Cuando se extraña a los ‘dinosaurios’

Cuando se extraña a los ‘dinosaurios’

A quien había orquestado la surrealista reunión en un café de la Zona Rosa de Monterrey lo conocía desde hacia un par de años, cuando le apoyé en una de sus muchas campañas para ser electo diputado. Tras ese contacto inicial tuve el privilegio de seguirlo frecuentando, generalmente a iniciativa de él.

-¿Qué andas haciendo, Rivera?-, me preguntaba por teléfono. –Trabajando duro, don Juventino-, le respondía. -¡Ándale, acompáñame, vamos a tomarnos un café!-.

Era difícil negarse a su dinamismo. Don Juventino González Ramos, el viejo más joven que he conocido, diputado antes de que yo naciera, capaz de divertido decirse “dinosaurio”, pese a su juvenil espíritu crítico y visionario, me dio una de las mayores distinciones de mi vida: su confianza.

Militante de siempre del PRI, creó un grupo de reflexión al interior de su partido en Nuevo León durante la década de los noventas, al anticipar la crisis del gobierno de Sócrates Rizzo García, quizá excelente ejemplo del daño que puede causarse un gobernante, cuando al evadir el costo político en el corto plazo ocasionado por hacer cambios en su equipo, acaba por tener que pagar solo en el largo plazo la factura de su inmovilidad.

Era tal la energía de don Juventino que a veces acababa enterándome, después de un buen rato, de acciones en las que me involucraba asumiendo nuestra amistad.

Una mañana supe, por ejemplo, a través de la principal columna política del estado, que mi nombre aparecía en la lista de los fundadores de su grupo priísta de reflexión crítica, cuando yo apenas era simpatizante de él, no de su partido.

En otra ocasión, en respuesta a una de sus múltiples invitaciones, me pidió que le acompañara a un evento, a lo que accedí inocentemente, condición que mantuve cuando llegué a una reunión con los máximos representantes de las fuerzas vivas del priísmo nuevoleonés, que en términos aceptados por él presentaba una imagen digna de Parque Jurásico.

Justo cuando saboreaba un delicioso machacado acompañado de jugo de naranja, sufrí ese mañana una de las impresiones más súbitas de mi vida, cuando, sin preámbulo alguno, mi amigo anunció a través del sonido local que punto único en el orden del día era mi disertación sobre la situación del PRI local y la manera de remontarla. Sobra decir que tuve suerte al no atragantarme.

El momento de su vida en el que le conocí podía ser definido como uno “más allá del bien y del mal”, estado propio de quienes han hecho la tarea en su paso por la tierra.

Nacido en 1925, con amplia experiencia como legislador y funcionario público, autor de diversos libros y artículos periodísticos, sin preocupación aparente por el final de la quincena, poseía un desparpajo que caía bien.

Durante un desayuno en los noventas que le concerté con la directora del periódico más importante de Monterrey, acto al que yo trataba de imprimir la mayor formalidad posible, don Juventino fue al grano: -Mira, Martha, ahora sí tengo que verte como me dijo Rivera. Antes don Alfonso Martínez Domínguez hablaba conmigo y me preguntaba: ‘con cuántos votos quieres ganar, Juve. ¿Le ponemos 60 mil en la cabecera municipal?’ No, don Alfonso, ahí sólo hay 20 mil habitantes. Hoy sí me hacen falta los periodistas-.

Su pasión por la vida pública e ideas para mejorarla, las mantuvo hasta el último momento de su existencia. Un importante político nuevoleonés asegura que recibió instrucciones de él, a través de un teléfono celular cuando estaba dentro de una ambulancia, minutos antes de falleciera en el año 2001 a consecuencia de un accidente automovilístico.

Poco tiempo después de que ingresamos al café me encontré sentado con cuatro personajes que tal vez no sólo duplicaban mis años de vida, sino que cada uno tenía la experiencia política que yo no podría acumular en varias reencarnaciones. Todos habían ocupado puestos claves en el sexenio del gobernador Martínez Domínguez, uno de los últimos mandatarios de la época en la cual el Estado mexicano tenía al monopolio del poder aparente.

Ahí, a propósito de la debacle que ya adivinaban del gobernador Rizzo García, que a la postre dejaría el cargo y más adelante generaría las condiciones para que por vez primera llegara a la gubernatura el PAN, don Juventino y sus compañeros de andanzas políticas hicieron un ejercicio que me dejó atónito.

Dirigido por uno de ellos efectuaron el recuento de sus fortunas: “tú tienes una casa en la Del Valle, un rancho, cuatro carros y tus hijos estudiaron en el extranjero…” Y así cada uno fue presentando una breve e improvisada declaración patrimonial, repaso que, sin lugar a dudas, me hizo saber que en el grupo el único que tenía preocupaciones económicas era yo.

Tras el resumen de sus fortunas, admitieron sin esfuerzo alguno que todas obedecían a su paso por la función pública, empero, fueron enfáticos al puntualizar que en ese transcurrir impulsaron obras como hospitales y presas, que fueron parte de un proyecto social y de grupo, que tanto les permitió vivir bien como conservar el poder y hasta ayudar a quienes más lo necesitaban.

–Hoy-, dijo lapidariamente uno de ellos a manera de colofón del inusitado encuentro, -uno de los ‘muchachitos’ del equipo de Sócrates tiene en un par de años en el puesto, lo que nosotros juntos no hicimos en una vida de trabajo en la política-.

Fue como perder la virginidad de la conciencia, como asistir sin desearlo a un desfile de nudistas, como recibir una cátedra simultánea de cinismo y de política partidista y social del más alto nivel, como suplantar al sacerdote en el confesionario, como entender de golpe que hay leyendas ciertas.

Fue un momento de incredulidad, de sinceridad inconmensurable, de invaluable oportunidad en el ayer para entender el hoy del país.

Porque me hubiera gustado decírselo en vida, lo escribo: gracias, don Juve. Dinosaurios como usted se extrañan, y quizá ahora sabe del radicalismo de mi pasado.■

 

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