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jueves, 29 febrero, 2024
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Llama a la puerta, la muerte

■ Para Juan Pablo García in memoriam.

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Por: ÓSCAR GARDUÑO NÁJERA •

Con una voz tranquila y pausada te sorprende la llamada telefónica temprano en medio del frío que ya deja las primeras amenazas, las primeras huellas y soplos de lo que será el próximo invierno, y la trabajadora social te pide un momento en ese momento tuyo de tu vida para indicarte que te va a comunicar con la doctora que atiende desde la noche anterior a un querido amigo, y sientes que se te va el aire, la respiración, que el mundo se cierra sobre ti como si tanto cielo se te pudiese caer encima ahí, de pie, en medio de la gente y de oficinistas que a esas horas acuden ya a las prisas al trabajo mientras algunos miran su reloj de pulseras y el híjole ya voy tarde seguro que no se hace esperar, pero piensas que a ese tránsito de peatones productivos les hace falta ese amigo tuyo que ahora, ya te enteraste luego de hablar con la doctora, se encuentra en una cama de un hospital del IMSS y en un estado grave, pongamos que en ese momento se debate ya entre la vida y la muerte, que su vida pende del mismo hilo al que yo me trepo para hacerle al malabarista e intentar llegar a la antesala de las urgencias del hospital y solicitar primero hablar con la trabajadora social y luego con la doctora, quien al entrar a un cerradísimo cubículo me pide que tome asiento, me pregunta qué soy del paciente, y me empieza a explicar el peor cuadro clínico antes de que sea el medio día, y se va a tratar de hacer todo lo posible, pero su amigo se encuentra en muy, muy malas condiciones y le siguen descripciones médicas de lo que en esos momentos le está fallando dentro de su estómago, del maldito colapso que ya trae en las entrañas lo mismo que un periférico atestado de un tránsito inmune, ¿quiere pasar a verlo?, concluye la doctora antes de asegurarme que harán todo lo posible, y cuando muevo la cabeza para decir que sí, me indicar dónde se encuentra la camilla, doy unos cuantos pasos, me aventuro a la certeza estúpida que deja ese terrible olor a muerte. 

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Cuando llego frente a su cuerpo lo abrazo con fuerza, intento pegar su cabeza contra mi pecho, pero no puedo, es inútil, es como si algo lo sujetara a esa maldita cama que sabrá la suerte a cuántas enfermos no ha recibido con los brazos y la temeridad abiertas; y entonces me trago los silencios y le ruego, le suplico que se recupere, que la vida aún nos debe muchas oportunidades (que se las debe a él), que a fin de cuentas es demasiado joven para morir (apenas 40 años), y paso mi temblorosa mano, porque todo mi cuerpo tiembla en esos momentos, por su cabello, lo peino, le acaricio la frente, y ni siquiera sé por qué carajos lo hago, e inmediatamente lloro y es como si con cada lágrima pudiese elaborar una extraña pócima que fuese capaz de regresarle un poquito de esa vida que se empeña en alejarse y en alejarse en esos momentos de esa sala donde tanto a su lado izquierdo como a su lado derecho se encuentran otros dos enfermos únicamente separados por viejas cortinas lo mismo que si se tratase de escenarios de distintos teatros, de distintas obras, de distintas historias que lo mismo se unen a través de enfermedades y de destinos entrecortados, porque una vez que entras a la sala de emergencias de cualquier hospital, sea público o privado, es lo que encuentras: destino que se entrecortan, destino que alguien toma de sus hilos y los arranca de tajo para hacer con ellos lo que les venga en gana y luego arrumbarlos lo mismo que si se tratase de muñecos, porque eso y no otra cosa somos para la vida: muñecos con los que se entretiene, con los que se divierte. 

Ha pasado una media hora y estoy en las sillas metálicas entre enfermos que esperan a ser atendidos, que se comunican por el celular e informan de su situación a familiares y es que ya es que ya mero paso, mamá, o me duele mucho desde ayer y te dije que iba a venir a emergencias, intento leer el libro en turno y no puedo, no me concentro, me distraigo caminando de un día para otro, observo a los enfermos, parece que es el mismo semblante multiplicado, los mismos gestos dolorosos, el mismo apeste a medicamentos, a falta de salud, a falta de vida, y en eso gritan los apellidos del enfermo y llaman al familiar y me acerco a la puerta donde ya me espera la señora de baja estatura y bata azul, con coleta que amarra un cabello oscuro lacio maltratado, y me dice que pase y ya me espera del otro lado la doctora para indicarme que tú te estás muriendo, que ya casi eres parte de un objeto inanimado que espera ser parte de las decisiones de los demás, y tan solo queda una mínima esperanza, una brizna de esa enorme fogata que al inicio es la vida para que te pierdas y ahora sí fallezcas y ya no quede de ti sino la memoria de tu nombre y cada uno de los recuerdos que tú te encargaste de sembrar. 

La doctora lo dice con la precisión de una cirugía bien hecha: acabas de fallecer, te has ido, querido amigo, pasaste a ser otro tiempo, otro nombre, una esencia más que tan solo apesta a olvido y del que pronto se van a olvidar de ti por más que juren que no van a hacerlo, y ahí estoy ahora nuevamente a tu lado, pero tú ya ni siquiera estás, te has ido, has quedado ya inerte, eres ahora un tambor hueco que suena desde las catacumbas de la muerte y ya sin respiración pongo mi mano nuevamente sobre tu frente y está tan fría como el oscuro invierno que ya se aproxima entre nosotros y que va a acentuar tu partida, tu último adiós. 

Estamos en los crematorios del IMSS y nos indican los costos de la muerte, de tu muerte, lo tanto que vale en dinero el humo que va a producir tu cremación cuando te metan a una caja metálica y alguien encienda lumbre y ardas lo mismo que puede arder la leña de un leñador solitario en alguna montaña donde imagino que tú y yo compartimos café. La persona que nos atiende, un hombre obeso peinado a lo ridículo Travolta, nos da cifras, suma, hace llamadas telefónicas, pone el altavoz, porque es su manera de darle, según sus parámetros éticos, claridad a la llamada, nos indica que todo está listo, que el día de mañana, más bien al rato, porque son casi la una de la mañana, se procederá a tu cremación para que entreguen las cenizas, tus cenizas, a tu madre, quien no se encuentra en estos momentos con nosotros porque, cansada como estaba de acumular tanta pena y desdicha, se fue a descansar un rato antes de proseguir con su calvario, con la pena que le significa perder a uno de sus dos hijos, el mayor. 

Al fin te has ido, querido amigo, tu muerte ya es una presencia constante que camina a nuestro lado, que nos da los buenos días, que nos muestra una que otra fotografía tuya y nos dice que pese a los recuerdos y las tercas memorias no habrás de volver porque ya descansas, ya no más dolores estomacales, ya no más cansancio al caminar, ya no más no probar alimentos, ya no más vida, amigo querido, solo te queda la muerte que llama a tu puerta, la muerte que ahora te pone su tan conocido disfraz y se desdibuja en todos los sitios que pisaste para irte robando poco a poco de ellos. 

Y tu mamá llora, y tu hermano llora, y también me ha dicho que va a insistir en platicar contigo, que te va a hacer preguntas y que te va a insistir en que le contestes, y yo solo le he dicho que sí, hazlo, por favor, hazlo, y recuerda que en ocasiones la vida nos viene de los muertos, ¿verdad que sí, amigo?, y entonces me doy la vuelta, regreso a casa, me siento a escribir, ni siquiera tengo ganas de hacerlo, porque todo es un cielo poblado de luto y de tristeza, porque te voy a extrañar lo mismo que tus risas y tus palabras, tus palabras luego de ver una película, tus acertados comentarios luego de escuchar algún capítulo de mi nueva novela, y la forma en que arrancamos la narrativa entre los dos en una taquería, entre tacos al pastor y cervezas Victorias, en fin, amigo, que te sirva muy bien la muerte y ve con ella y atiéndela como debe ser y disfruta de esta ausencia que ahora nos dejas, ya vendrá nuestro turno y claro que no, no nos volveremos a ver, pero al menos seremos parte de esa misma tristeza, andaremos del brazo de esa misma muerte y entonces, tal vez, entenderemos el significado de los que nos han dejado hundidos en una tristeza casi infinita, nos vemos la próxima semana, [email protected].     

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