De la universidad de masas a la universidad de excelencia

De la universidad de masas a la universidad de excelencia

México ha vivido durante las últimas décadas crisis económicas recurrentes debido al agotamiento de su modelo de acumulación. Para encararlas, el Estado tuvo que iniciar un proceso transformador sin precedentes con lo que supone que la economía mexicana se insertará con éxito en el mercado mundial. La medida implica cambios profundos y en ello van las reformas estructurales, la reconversión tecnológica y la renovación de los institutos de educación superior para dar el sustento académico necesario.

Los acontecimientos universitarios de 1968 y 1977, llevaron al gobierno de Luis Echeverría a plantearse desde entonces una redefinición de las funciones del Estado con relación a la educación superior en México y, pudiera decirse, que en esta “redefinición” se da inicio a la transición de la universidad de masas a la universidad de excelencia. La medida trató de contrarrestar, evidentemente, la explosividad consciente de la juventud universitaria pero, en el origen de esta transición, esta una vieja restricción presupuestal decretada por el gobierno en acuerdo explícito con el Fondo Monetario Internacional.

A la vuelta de los años, puede verse con mayor claridad, que el proyecto de Estado se encamina directamente a suprimir la educación pública superior. Por eso es que resulta lamentable ver cómo grupos enteros de universitarios han sido atraídos por la corriente de la excelencia promovida por el Estado, olvidando el fondo de los múltiples significados y connotaciones sociales y económicas que solo causan deterioro: Reducción drástica a los presupuestos destinados a la enseñanza y la investigación; caída sin precedentes del nivel salarial de profesores e investigadores; subcontratación laboral; detrimento de la calidad en la enseñanza; fuga de cerebros; aumento de las cuotas y servicios escolares, cese del paso automático de prepa a universidad; participación de la iniciativa privada en los contenidos curriculares y en el establecimiento de prioridades educativas; eliminación de la libertad de cátedra y filtros a personal académico para contratar personal con perfil distinto de aquel viejo activista pro-universidad de masas; proliferación de nuevas escuelas y universidades privadas donde en algunas de ellas se redimen los principios religiosos de la iglesia; transmutación de lo moderno por lo conservador; mercantilización de la universidad, la universidad-empresa, etc.

Con todo, el mito de la eficiencia sigue su curso. Cumple su función de manera absoluta al ocultar la verdadera orientación de la propuesta educativa. Diseñada desde la cúpula, se responde a las exigencias del poder para bloquear o cerrar el acceso estudiantil a las universidades y para asegurar una “reorientación” de la demanda universitaria hacia la educación técnica.

Este modelo de “excelencia” consolidado prácticamente en la mayor  parte de las universidades del país, también afectó las relaciones  universidad-sindicato. El instrumento de la defensa de los trabajadores -según sus propias condiciones- debiera desempeñar un papel con mayor dinamismo para ir más allá de la defensa gremial y de las reivindicaciones salariales; para participar, desde su perspectiva, en el debate del modelo universitario en su conjunto.

No hay duda de que los sindicatos han sido los principales protagonistas de la resistencia pero, en algunos casos y hay que decirlo, se han comportado como meros instrumentos del poder, como entidades pasivas con prácticas hegemonistas y con una política que fomenta el aislamiento organizativo con tal de mantener sus feudos.

Sin vinculación con otros sindicatos, con la comunidad universitaria, o con el estudiantado, están abonando la catástrofe. La crisis de la dirección del sindicalismo universitario radica, según muestro punto de vista, en la incapacidad de ganar espacios que le permitan jugar un papel protagónico en los acontecimientos no solamente gremiales, sino en los acontecimientos del país y en los estados. Como vanguardia universitaria debiera convertirse en un orientador de la opinión pública, en actor principal frente a los años por venir y para defensa de su propia existencia…

La universidad de excelencia trajo consigo el renacimiento del individualismo. En la formación de los estudiantes, la excelencia adquiere todo el contenido liberal: “los mejores, los más capaces, serán los de mejores calificaciones”; la nota numérica es entendida por tanto, como calidad y la educación como entrenamiento. Todo lo contrario, la excelencia debiera estar fundamentada en una concepción global (no técnica) de la sociedad y sobre el conocimiento mismo, debiera descansar en la capacidad crítica, epistemológica, frente al conocimiento transmitido.

Las reformas estructurales continúan implementándose por los gobiernos. Su objetivo era y es, desmantelar el viejo estado-benefactor-populista; privatizar la economía; consolidar el individualismo posesivo ya mencionado; incrementar la inversión extranjera directa facilitada por la reducción de salarios y el desconocimiento de las conquistas contractuales. Por eso es que la universidad de excelencia –moderna e individualista– como proyecto dominante y como modelo ideal que ya está en curso, solo puede explicarse en función del modelo de país que se está construyendo en la lógica de la inserción de México en el mercado mundial.

El Estado fuerte, benefactor y proteccionista, ha cedido el paso al nuevo Estado liberal. En este contexto, la “universidad de masas” ya no resulta funcional y seguirá sufriendo mutaciones ocultas y silenciosas, a paso lento o de manera abierta y violenta. El deterioro de la actividad académica y laboral mantiene su curso… ■

 

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