El Canto del Fénix

El Canto del Fénix

La decisión, el paso

GaiusIulius, el romano soberbio, el pagado de sí, se excedía en la autoconfianza porque conocía su enorme potencial y talento bélico y político, tan celebrado por otros y demostrado en los hechos. El arrojado se lanzó a atacar las Galias, hoy Francia, más por pasión y ambición que por mandato de su patria. Incluso desdeñó al Senado con su famoso informetriverbal Veni, vidi, vici. Era adalid nato. Claro que eso no lo eximía de que, como decimos hoy en nuestros días, lo grillaran. Despertaba demasiada envidia, sobre todo por parte de los estúpidos e incapaces de proezas como las que él realizaba.

Recordemos cuando Cnaeus Pompeius y el Senado de Roma le cierran las puertas de su república, GaiusIulius debe tomar por la fuerza el poder que las intrigas políticas le vedan. Viene entonces el famoso episodio en las orillas del río Rubico o Rubicón, donde el general romano propone a sus soldados la disyuntiva de quedarse entre los galos sometidos, disfrutando apaciblemente una gloria pasada, o conquistar el corazón del mundo, su Roma amada, con el riesgo de perderlo todo.

Alea iactaest, la suerte fue lanzada, es la frase que resume la pieza oratoria de ese momento. La suerte ya está echada, lo que tenga que pasar ya está decidido por el fato, el destino ineludible. La suerte ya está echada, y paradójicamente debemos sus protagonistas colocarnos sendas máscaras, debemos tomar los roles que nos corresponden.

“Dios mueve al jugador y éste a la pieza. ¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza?”, escribió Borges. Como quiera que sea, es la decisión la que detona una guerra. Es la decisión por la que se da el paso requerido. Lo que importa es el paso, la pascua, el transitar de uno a otro estadio.

Por eso los anglosajones festejan este tiempo de Pascua con huevos. El huevo simboliza el paso de la oscuridad a la luz, de lo oculto a lo descubierto, de la vida en potencia a la vida en plenitud. En una explicación más singular, algunos explican que el huevo simboliza también a Jesús El Cristo, que pasó de la muerte a la resurrección.

Lo que destaco aquí es el cambio, que viene sólo por la decisión permanente. Este sábado encontré en Jalpa a una ex compañera de primaria, quien me confiaba sus expectativas en torno a sus hijos. “No tienen tanta inteligencia como tú, pero de todos modos espero que logren cosas grandes en la vida”. Le hice ver su error: “No es tanto cuestión de inteligencia como de voluntad. No es tanto cerebro como corazón”.

De poco sirve ser listo si se flaquea ante la primera dificultad. En poco ayuda la genialidad cuando se vive con la dependencia en alguien o algo más. Las peores personas que conozco son las que se sientan a esperar la llegada de eso que apodan “voluntad de Dios”. No se dan cuenta de que la voluntad de Dios, cualquier cosa que eso signifique, se lleva en las canillas. El que espera en Dios espera también que regrese la luz a su recámara; el decidido, el que suele dar el paso, se levanta y va a la tienda a comprar un reemplazo para el foco fundido.

La decisión se toma o se deja. Y que los océanos nos golpeen entonces la cabeza. Se cruza por el desfiladero y ya, porque la suerte ya quedó lanzada y la gloria sólo corresponde a los audaces.

 

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