Domingo, nueve de la mañana, y el sol cae a plomo sobre el Centro Histórico de Zacatecas. Sobre el adoquín comienza a retumbar el paso acompasado de los batallones. Uno, dos. Uno, dos. Las botas golpean la piedra mientras los primeros contingentes avanzan. Al frente, los moros; después aparecen los cristianos, los llamados popularmente “barbones”, por la vestimenta que los distingue.
Es apenas el comienzo. Durante más de una hora y media, el calor se convierte en una prueba para quienes participan. El cansancio comienza a hacerse visible. Algunos presentan mareos, otros están cerca del desmayo. El cuerpo resiente las horas de marcha, pero el desfile continúa.
Poco a poco, las nubes comienzan a cargar el cielo. La amenaza de lluvia aparece sobre una ciudad que conoce bien ese anuncio: la llegada de las lluvias a Zacatecas.
Hay algo difícil de explicar para quien observa por primera vez esta escena: no se trata solamente de un desfile, sino de generaciones caminando juntas.
Las Morismas de Bracho tienen 202 años de representarse. La primera representación se remonta a 1824. Hay familias que llevan hasta cinco generaciones participando. Hay niños de apenas unos días de nacidos y personas de más de 85 años. Algunos continúan llevando una imagen, una pieza de vestimenta o algún objeto que perteneció a sus padres, a sus abuelos o a quienes estuvieron antes que ellos.
En una época en la que todo parece condenado a la inmediatez, aquí hay objetos que sobreviven a sus dueños. La memoria no está almacenada en una nube digital, sino en las manos, en las familias y en la calle.
Y quizá ahí comienza a entenderse lo que las Morismas de Bracho representan para Zacatecas. Porque mientras Zacatecas vive una realidad cruenta, marcada por la violencia, el empobrecimiento, el desencuentro y una creciente sensación de desgaste institucional, durante estos días ocurre algo extraordinario: miles de personas vuelven a encontrarse.
Más de 60 mil participantes y espectadores llegan a reunirse alrededor de esta tradición, y nadie necesita explicarles por qué está ahí. No hay campaña publicitaria capaz de convocar lo que consigue la memoria. No hay discurso capaz de fabricar lo que una familia transmite durante cinco generaciones.
Las Morismas de Bracho pertenecen a quienes las viven. Y quizá por eso, a lo largo de los años, cualquier intento de capitalizarlas políticamente ha terminado encontrando un límite difícil de franquear: esta tradición no tiene un dueño.
La organización de las Morismas de Bracho tiene una particularidad que resulta difícil de encontrar en estos tiempos: el reconocimiento se construye dentro de la propia comunidad. Los sargentos que asumen responsabilidades son distinguidos por sus años de participación, su entusiasmo y el compromiso demostrado con la tradición. Es una forma de organización que se sostiene en la experiencia, en la confianza y en el reconocimiento de quienes han caminado durante años junto a los demás.
Resulta majestuoso observar cómo una organización surgida de la propia comunidad es capaz de conducir a miles de personas durante horas, con sus propios códigos, sus responsabilidades y sus formas de reconocimiento. El poder puede acercarse, puede acompañar e incluso intentar convertir la tradición en fotografía o discurso, pero las Morismas de Bracho continúan. Estaban antes y seguirán después.
A las 11 y media de la mañana, las campanas de la Catedral repican. El sonido se mezcla con el paso de los contingentes. Entre los cristianos, cuatro hombres cargan sobre sus hombros una imagen de San Juan Bautista de poco más de un metro de altura.
La escena dura apenas unos instantes, pero parece condensar buena parte de lo que está sucediendo: cuatro hombres sosteniendo una imagen mientras alrededor de ellos avanza una multitud. Las campanas, las botas, las voces y el movimiento convierten al Centro Histórico en una enorme caja de resonancia.
Y entonces aparece otra imagen de nuestro tiempo. Entre los participantes, cada vez son más los teléfonos levantados. Muchos transmiten en vivo. La tradición que comenzó en 1824 ahora viaja por las pantallas en tiempo real.
Las Morismas de Bracho no parecen enfrentarse a la modernidad; la incorporan. Es quizá una de sus mayores lecciones: conservar una tradición no significa necesariamente vivir en el pasado. Significa encontrar la manera de llevarla al presente sin perder aquello que le da sentido.
Y entonces llega la lluvia. A las cinco en punto, como si también formara parte de la escena, el cielo finalmente se abre y una tormenta cae sobre los participantes. Después del sol a plomo de la mañana, llega el agua, pero nadie se mueve. La representación continúa.
Entre el cerro de Bracho y el cerro de La Bufa, que parece observar a la distancia, la escena adquiere una dimensión distinta. Por un momento, parece que Zacatecas estuviera suspendido entre dos tiempos: el de aquella primera representación de 1824 y el de este agosto de 2026, dos siglos separados por una fecha, pero unidos por una multitud.
Quizá por eso las Morismas de Bracho son mucho más que una tradición. Son una forma de memoria colectiva, una manera de decir que todavía existe algo capaz de colocarnos juntos en un mismo espacio, aun cuando afuera todo parezca empujarnos en dirección contraria.
Porque Zacatecas hoy tiene problemas que no desaparecen cuando comienzan las Morismas. La violencia sigue ahí. El empobrecimiento sigue ahí. El desencuentro político y social sigue ahí. Las deficiencias de los gobiernos municipal y estatal siguen ahí.
Pero durante estos días ocurre algo que tampoco puede ignorarse. Más de 60 mil personas se encuentran, se reconocen, participan, observan, transmiten, caminan y recuerdan.
Tal vez las sociedades no sobreviven solamente por sus instituciones. Tal vez también sobreviven por aquello que recuerdan juntas.
En tiempos en que todo parece diseñado para durar apenas unas horas, las Morismas de Bracho llevan 202 años haciendo exactamente lo contrario: recordar.
Y quizá ahí esté una parte del ADN zacatecano que todavía permanece por encima de su propia realidad.
Porque hay momentos en que un pueblo se parece más a su memoria que a su presente.
Y mientras el mundo cambia, mientras la violencia intenta imponerse sobre la vida cotidiana y mientras la política continúa buscando respuestas que muchas veces no encuentra, miles de zacatecanos siguen haciendo algo aparentemente sencillo, pero cada vez más extraordinario: siguen encontrándose.



