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■ El ambalse, infestado por lirio, entorno ideal para la plaga. Insuficientes, planes de autoridades

Aguas negras en la presa Endhó, Hidalgo, foco de contaminación y enfermedades

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Por: La Jornada •

Tepetitlán, Hgo., La vida al aire libre para las comunidades ribereñas de la presa Endhó, en Hidalgo, termina a las 5 de la tarde. Es entonces cuando la plaga del mosquito Culex sale de cacería. Calles, jardines, parques, sembradíos, corrales y patios dejan de ser zonas seguras, pues “si uno permanece afuera, los insectos comienzan a rodearte: primero uno a uno y luego ves a varios pegados en tu ropa y otros llegando a la cara, el cuello, las manos o cualquier parte del cuerpo descubierta”.

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Así lo padecen los pobladores de Tepetitlán, una de las localidades que rodean la presa y que está incluida en el Programa de Restauración Ecológica de la Presa Endhó, decretado por el gobierno federal el 25 de septiembre de 2024 en el Diario Oficial de la Federación. Ellos llevan más de tres décadas lidiando con la presencia de lirio en el embalse de aguas residuales y desechos industriales, que, a su vez, favorece la reproducción del mosquito Culex “al ser la incubadora del insecto”.

Pero en los tres años recientes los problemas se han intensificado y “parece un cuento de nunca acabar”, denuncian los pobladores, cuyas dinámicas cotidianas han tenido que ajustarse a la actividad del mosquito. “Si queremos salir por alguna razón, hay que prender humaredas con pencas de maguey y leña para espantarlos, ponernos diferentes tipos de repelente y, un par de horas antes de dormir, echar insecticida en los cuartos; de lo contrario, no descansas, aunque siempre terminan metiéndose algunos”.

En un recorrido realizado por La Jornada en San Mateo la Curva, San Pedro Nextlalpan y La Ermita –comunidades que rodean la presa en el municipio de Tepetitlán– se observa que la mayoría de las casas tienen mosquiteros en ventanas y puertas; el olor a leña quemada es permanente por los anafres utilizados para producir humaredas; hay repelentes sólidos colgados de las manijas o láminas de insecticida conectadas a enchufes. Además, con trapos obstruyen cualquier hueco en las viviendas que permita el acceso de los insectos. Incluso algunos gallineros tienen protección, ya que los animales tampoco se salvan.

Lorenzo Lugo, agricultor que lleva 60 años viviendo junto a la presa, en San Mateo la Curva, y que posee unos cuantos animales para ayudarse económicamente, indica que no hay manera de protegerlos en el exterior y que siempre amanecen con picaduras nuevas.

“Nosotros nos protegemos con insecticidas; echamos tres o cuatro latas por semana, que a la larga nos harán daño, pero ¿a ellos cómo los cuidamos si permanecen en sus corralitos?”, lamenta.

Ernesto Yáñez, productor de 49 años, puntualiza que los animales pequeños son los más afectados, sobre todo los recién nacidos. Recientemente perdió un becerro que sufrió picaduras constantes.

Acciones deficientes

Desde finales de octubre pasado, la Comisión Nacional del Agua puso en marcha el plan maestro de recuperación de la presa Endhó, cuya primera fase –aún activa– ha consistido en retirar lirio acuático del embalse, triturarlo y llevarlo a terrenos para utilizarlo de composta. En mayo arrancó la segunda etapa, que consiste en fumigar las larvas del mosquito, así como al insecto adulto que se encuentra en las calles y áreas comunes de las 27 comunidades ribereñas de este cuerpo de agua (donde habitan alrededor de 27 mil personas).

Sin embargo, los lugareños consideran que estas acciones no resolverán el problema, al menos en el corto y mediano plazos. Además, plantean que debe existir un plan que opere de forma permanente.

A un costado de la presa, donde el persistente olor a drenaje se intensifica con el calor del día hasta provocar incluso dolor de cabeza y cuyo cauce principal es el río Tula, Eloy Sánchez, de 58 años e integrante del pueblo indígena otomí de San Pedro Nextlalpan, asegura que la presa “lo único que ha ocasionado a todas las comunidades es enfermedades, contaminación y malestares”.

Para él, es aventurado decir que hay una reducción del lirio, que pasó de 900 a menos de 500 hectáreas, como indican las autoridades, puesto que la planta, al flotar sobre el cuerpo de agua, tiende a desplazarse con el viento y a compactarse en ciertas zonas, por lo cual pareciera que disminuye su superficie. Sin embargo, cuando la corriente la expande, “vuelve a verse como antes”.

Aunque reconoce que las autoridades federales han informado en asambleas sobre las acciones que llevarán a cabo en las zonas afectadas y les han mencionado la existencia de un plan maestro, aunque sin darles detalles, así como que camionetas han acudido a fumigar las calles, sostiene que el insecticida “no le hace nada a los mosquitos”.

Además, puntualiza, las camionetas fumigadoras no pasan todos los días, por lo que el mosquito sigue reproduciéndose durante el resto de la semana.

A esto se suma, declara, la falta de avances en la extracción del lirio, considerando que es poca la maquinaria ubicada del lado del municipio de Tula: seis bandas transportadoras y tres retroexcavadoras, mientras la planta sigue creciendo en otras zonas de la presa.

Según las autoridades, menciona, en septiembre próximo entrará en operación nueva maquinaria que intensificará la recolección del lirio y se espera utilizar la biomasa como materia orgánica para producir biogás, lo cual “nos da desconfianza porque, si funciona el proyecto, no querrán terminar con la plaga para seguir obteniendo ese recurso”.

Años 90, primera crisis

Feliza Camacho, de 73 años y una de las líderes locales en el combate al lirio en la comunidad La Ermita, recuerda que la planta invasora apareció cuando la presa Endhó todavía era un embalse de agua dulce, pero se incrementó desde que comenzó a recibir aguas tratadas.

La primera crisis provocada por la planta y los mosquitos ocurrió en 1990, época en la que los pobladores se organizaron en busca de una solución.

Considera que la estrategia actual debe retomar la trituración, en lugar del retiro de la planta; trabajar día y noche, y realizar fumigaciones simultáneas en todas las comunidades afectadas.

Resistencia del zancudo

Otra dificultad para combatir al mosquito es su resistencia. Jimena Sánchez, joven de 26 años originaria de San Pedro Nextlalpan, asegura que el vector es más fuerte que antes, pues cada vez deben utilizar más insecticida en las casas y cambiar a repelentes más intensos para que surtan efecto.

La demanda de insecticidas, láminas y repelentes líquidos y sólidos es tal, que se agotan en las tiendas locales y los habitantes deben buscarlos en otros poblados.

Conforme se acerca el atardecer, la actividad en el pueblo disminuye. La gente se resguarda y los pocos transeúntes que permanecen en las calles portan camisas de manga larga, sombreros y pecheras, pues comienzan “las horas insoportables” con el despertar de los mosquitos.

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