El rollo radioactivo

El rollo radioactivo

D esde años recientes, cuando el sol evoluciona su camino hacia el equinoccio de primavera y sus rayos incipientemente redimen de los estragos invernales el pequeño jardín de la editorial, evoco a alguien que estimaré de por vida. Cuando por motivos académicos frecuento Madrid, y aprovechando la vuelta mi querido Pablo, aliado inseparable desde el máster en el Ortega y Gasset, nos invita al Mashita —un modesto espacio de comida coreana en una bocacalle tradicional entre Plaza España y Callao—, Malinka y yo volvemos a una mención, a un recuerdo, a ciertas anécdotas que van en relación a esa persona. En diciembre pasado, al vernos obligados a dar una ojeada a la feria de Art Basel Miami, allí, en South Beach —esa franja de tierra que se ha resistido al mar—, en un restaurante en la calle Linconl, degustando del mejor teppanyaki hasta ahora conocido, regresó Leo como tema de sobremesa de un pasado que se resiste a ser olvidado. Acontece cuando probamos, en cualquier sitio, alguna especialidad japonesa, cuando en ocasiones Malinka pone en práctica el legado culinario que aprendió de él.

Leo nació en Monte Escobedo a finales de la década de los 70. Desde muy joven había decidido vivir la odisea al norte de la frontera que divide México de Estados Unidos. No los , ni tampoco lo puedo asegurar, pero creo que ese ímpetu de emigrar era más una necesidad personal que una obligación económica, tratándose, quizá, de una acción emprendida por el deseo del viaje que tan bien iba con su carácter impulsivo, por demás inquieto y vivaz. En alguna parte de Texas lo acogió una familia japonesa que se encargó de adiestrarlo, sin menoscabo, en los secretos de la cocina oriental. Pienso que la fortuna le sonrió en este sentido: gustaba de la cacería y la pesca junto a la pasión de preparar los platillos que llegara a obtener según las presas (jabalí, venado, pato silvestre). El manejo de las armas deportivas le venía por tradición familiar; su padre y un hermano tuvieron como profesión la armería. Tal vez nos cruzamos en algún momento de la niñez, en las inmediaciones de La Encantada, cuando el Día del Niño se festejaba con un concurso de pesca. Mi padre conoció bien a su progenitor, cuyos vástagos arrasaban sin piedad con los primeros lugares de la competición.

Cansado de la vida acelerada que le impuso el ritmo anglosajón, regresó con la idea de montar una barra de sushi. A pesar de la estrechez del local, se las apañó sin problema. Ahí trabamos amistad y surgió la confianza para tomarse ciertas libertades que no se permitía con el resto de los comensales. De esa manera nos enseñó a comer bajo un menú privado que ni siquiera estaba considerado en la carta. Luego de sobrellevar 70 horas de trabajo a la semana, nos hacía bien el reparador brebaje de una sopa miso complementada con alga y mariscos. Después dudábamos en elegir lo siguiente: si un rollo de salmón cubierto de hueva de pescado o un plato caliente que tuviera como base una salsa de anguila, de preferencia una yakisoba con camarones y res. Casi siempre dejábamos un hueco para un crujiente helado tempura o, en su defecto, una banana con el mismo tratamiento. Al ganar un número considerable de clientes, pensó en crecer el negocio capitalizándose, otra vez, en el otro lado. Así lo hizo saber una tarde no sin antes prometerme una cosa: para no extrañar en demasía su ausencia, era menester que le enseñara a Malinka cómo preparar arroz frito y uno que otro aperitivo. Pactamos un pago justo por las clases de cocina. Al término de éstas, tuvo un detalle que se nos ha quedado indeleble en el corazón: el dinero no era para solventar las clases —que eran gratis—, el monto estaba destinado para pagar un wok nipón de una sola pieza, instrumento indispensable para llevar a buen término la receta del arroz frito. En ese tiempo yo no tenía coche y tomaba prestado el Beetle de Malinka, acto que le servía a mi amigo para burlarse de mi persona, porque, según él, se trataba de un vehículo para ladies.

La última tarde con Leo significó la despedida. Jornadas atrás, un 21 de marzo, yo miraba por una ventana hacia el jardín. A mis espaldas Malinka preparaba un refrigerio. La presencia de una figura me enmudeció por un instante: sobre el césped se desplazaba una víbora de dos metros de longitud. El fin de semana Malinka me había confesado un sueño con serpientes. Leo se desgarraba las vestiduras al saber que el destino del animal lo habíamos dejado a Protección Civil, reclamándome que lo hubiera olvidado para la captura. Entonces nos contó del cariño que le llegó a tener a una cascabel que su hermano guardaba como mascota en casa, la cual tenía la cabeza del tamaño de un puño adulto. También nos relató que un día la cascabel había escapado de su pecera y las peripecias que tuvo que sortear para atraparla con vida. Y mientras celebraba que yo manejara un coche para hombres —obviaba que la Tiguan conlleva un toque femenino (estoy seguro que el gti no lo hubiera defraudado)—, él reía por el resultado de su nueva invención: un rollo flameado de atún ahumado. Quería que lo bautizáramos y sugerimos que lo nombrara “Fukushima”, previendo la mínima posibilidad de que el atún estuviera bajo los efectos de la radiación. ■

 

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