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lunes, 6 febrero, 2023
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Tópicos cotidianos: el plagio y sus malquerientes

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Por: ALBERTO VÉLEZ RODRÍGUEZ • ROLANDO ALVARADO FLORES •

Es un tópico referir la aparición del intelectual a la intervención de Émile Zola en el caso Dreyfus. Como bien se sabe, en 1894 los servicios del Ministerio de Guerra francés interceptaron un manuscrito dirigido al agregado militar alemán en París. Contenía información confidencial acerca de la artillería francesa y se decide encontrar un culpable. Se compara la letra de la carta con la de altos oficiales del Estado Mayor y se determina, con evidencia menos que circunstancial, que el capitán Alfred Dreyfus es el culpable. Ya para el 15 de octubre de 1894 se le degrada y condena a prisión en la Isla del Diablo, frente a la Guyana Francesa. Para 1896, el coronel George Picquart, jefe del departamento de contraespionaje, ya tenía la certeza de la inocencia de Dreyfus, e incluso al culpable: el mayor Ferdinand Esterhazy. Por supuesto, en los asuntos donde se involucran los funcionarios gubernamentales suele ser así, no se le cree a Picquart y se le envía al norte de África, para que comparta sus indagaciones con la arena. Se le concede el indulto a Esterhazy en 1898, punto en el que entra en escena Émile Zola, jefe del movimiento “naturalista”. Publica en el periódico L´Aurore su “Yo acuso”, una carta al presidente de la tercera república, Félix Faure, donde le comenta que él no está dispuesto a ser cómplice en el suplicio de un hombre inocente, considera su deber decir la verdad, y ésta es muy sencilla: Dreyfus es inocente. Para eso ya muchos diarios no aceptaban los artículos de Zola relativos al tema, y sus escritos circulaban como folletos para dar a conocer su opinión. Se reabrió el caso y Dreyfus fue sujeto de nueva condena: diez años de trabajos forzados. Aceptó el indulto del presidente Émile Loubet en 1902. La declaración de inocencia llegó hasta 1906, a tiempo para que pudiera participar en la primera guerra mundial el lado francés. Hubo consecuencias del caso, modificaciones a leyes y nuevos procedimientos jurídicos. Incluso tumultos callejeros, mencionados por observadores americanos (véase: Frederick W. Whitridge “Zola, Dreyfus ad the French Republic” Political Science Quarterly, v. 13, #2, 1898, pp. 259-272). La causa se puede atribuir, para bien o mal, a dos cosas: a la acción del escritor, quien deja los misterios de la literatura para emitir su opinión en un tema político, y a la aparición de una esfera pública de discusión de los asuntos del Estado. Por ende, los intelectuales se definen dentro de esa esfera como formadores de la opinión de los ciudadanos en temas de interés general. Más aún, dentro de esa esfera se deciden cambios en la estructura de las leyes, por tanto configura un elemento que complementa los poderes estatales. Así que se puede esperar que cuando un intelectual emite su opinión en el espacio público habrá consecuencias virtuosas, al menos en algunos casos. Comenta Hugo Aboites: “Es sólo un plagio escolar y, sin embargo, está propiciando fuertes tensiones en las alturas del poder en México” (“El plagio”, La Jornada, 21/01/23). Claro, la Dra. Yasmín Esquivel Mossa aspiraba a presidir la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y una denuncia por plagio de parte de un conocido intelectual (Dr. Guillermo Sheridan) lo impidió. Más aún, según Aboites: “cuestiona la ruta actual de la educación”. ¿Por qué? Según este autor el neoliberalismo promovió la “cultura de la inmediatez del éxito” e inhibió la lectura de libros y deseducó a generaciones de mexicanos. El problema con el punto de vista de Aboites es doble. Prefiere culpar al villano favorito (el neoliberalismo) y sostener la idea de que el auténtico proyecto educativo pasa por abandonar las evaluaciones y “crear más escuelas y universidades, contratar a más maestros permanentes, generar apoyos, bibliotecas, asesoría y abrir espacios de creatividad”. Primero, es poco claro cómo la educación neoliberal, cuyo proyecto inicia a principios de los 1980, afectó a la magistrada plagiaria, inscrita en la Facultad de Derecho de la UNAM, cuando el neoliberalismo no era todavía moneda corriente en los ámbitos académicos. Segundo, la generosidad hacia los docentes manifestada durante los 1970 no se vio retribuida con productividad académica inusitada; al contrario, la masificación de la educación durante aquellos años exigió contrataciones de personal poco calificado, pero bien remunerado. El auténtico problema en el caso Esquivel es distinto y concomitante al del neoliberalismo. La lógica de la competencia, instaurada mediante incentivos monetarios, se superpone a toda una estructura de medios para que los estudiantes tengan una tesis, sin molestarse en escribirla. El secretario general de la Asociación de Universidades e Instituciones de Educación Superior considera que los casos de plagio no son comunes (“Plantean rectores reforzar mecanismos contra plago”, Reforma, 19/01/23), por ende, docentes con las capacidades de Martha Rodríguez (descritas “El modus operandi de copia de tesis de la profesora que asesoró a Yasmín Esquivel”, El País, 25/12/23) son raros. Más aún, los plagios y otros procedimientos de la “economía de la estafa académica” casi no se conocen en la esfera pública. Pero esto no implica que no existan, más bien, señala que no se ha investigado la situación y el cuerpo del delito yace en los archivos muertos. A la espera de ser quemado.

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