Historia de dos crímenes

Historia de dos crímenes

Ni Rubí ni Hugo Alberto son ya protagonistas de las historias criminales que los involucraron Son sus madres quienes con sus acciones terminaron por intitular sus casos. Marisela Escobedo e Isabel Miranda de Wallace.

La primera está hoy en la memoria de la gente gracias a un documental difundido en Netflix que hace un recuento de su lucha por darle castigo al feminicida de su hija. Isabel Miranda nunca se ha ido porque luego del supuesto secuestro de su hijo tuvo un papel estelar en el caso, y porque se convirtió en una asesora informal de la procuración de justicia y seguridad.

En el país de la impunidad sus historias conmovieron a muchos e hicieron sentirse identificados a otros. Madres luchando porque se hiciera justicia, investigando rastros que la policía pasaba por alto, y peregrinando en calles e instituciones, son un espejo vergonzoso y doloroso donde muchos pueden verse.

Pero hay una diferencia monumental entre Marisela, e Isabel. La primera confió hasta el final en las instituciones y en la legalidad, la segunda las torció hasta que sus acciones cupieron en ellas.

Una vez que Rubí, la hija adolescente de Marisela Escobedo, desapareció, su madre denunció el hecho ante las autoridades, repartió volantes, y cuando tuvo información que apuntaban a que había sido asesinada por su pareja, convenció a un testigo de brindar su declaración ante el ministerio público.

De la misma manera, cuando el asesino huyó, lo buscó hasta encontrarlo en estas tierras, pero no lo agredió, ni llamó a hacerlo; al contrario, dio aviso a las autoridades y a pesar de encontrarse en otro estado, se aseguró que fuera arrestado y trasladado hasta Chihuahua.

Marisela presenció el juicio oral en el que el asesino resultó exonerado gracias a que las propias condiciones del crimen hicieron difícil reunir información pericial, y a que fue descartada la cuasiconfesión del asesino que incluso había pedido perdón durante el juicio.

Luego, con asombrosa fe en la legalidad, Marisela peleó hasta conseguir que se modificara la exoneración, y volvió a buscarlo hasta tierras zacatecanas, siempre esperando infructuosamente a que la autoridad lo arrestara y las instituciones hicieran justicia. Nada de eso sucedió.

El funesto resultado es de todos conocido, Marisela fue asesinada afuera del palacio de Gobierno de Chihuahua sin que el asesino de su hija recibiera castigo. El crimen del que es víctima directa también permanece impune.

Si a alguien sirviera de consuelo, el asesino de Rubí murió en actividades delictivas en las que se involucró. Y el gobernador que despachaba cuando la asesinaron hoy enfrenta la ley.

En la antítesis de este caso, Isabel Miranda de Wallace sin pudor reconoció públicamente la de veces que se brincó protocolos y autoridades legales para dar con quienes ella acusa de ser los secuestradores y asesinos de su hijo.

A diferencia de Marisela no encontró las puertas institucionales cerradas, sino abiertas de par en par para que ella, de acuerdo al testimonio de los acusados, personalmente los interrogara.

Al contrario del caso Rubí, el del hijo de Isabel Miranda de Wallace se desarrolló en un sistema de justicia en el que las declaraciones tienen mucho más peso, lo que ha permitido que los imputados permanezcan en prisión pese a que se han caído las pruebas periciales, algunas de las cuales fueron recogidas meses después de que supuestamente ocurriera el asesinato de Hugo Alberto.

Al contrario de Marisela, la señora Miranda optó por la legalidad a medias, a su manera. A ello sumó sus relaciones públicas, su dinero, y luego su poder político, capaz de sentarla en la misma mesa que procuradores y funcionarios de seguridad.

Todo ello fue suficiente para hacerla candidata a jefa de gobierno de la ciudad más grande del país por el Partido Acción Nacional.

Pero ni la fuerza política de arriba hacia abajo en un caso, ni de abajo hacia arriba en el otro, ni la presión mediática que ambas construyeron a su manera, ni uno ni otro sistema de justicia ha dejado satisfecho el anhelo de justicia.

El asesino de Rubí murió sin pagar ese crimen, el de Marisela permanece libre (al menos por ese delito) y en el caso Miranda de Wallace ya la ONU llama a liberar a una de las imputadas.

Poderes fácticos han logrado más que todo ello, y han mostrado su prevalencia por encima de lo antes enumerado.

Si no se acaba con ellos, no importará que se cambien los sistemas de justicia o que s ereformen las leyes, eguirán contándose por miles los crímenes sin castigo.

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