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lunes, 6 diciembre, 2021

Viaje sin regreso*

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Por: La Jornada Zacatecas •

La Gualdra 500 / Felguérez / Arte y Literatura

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Fue en el año 2166 cuando periódicos, radios, televisiones, tetratomoscopios y olfadovites anunciaron al mundo el descubrimiento de un planeta similar al nuestro.

La noticia causó gran sensación, ya que después de las exploraciones realizadas hasta aquel entonces, se había llegado a la triste conclusión de que la existencia del hombre era imposible en otros planetas, los que, a lo más, como en el caso de Marte, cuentan con una rudimentaria vida vegetal. Se consideró que en el sistema recién descubierto existía un planeta con todas las características climatológicas de la Tierra y que sería esta gemela nuestra la que vendría a resolver, en un futuro no lejano, la grave crisis de sobrepoblación que se padecía en aquella fecha. Por todo ello, el nuevo planeta fue bautizado con el cariñoso nombre de «LA TIERRA II”.

Control unificador, llamado comúnmente el corazón del olfadovite

Y se unieron los esfuerzos de todas las naciones para crear un instituto de investigación en los que se reunieron los más prominentes sabios, quienes, después de dirigir la construcción de los más modernos e ingeniosos aparatos, se dedicaron a la observación sistemática y constante de la Tierra II. Tras cinco años de arduos estudios dieron a conocer las siguientes conclusiones:

  1. La Tierra II efectivamente existe.
  2. Su dimensión es muy aproximada a la de la Tierra.

III. Por lo que se ha podido observar, cuenta con dos grandes océanos.

  1. Estos océanos circundan masas de tierra en las que existe vegetación.
  2. La vegetación corresponde, cuando menos, a dos estaciones del año.
  3. Se cree que su atmósfera permite la vida del hombre.

A continuación se construyó una gran nave. El viaje ofrecía serios problemas, pues la distancia era mucho mayor a las anteriormente recorridas. El plan inicial, que consistía en seguir la línea recta, fue desechado, toda vez que ofrecía el grave peligro de que la nave fuera atraída por la fuerza centrípeta de la enorme estrella Sirio de la Constelación de Vega. Por esta razón se decidió trazar una elipse, que si bien alargaba en unos años el recorrido, por otra parte garantizaba mayor seguridad. El itinerario quedó establecido; el viaje tendría 10 años de duración. A los cinco años la estrella polar, que siempre nos marcara el norte, sería paulatinamente el sur. 

Asimismo se decidió mandar cinco naves que saldrían con un intervalo de dos años cada una y tripulada por un solo hombre. En ella se transportaría la maquinaria necesaria para que una vez llegadas las cinco, construyeran otra nave en la que emprenderían el regreso, trayendo la mayor información posible a fin de aprovechar su experiencia para iniciar una inmigración y colonización posterior.

Yo fui escogido para ese primer experimento. Mi preparación era amplia, pues desde muy niño fui educado y alimentado para este bello oficio. Mi gran capacidad profesional logró convencerlos de que era yo el hombre más adecuado.

Dibujo de Manuel Felguérez en su cuento Viaje sin regreso. 1959.

Debo confesar que sentí miedo cuando el nombramiento estuvo en mis manos. Mis anteriores viajes habían durado a lo sumo dos años y ahora serían necesarios treinta para regresar, en caso de que todo saliera como se esperaba y de que la vida me los concediera. 

Acepté mi destino. Me despedí de mis amigos. En mi interior comprendía que sería muy difícil volver a ver a mi madre, que por entonces casi tenía sesenta años. Por esta razón no le dije la verdadera duración de aquella aventura y nos despedimos como otras tantas veces.

El 2 de noviembre del año 2171, a las 3:30 de la madrugada, llegué al lugar en que despegaría la inmensa nave. El cielo estaba lleno de estrellas; al contemplarlo sentí como si por un instante el universo entero se me revelara. Inconscientemente me incliné y tomé un puño de tierra. Subí la escalinata, pasé por la estrecha puerta y una vez acomodado frente al tablero de instrumentos, todas las partes de mi cuerpo fueron sujetadas fuertemente al asiento. Se me aplicó una anestesia temporal para, por un lado, evitar un posible shock psicológico y, por otro, para poder resistir con mayor facilidad la terrible sacudida inicial, mientras la nave deja la atmósfera. 

Cuando volví en mí todo estaba bien: el aparato funcionaba perfectamente y el silencio en el interior de la cabina era total. 

Pasar largos años dentro de un tubo de cuatro metros de largo por dos setenta y cinco de diámetro, al que no había sido posible adaptarle ventanas por no existir un material transparente lo suficientemente resistente, conduciría, sin duda alguna, a la locura. Por lo tanto, el terreno psicológico fue previsto con especial cuidado. Lo más eficaz en este sentido era un gas que producía un profundo sueño, el cual podía durar a voluntad, desde una hora hasta una semana como máximo, dependiendo del tiempo de inhalación según la siguiente fórmula: 

60 segundos de inhalación-240 minutos de sueño. Tenía la consigna de seguir este procedimiento al menor signo de aburrimiento, angustia o disgusto.

Cuando despertaba siempre tenía mucho quehacer; anotaba en mi libro de bitácora todo aquello que los instrumentos habían registrado, lo estudiaba y trazaba esquemas y estadísticas para fijar mi posición en el espacio. 

Mis gustos personales también habían sido tomados en cuenta. Jugaba largas partidas de ajedrez contra un cerebro electrónico que tenía la posibilidad de prever hasta 20 jugadas y el cual generalmente me ganaba, aunque una vez tuve la enorme satisfacción de darle un jaque mate en el octavo movimiento.

Llevaba también una gran biblioteca condensada en una cinta microfotográfica que proyectaba sobre una pantalla; bastaba apretar un botón para cambiar de página. Con el mismo sistema llevaba mil películas selectas, de tal manera que cuando llegaba a la última, la primera se me había olvidado ya y me era posible recomenzar. En cuanto a música era tan completa la cinta, que siempre pude oír lo que correspondía a mi deseo momentáneo. También llevaba mi instrumento musical preferido, una flauta, en la que logré hacer grandes adelantos y aun algunas composiciones.

Cuando mi nostalgia era grande recurría a mi olfadovite que siempre fue mi mayor entretenimiento, pues me recordaba con toda claridad los instantes más queridos de mi niñez. Al tomar mi ración diaria de píldoras alimenticias, él me proporcionaba la sensación real de suculentos banquetes. Tendido sobre mi pequeña litera sentía la brisa, el color y el aroma de los mares del sur. Sin embargo, se me recomendó hacer poco uso de él, pues de lo contrario corría el peligro de sumergirme en un mundo imaginario durante el cumplimiento de una empresa que exigía un completo sentido de realidad.

Al principio me desesperaba esa ceguera impuesta por necesidades de orden técnico; solo tenía yo el recurso de usar la imaginación, ayudado por los registros diarios fielmente transcritos desde el exterior por infinidad de números y agujas. Aquello debería ser tan extraordinario que aun habiéndolo visto hubiera sido muy difícil narrarlo. Pero a medida que la bitácora aumentaba eran tantos los astros anotados, que llegué a pensar que tal vez pasaría lo mismo que cuando en automóvil atravesamos a gran velocidad un bosque: a pesar de la belleza que encierra cada árbol, el paisaje acaba por resultar monótono, produciéndonos la indiferencia de lo que nos es ya demasiado familiar.

De esta manera transcurrió mi vida en ese pequeño mundo al que ciertamente llegué a habituarme, hasta que comprendí que el tiempo había pasado y que faltaba muy poco para alcanzar mi objetivo. Desde ese momento me fue muy difícil pensar en otra cosa. El ansia de llegar se volvió obsesiva, ya no quise dormir, quería estar seguro de que efectivamente todo era una realidad, quería adivinar no solo el día sino aun la hora, el minuto exacto en que ocurriría. Por esta razón revisé mi diario con la mayor minuciosidad; al hacerlo recordé claramente algunos de los momentos más importantes: aquel día, hacía ya casi cinco años, en que dejé atrás la estrella polar y de pronto me encontré en la otra mitad del universo. La emoción que experimenté es la misma que deben haber sentido los antiguos navegantes cuando por primera vez cruzaron el ecuador. Recordé también aquel terrible instante en que atraído misteriosamente por una extraña fuerza, creí que todo había acabada. Pero en fin, todo esto ya no tenía importancia. Tracé el más complicado de los planos, chequé todas las periódicas anotaciones y comprobé que… ¡el viaje estaba hecho!

Sentí el impacto de una atmósfera; el calor subió terriblemente en el interior de la nave. La velocidad descendió. Apenas tuve tiempo de ponerme mi traje protector y colocar nerviosamente sobre mis hombros el capelo y a mi espalda el tanque productor de oxígeno. Poco a poco dejé escapar la artificial atmósfera interior. Entonces pude abrir la puerta. ¡Me encontraba ya en la Tierra II!

Dibujo encontrado entre los papeles de Paul Niendermicht. Se desconoce su significado

Todo era blanco, nieve. Medí las condiciones del exterior y con gran alegría comprobé que podía respirar. Dejé mi cara libre al contacto de aquel maravilloso aire fresco; había neblina. Caminé unos pasos alrededor de mi estropeada nave. Me sentí muy cansado. Entré de nuevo en ella y dormí, esta vez de una manera natural, como hacía mucho tiempo no lo hacía.

La primera actividad que desarrollé consistió en montar una antena que permitiría comunicarme con la nave número 2, que venía dos años atrás de mí; esta a su vez lo retransmitiría a la número 3 y así sucesivamente. Sería en esta forma como se lograría que mi primer mensaje llegara a la Tierra. Cuando acabé la instalación me encontraba sumamente nervioso; la simple idea de que después de tanto tiempo en que solo había podido hablarme a mí mismo, un pensamiento salido de mi mente sería captado por otros seres vivos que, además, quedarían conmocionados por la noticia, me hizo feliz. Y así, lleno de júbilo, lancé a la estratósfera el siguiente mensaje:

«YO, PAUL NIENDERMICHT, COMUNICO CON PROFUNDA EMOCIÓN A MIS HERMANOS DE LA TIERRA QUE EL VIAJE FUE TODO UN ÉXITO. ME ENCUENTRO PERFECTAMENTE EN LA TIERRA II, LA CUAL COMO SE SUPONÍA, ES HABITABLE. SEGUIRÉ INFORMANDO. 

MARZO 14 DEL AÑO 2181″.

Dediqué los siguientes días a revisar los paquetes que contenían parte de las piezas necesarias para organizar el regreso. Las engrasé, las acomodé ordenadamente y marqué en un mapa su posición en relación a las montañas que me rodeaban. Después preparé meticulosamente mi mochila, con todo lo necesario para emprender una larga exploración.

Salí muy de mañana. Durante varios días caminé con gran esfuerzo entre rocas y nieve. Esto me hizo llegar a creer que la Tierra II era helada en su totalidad pero que, aun así, era habitable y podía llegar a ser muy útil a los hombres del mañana. Me entretenía pensando en las peripecias que tendrían que pasar las primeras familias que la colonizaran.

Un día el cielo despejó. Lo primero que vi fue un rayo de sol que al darme en los ojos me despertó. Me quedé extrañadísimo pues aquel sol era tan igual al nuestro, que por un momento creí estar en la Tierra. Después pude ver allá, a lo lejos, una mancha verde. Se encontraba en un valle. ¡Eso sí que era importante! Caminé, caminé, casi corrí; mi curiosidad era tremenda… ¡De modo que, efectivamente, este nuevo mundo también tenía vegetación! ¿Cómo serían aquellas plantas? Llegué cansadísimo. Al aproximarme vi que eran pinos. Me parecía imposible tanta similitud. Pero las sorpresas fueron aumentando a cada momento. Encontré una vereda que, indudablemente, había sido hecha por un ser inteligente. Más adelante un cultivo de trigo y un camino mayor… ¡Era ya evidente la existencia del hombre! No sabía qué pensar. ¿También ellos serían iguales a nosotros? Tal vez pacíficos… tal vez feroces… ¿Cómo reaccionarían ante mi presencia? ¿Cómo podrían creer que yo venía de un lugar tan lejano en el espacio? Decidí esconderme, no precipitarme, observar lentamente. Así, caminando de noche, distinguí de pronto una construcción. Subí a lo alto de un árbol y desde allí esperé la luz. Al amanecer pude observar que aquella construcción estaba hecha de piedra y que sus techos eran de paja. Pertenecía sin duda a una cultura atrasada. Más tarde vi aparecer en sus patios… ¡hombres! No tenían pelo pero ¡eran hombres! Vestían unas largas túnicas amarillas y caminaban lentamente, con las manos juntas, como en meditación. Ese ambiente sereno me infundió confianza. Decidí acercarme más para intentar escuchar su voz. Así lo hice. Sigilosamente fui deslizándome entre los árboles. Llegué hasta el viejo muro. Me preparaba a escalarlo cuando fui descubierto por un grupo que llegaba del exterior. Fui rodeado por varios hombres que estaban realmente sorprendidos, sin duda por mi indumentaria. Hablaban entre ellos en un melodioso idioma que yo no comprendía. Cortésmente me hicieron señas de pasar al interior. Ahí se reunió un grupo como de cincuenta. Yo estaba tan nervioso que ni aun ese lenguaje de señas podía entender. Al ver que sus esfuerzos eran inútiles, me subieron a una carreta jalada por bueyes, que me condujo pausadamente a un poblado. Este era pequeño y muy semejante a aquellos que aparecen en las estampas que nos muestran en la escuela cuando somos niños, para ilustrarnos acerca de cómo había sido la vida siglos atrás. Todo ello me confirmó la idea de que los habitantes de este planeta estaban culturalmente atrasados en relación con nosotros. Los hombres que me acompañaban en la carreta habían permanecido silenciosos la mayor parte del tiempo. Algunas veces, después de mirarme, sonreían dulcemente. La bondad que emanaban me inspiraba tranquilidad. Pensé que los años que pasaría entre ellos serían deliciosos y que aquí encontraría la paz que siempre desee. Nos detuvimos ante un carcomido portón… iY entonces ocurrió lo inusitado! El hombre que abrió era indudablemente de tipo europeo y vestía a la moda actual. Se dirigió a nosotros, cambió algunas palabras con el más viejo del grupo y después… ¡me habló en mi propia lengua!

Le interrogué atropelladamente:

-Dígame, ¿dónde estoy? ¿Por qué está usted aquí? ¿Quiénes son estos hombres?

Al ver mi excitación trató de calmarme, al mismo tiempo que me explicaba:

-Está usted en Imaloau, poblado occidental del Tíbet. Yo soy un europeo, como usted, y estos hombres son unos monjes budistas que lo han sorprendido tratando de introducirse clandestinamente a su monasterio.

No podía creer lo que oía.

-Entonces… ¿estoy en la Tierra?

-¡Claro que está usted en la Tierra! ¿Qué creía… que estaba en Marte?

Su tono era burlón. Seguramente me creyó loco. ¡Y muy cerca estaba de estarlo! Ya no podía comprender nada. Entonces… ¿Todo había sido en vano? ¿Todo había fracasado? ¿Inexplicablemente había vuelto a la Tierra? ¿Es que todo lo anterior había sido un sueño… o es que lo que actualmente pasaba lo era?

No dije, por miedo al ridículo, de dónde venía. Conté que era yo un alpinista extraviado y quise regresar inmediatamente a mi ciudad natal. Partí a la capital, la cual se encontraba a pocos kilómetros. Tuve una entrevista con el cónsul de mi país al que conté, ya más elaborada, «la fantasía del alpinista». Después de pasar por interminables trámites burocráticos, logré que me extendieran pasaporte y me facilitaran el dinero necesario para comprar un boleto de avión el cual, en pocas horas, me condujo al lugar en que todo había principiado.

Una vez allí me dirigí a pie a mi casa. Caminaba por aquellas calles tan familiares y, sin embargo, me sentía un extraño. Como un hombre resucitado. ¡Qué rara mezcla de sensaciones! La vergüenza del fracaso, la alegría del regreso, pero, sobre todo, el no poder comprender. ¡Diez años muertos!

Manuel Felguérez. Foto de Pascual Borzelli I.

Toqué el timbre. Me abrió mi madre. La observé ávidamente: sí, en su rostro se notaban las huellas de diez años más. Lloró de alegría al volverme a ver. Ni a ella quise decirle nada aún. Más tarde me encerré en mi cuarto; saqué del fondo de la mochila mi bitácora, la revisé en sus puntos clave. Todo estaba en orden. En ese momento yo debería encontrarme, indudablemente, en la Tierra II. Y sin embargo había vuelto. ¿En qué momento, sin darme cuenta, había emprendido el regreso?

Aquella noche no pude dormir; en mi mente revoloteaban números, ecuaciones, planetas, satélites, estrellas, constelaciones y galaxias, como en un caleidoscopio. Varias veces, instintivamente, en la oscuridad, mi mano se dirigía a los controles de la nave. Entonces me daba cuenta de que estaba otra vez en mi cuarto, en la misma cama en la que de adolescente soñaba con llegar a ser un piloto del espacio.

Ya amanecía cuando logré conciliar el sueño. Desperté tarde. Mi madre me llevó el desayuno a la cama, como era su costumbre, y después, a petición mía, me entregó un grueso paquete de la Revista internacional de astrología aeronáutica. Tomé el número más reciente. El artículo principal estaba escrito por el maestro Dimitri Miltsevitch, famoso desde su decisiva intervención en los estudios preparatorios a la conquista de la Tierra II. El artículo, resumiendo, decía lo siguiente:

«Las más recientes observaciones realizadas con el telescopio ‘Épsilon, 18’, el cual tiene una potencia mil veces mayor que sus antecesores inmediatos, nos ha permitido observar con todo detalle la Tierra II, dándonos datos que han dejado asombrados a los científicos. Se ha llegado a confirmar la existencia del hombre, de un hombre que habita continentes similares a los nuestros y que ha alcanzado un grado de adelanto científico exacto al nuestro. Aunque parezca increíble, su planeta tiene exactamente el mismo número de satélites artificiales que la Tierra. Esto viene a confirmar mi anterior teoría en la que afirmé que la existencia de la Tierra II solo era explicable por la ley de ‘a iguales causas, iguales efectos’. Por consiguiente, la absoluta identidad de circunstancias iniciales que se dieron en dos puntos tan lejanos del universo, fue lo que creó un sistema planetario similar, una tierra y un clima exactos, una flora y una fauna… ¡y aun el hombre! De tal manera que no sería temerario afirmar QUE CADA UNO DE NOSOTROS PODRÍA ENCONTRAR ALLÁ SU DOBLE».

Lo que acababa de leer me dejó anonadado. Dejé a un lado la revista y mi mirada vagó por el cuarto como si buscara en los objetos inanimados una explicación. De pronto unos grandes titulares rojos en el periódico de la mañana, llamaron mi atención:

«POR FIN SE ESTABLECE COMUNICACIÓN CON LA TIERRA II» y a continuación, con letras negras, un poco más pequeñas: 

«Extra. Extra. Hoy fue captado en la Tierra un mensaje de Paul Niendermicht, nuestro primer explorador mandado a la Tierra II, el cual transcribimos íntegro para congratulación de toda la humanidad:

«YO, PAUL NIENDERMICHT, COMUNICO CON PROFUNDA EMOCIÓN A MIS HERMANOS DE LA TIERRA QUE EL VIAJE FUE TODO UN ÉXITO. ME ENCUENTRO PERFECTAMENTE BIEN EN LA TIERRA II, LA CUAL COMO SE SUPONÍA, ES HABITABLE. SEGUIRÉ INFORMANDO.

MARZO 14 DEL AÑO 2181″.

Dejé el periódico. Los ojos se me humedecieron. Tocaron a la puerta.

-Soy yo, hijo, ábreme…

En ese preciso momento, en la Tierra, en mi casa, tras la puerta de mi cuarto, mi verdadera madre estaría diciendo exactamente lo mismo a su falso hijo quien, como yo, habría dejado caer el periódico y tendría los ojos húmedos de lágrimas.

* Dibujos del autor. Publicado originalmente en la Revista de la Universidad de México, 11 / CREACIÓN / julio, 1959.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_500_

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