La ciencia del conformismo

La ciencia del conformismo

■ Zona de Naufragios

Muchos años atrás –más de los que uno se puede admitir en voz alta– mi padre me dijo que en la vida se debe aspirar a la conformidad y no al conformismo. Mi razonamiento bisoño no captó enteramente esa sutileza que, entonces, me sonaba a sofisma engañabobos. La idea sin embargo, aunque incomprendida pero como cualquier otra que merece la pena, asentó sus reales en mi inconsciente hasta que la experiencia o la sapiencia o lo que sea que los años dan, la fue haciendo más asequible a mi razonamiento: vivir satisfecho pero nunca bajar los brazos ni dejar de luchar. Por ahí.

El tema viene a cuento dada la no tan reciente tendencia a considerar aspectos suaves en la ciencia del bienestar, tales como la satisfacción con la vida o la mentada felicidad. Es cada vez más aceptado el hecho de que, a contrapelo del  supuesto reinante por décadas, el bienestar subjetivo no está determinado –o limitado– por el ingreso. El supuesto es muy simple: el individuo es quien, a final de cuentas, es el mejor evaluador de su situación personal por lo que cualquier medición relacionada con el tema debe considerar tales aspectos personales y no centrarse exclusivamente en criterios societales. La satisfacción con la vida que los individuos reportan apunta a una evaluación mesurada y razonada de la situación individual en base a experiencias pasadas; la felicidad, por su parte, siempre refiere a una evaluación hecha en el momento, cuyos componentes fundamentales están dictados por factores más emocionales (e incluso el humor del momento). Estas dos posiciones refieren situaciones ambiguas: la primera refleja una postura más del tipo de florecimiento humano (disfrute de una vida plena), mientras que la segunda refleja la postura hedónica (disfrute actual, de corto plazo). Kahneman apunta que la evaluación del disfrute pasado puede estar sesgada por factores psicológicos, por lo que la información más valiosa se desprendería de la evaluación actual. En contraposición, Helliwell sugiere que la evaluación debe centrarse sobre aspectos pasados sobre los que el individuo puede hacer una evaluación más mesurada.

La investigación continua en estos temas (Layard, Helliwell y Sachs, Kahneman y Deaton, Stutzer y Frey, Bartolini, Bruni y Porta, Veenhoven, entre otros) ha arrojado algunas luces sobre aquellos temas que tienen mayor o menor incidencia en el bienestar subjetivo, con lo que sabemos que, por ejemplo, ni el dinero garantiza la felicidad (en el  largo plazo) y que temas como la confianza y las relaciones interpersonales son determinantes en cuan satisfecho un ser humano puede estar con su vida.  Son aportes importantes que sin embargo no dejan de tener sus cuitas. ¿Debemos acaso suponer que aquel individuo pobre, oprimido, pero que reporta ser feliz (merced a algún tipo de condicionamiento social o cultural, autoasumido o impuesto) lo es en efecto? ¿O que esa felicidad es más o menos inmutable o, peor aún, que puede ser socialmente diseñada?

La evidencia desprendida de las investigaciones que se han hecho apunta esencialmente que determinantes de ese bienestar subjetivo son muy consistentes en todas las evaluaciones: relaciones sentimentales duraderas, empleo, vivir en un medio ambiente sano (seguridad, confianza interpersonal).

Hemos referido anteriormente que existen hipótesis al respecto de los porqués de la variación en estados de satisfacción/felicidad. Uno es la predisposición genética que uno puede tener y que, combinada con la propia capacidad de adaptación, cualquier variación en el estado de cosas hace que el individuo ajuste (hacia arriba o hacia abajo) pero eventualmente retorne a su nivel básico de felicidad. Uno más apunta hacia las comparaciones sociales, por lo que la posición relativa del individuo (con relación a su grupo de referencia) es tan o más importante que su posición absoluta, lo que haría, por ejemplo que un incremento económico que beneficiara a toda la sociedad no impactara los niveles de felicidad general.

En el caso de México, las cifras son altas tanto en el caso de satisfacción con la vida como la felicidad reportada. Desde 1980 la población reporta consistentemente estar satisfecha (o muy) con su vida: 8 puntos (escala 10 Muy; 0 Nada); lo mismo ocurre con  la felicidad: en general la gente dice ser algo o muy feliz, 7 (Veenhoven, World Database of Happiness).

Pero como en el ejemplo referido, ¿debemos acaso debemos acaso suponer que el estándar de vida en México es alto o consistente dadas las circunstancias actuales? Veamos el panorama: pobreza extendida (6 de cada 10 no pueden satisfacer necesidades básicas), desigualdad aberrante (el 10% de los más ricos concentran 2 tercios de la riqueza), salarios de hambre (al mismo nivel de 1992), inseguridad al alza (homicidios y secuestros), corrupción extendida (14% del ingreso de los hogares se va por ese drenaje), impunidad (9 de cada 10 delitos quedan sin sanción), bajísima confianza ciudadana (7 de cada 10 no confían en otros) e institucional. ¿Podemos decir pues, con absoluta certeza, que estamos satisfechos con nuestras vidas? ¿Así somos felices?

Imaginemos si el estado de cosas fuese ligeramente mejor en cada uno de los rubros referidos. Imaginar otro mundo es posible. Entender y discernir, pues, el conformismo de la conformidad. ■

 

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