La victimización feminista

La victimización feminista
  • Inercia

Si observamos detenidamente la relación entre géneros en México, encontraremos que se rige básicamente por medio del rencor. El sistema machista del que somos objeto desde muchos siglos atrás en todos los continentes del mundo, en México se ha mantenido más fuerte que en otros países pese a que todos dicen reprobarlo. Si se ha sostenido no sólo se debe a que favorezca a los hombres, sino que el feminismo también se beneficia de ello para victimizarse. Las mujeres no han aprendido a diferenciarse sanamente de los hombres, como bien lo explica Marta Lamas, más bien pareciera que “quisieran ser mejores que ellos”.

Arthur Schopenhauer en El amor, las mujeres y la muerte dice que “sólo el aspecto de la mujer revela que no está destinada ni a los grandes trabajos de la inteligencia ni a los grandes trabajos materiales”, y en su contexto histórico era más que un hecho, una verdad irrefutable porque la tradición hizo de la mujer un ser sin mayor necesidad de hacer nada más que procrear y encargarse de menesteres menores; sin embargo Friedrich Engels en Origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado señala como absurda la idea de la filosofía del siglo 18 de que en el origen de la sociedad la mujer fue esclava del hombre:  “entre todos los salvajes y entre todos los bárbaros de los estados medio e inferior […] la mujer no sólo tiene una posición libre sino también muy considerada”, apunta.

Por su parte, el argentino Aníbal Ponce expone que  en las tribus primitivas se dividieron los trabajos de acuerdo a las diferencias de sexo con la finalidad de economizar, ya que vivían muchos bajo un mismo techo, pero “sin el más mínimo sometimiento de parte de las mujeres”.  Sin embargo así se ha sucedido ese patrón muchos siglos más, sin tomar en consideración si aún es lo óptimo.

En los tiempos de Schopenhauer no se contemplaba otra forma de vida, tan así que las mujeres, en general, no aspiraban al desarrollo personal en otros ámbitos, ni la sociedad se lo exigía, era la misma colectividad la que les daba esa formación de “amas de casa”, por así decirlo, pero no es que no pudieran hacer otras diligencias.

En el siglo 21, se supone que mujeres y hombres tienen igual acceso a cualquier actividad física o intelectual, pero para ambos significa ya un cambio radical que ninguno se ha dispuesto a hacer, por ejemplo, la mujer no se imagina siendo la proveedora y el hombre es juzgado si no lo es. La hembra intenta liberarse pero le ha resultado más fácil ser la víctima, parecer la débil, pedir respeto, un trato digno y demás consideraciones, porque la igualdad conlleva un esfuerzo que no les interesa del todo, no porque no lo puedan realizar, sino porque trae consigo la pérdida de privilegios que siempre han tenido. Es mucho más fácil quejarse y/o vituperar al otro antes de verlo como igual.

La mujer ha aprendido a vivir creyendo en un villano, en la historia donde ella es la buena y el hombre el malo, que ya le es difícil existir en otro sistema. Por su parte, el hombre se ha creído su papel de tirano por lo que le es imposible dejarlo de lado, la misma sociedad se lo exige a tal grado que renunciar a ello significa la castración psicológica: aquél hombre que no tiene “controlada” a su mujer, es adjetivado como un “poco hombre” u homosexual.

Esto genera una confusión, puesto que las mujeres han creído ciegamente en que son las víctimas de la historia, al punto de sentir por el hombre cierto resentimiento. En esa relación hay una guerra manifiesta pero secreta, y es en ese ambiente en el que se desarrolla una típica familia mexicana, es ahí donde crecemos y aprendemos a generar rencor para favorecer o perjudicar a uno u otro miembro de la familia.

¿Realmente conocemos el amor, sabemos amar o somos sólo la inercia de una tradición fallida de odio mal entendido? En gran parte, la literatura actual refleja esa imposibilidad de entendimiento entre unos y otros, expone a seres humanos cada vez más solitarios y egoístas, incapaces de relacionarse o amar, como en la narración Hijos de Alberto Fuguet, en la que se describe a una pareja joven, con menos de treinta años y siete años de relación, a quienes les gusta navegar en Internet al estar juntos y cuya comunicación tiene lugar en el ciberespacio: “A veces le envío emails cariñosos y le escribo el tipo de cosas que no me atrevo a decirle en persona”. Seres solitarios, en cuya reciprocidad ha influido más la distancia y la aparente convivencia que un real entendimiento.

Esta disyunción entre hombres y mujeres favorece a que haya una ridícula tradición de las relaciones interpersonales en las que se está con alguien más por cumplir con un precepto moral que por un real deseo de compartir. En otras palabras, lo que nos ha unido a hombres con mujeres es la inercia social y no el entendimiento y el amor. ■

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