen objetos religiosos del siglo 19: con mucho cuidado ven la portada, hacen de diseñadores, porque en realidad nada los complace, miran la fotografía del autor (en el mejor de los casos se burlan de él o de ella), leen unas cuantas líneas de la cuarta de forros, expresan “¡se ve que está bueno!”, preguntan el precio y lo dejan nuevamente en la mesa, tan sólo para repetir la misma operación en todos los stands y salir de la feria con dos libros que estaban en el montón de cinco pesos: “Las cien mejores recetas para preparar el mole negro” y “Cómo combatir mi propio egoísmo para combatir el de los demás”.

Supongo que así funcionan las ferias de libros aunque ignoro desde cuándo se llevan a cabo. Supongo, también, que en cierta medida debe existir una ganancia económica por parte de las editoriales que acuden a ellas; de lo contrario me resultaría estúpido que las ferias de libros siguieran contando con tantas editoriales que no van precisamente a hacer actos caritativos, tampoco a regalar libros a las bibliotecas públicas, mucho menos a rifarlos entre los que acuden a la feria, van a hacer negocios, pues para sacar un libro antes que lectores se necesita dinero, eso es algo que a muchos (autores y lectores) no les queda claro.

En México ocurre un fenómeno cultural que parece ir de mal en peor: la oferta de libros está superando la demanda de lectores, y esto es algo visible en las ferias, donde podríamos contar los títulos de este año (¿habrá alguien que se anime a hacerlo?) y poner tal cifra frente a las estadísticas recientes de la adquisición de libros. Si se aprecia cuidadosamente se trata de una ecuación matemática: llegará el día en que la producción de libros supere a tal grado a los lectores que irremediablemente se tendrán que desechar, quemar o reciclar millones de libros (tal y como ocurrió con algunas ediciones de la UNAM), eso sin contar el grave impacto ecológico que supone la tala de árboles para obtener el papel, tal vez por eso es que yo me inclino a favor de la lectura digital a pesar de los cursis que aman fervorosamente los libros impresos, acaso porque el libro como objeto también es una herramienta de presunción en una sociedad como la nuestra donde la mayoría no es que no lea (ganas tienen, se los aseguro), sino que primero está la panza, llevar la comida a la mesa, que gastar 200 pesos en un libro.

Como ya habrán descubierto, odio las ferias del libro, me parecen exhaustas, aburridas, son como ir al Waltmart en día de quincena, no falta la señora gorda que se esfuerza en hacer pasar su gran existencia en medio de dos anaqueles repletos de libros  para conseguir en oferta la última novela de Roberto Bolaño (quien publica un libro nuevo al mes), mientras de su mano cuelga, como títere, un niño chamagoso con playera de LittleBigPlanet con un ejemplar de lo mejor de la cocina mexicana para microondas.

Me ocurre lo mismo con los museos que con las ferias de libros: hay que esperar en ocasiones más de diez minutos para admirar una escultura porque un imbécil jovencito, que escucha a C-Kan con sus audífonos, graba todos los detalles con la cámara de su smart phone para luego presumir en el salón de clases que fue a tal exposición, o mejor aún: para subirla a su Facebook y darse ese toque repugnante de intelectualidad no sólo propio de muchos jóvenes autores mexicanos, sino incluso de muchos adultos, que acuden a las ferias de libros a exhibirse y vanagloriarse, a la espera de que alguien por fin los reconozca y les pida un autógrafo o una fotografía, con el mismo smart phone de nuestro primer ejemplo.

En las ferias de libros lo que menos se hace es comprar libros. Se va a chismosear con la novia a falta de dinero para el hotel en Tlalpan, a criticar, y, sobre todo, se va a las ferias del libro a frustrarse, porque no se lleva el dinero suficiente, porque no es raro escuchar comentarios del tipo: “me quedé con las ganas de comprar la última de Murakami… pero estaba cara”.

Ni qué decir de las ofertas: libros que las editoriales prefieren sacar de sus bodegas y vender como grandes rebajas antes que tirarlos a la basura, ya que esa es la calidad que tienen.

Lo peor viene cuando los profesores creen que el gusto por la lectura llega por ósmosis y obligan a los alumnos a acudir a las ferias de libros, a tal conferencia o presentación, con la recompensa de que al presentar su boleto de entrada obtendrán un punto extra sobre la calificación final. Es la misma fórmula del partido político que acarrea gente a un mitin a cambio de una mala torta con el bolillo duro y sin jitomate. Suponen ustedes bien: el alumno odiará las ferias del libro, como el acarreado odiará las tortas de jamón, a menos que sea El Chavo del 8. ■

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