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miércoles, 28 septiembre, 2022
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El gran inhibidor

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Por: Rodrigo Reyes •

Decía Jorge Ibargüengoitia, en voz de unos de sus personajes, que mucha gente confunde lo grandioso con lo grandote. Algunas personas dicen que esta frase, en realidad, la acuñó el uruguayo Eduardo Galeano con la variación “confundimos la grandeza con lo grandote”. Ambos, desgraciadamente, ya fallecieron. A Ibargüengoitia la muerte le llegó cuando una avioneta se desplomó, a Galeano el cáncer le acabó los pulmones. Por eso no sabremos a quien atribuirle realmente la frase, pero si podemos hablar de su significado y de su importancia en el contexto actual.

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La semana pasada en Jalisco, Guanajuato, Chihuahua, y Baja California, grupos criminales desataron el terror social al realizar bloqueos, incendiar establecimientos comerciales y unidades de transportes, y el caso más mezquino, asesinar civiles que nada tenían que ver con los motivos que los hayan impulsado a realizar estas acciones.

Es un terreno común escuchar que el problema que más preocupa a las y los mexicanos es la inseguridad. Desde 2008 en México se han incrementado considerablemente los observatorios en la materia, así como las y los expertos en temas de seguridad. No es casualidad, nuestro país se ha convertido en un laboratorio social perfecto para estudiar este tema: desde la evolución de los grupos criminales, hasta las respuestas que la autoridad plantea frente a esta problemática. 

La violencia que se ha infiltrado como un germen en nuestras vidas nos orilla a pensar y reflexionar sobre este problema. Es normal, no hay persona que no sepa o que no intuya el peligro de vivir en una sociedad con altos niveles de criminalidad. No existe nadie qué hay sido víctima de un delito -directa o indirectamente- que recupere por completo la tranquilidad.

El resultado de esta dinámica es tan claro como predecible. El asunto de la inseguridad es tan prominente, que la sociedad ha relegado la discusión de otros temas que deberían se igualmente importantes. 

En Zacatecas, por ejemplo, la violencia que se desató desde finales de 2016, es todavía hoy el tema de temas en el estado. Aunque los resultados de la actual administración en la materia son positivos, lo cierto es que la prevalencia de la violencia en el estado –cuyo origen es añejo– ha sido el factor que en gran medida ha guiado la percepción ciudadana respecto a la efectividad de la gestión gubernamental. Pero no solo eso, la violencia ha sido también el gran inhibidor de la oposición y de la sociedad misma. 

El Congreso del estado, al menos las bancadas de oposición, no han hablado de temas que son trascendentales para la vida cotidiana: la reforma al ISSSTEZAC; el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo; el establecimiento de la equidad de género en las dependencias estatales; y un largo etcétera que ha sido relegado por el tema de la inseguridad.

A tal grado es así que el tiempo que las bancadas opositoras no han utilizado en criticar los resultados de seguridad, lo han destinado a pedir el regreso de las herramientas legislativas.

Aclaró: bajo ningún escenario se puede minimizar la importancia de la seguridad para la vida diaria de las personas, pero lo que tampoco se puede hacer es politizar el tema hasta el punto en que este sea el único insumo para la discusión de la agenda pública. Menos aún cuando es utilizado, no para transitar hacia la pacificación, sino como un camino fácil y redituable para querer ganar adeptos y poder hacerse de poder o de influencia.

En otras palabras, en el tema de la seguridad, y en el de toda la discusión pública, parece que en México en repetidas ocasiones se confunde lo grandioso con lo grandote: se generan posiciones sobre lo que pasó la semana pasada, se critica al presidente y a la Guardia Nacional, pero no se habla de la urgencia de legislar para tener mejores policías municipales y estatales. El gobierno, a su vez, acusa a la oposición sobre utilizar el tema, pero la federación es incapaz de aceptar que la estrategia se tiene que recalibrar.

La violencia es, entonces, un gran inhibidor. Inhibe el pleno desarrollo de las personas; inhibe la generación de un debate público realmente orientado a lograr los grandes cambios que necesitamos; inhibe la autocrítica desde el poder tan necesaria para poder corregir el rumbo en la estrategia; inhibe la objetividad, la paz, y la sana convivencia social; inhibe las ideas; lo inhibe casi todo.

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