Estado, obediencia y emergencia sanitaria: la tentación del gorila

Estado, obediencia y emergencia sanitaria: la tentación del gorila

El Estado se juega su existencia en la obediencia. Un Estado que no consigue la obediencia, simplemente deja de existir en cuanto tal. Si los ciudadanos dejan de pagar impuestos, los niños a ir a la escuela, la burocracia o administración pública de seguir los lineamientos del gobierno, los bancos privados de reconocer la moneda emitida por el banco central y los ciudadanos en general de seguir las leyes que aseguran la convivencia, pues deja de haber un entramando institucional que funciona por las reglas vinculantes en este territorio; es decir, deja de haber Estado. Por la obediencia es que tiene en sus manos varias funciones en monopolio: sólo el Estado hace leyes, nadie más puede hacerlo; únicamente él puede cobrar impuestos; y también tiene el monopolio de hacerse obedecer por la fuerza: si alguien viola una ley (desobedece) se le asigna una pena.

Pues bien, la obediencia es efecto no de la mera fuerza bruta de las armas. Si esto fuera así, no tendríamos en sentido estricto un Estado normal, sino un Estado de Excepción. Y de hecho es materialmente imposible que funcione con la pura fuerza. Así las cosas, la obediencia depende del ingrediente más importante y esencial: la legitimidad. El consentimiento por parte de los ciudadanos de las reglas que hay que obedecer. Y en los regímenes democráticos se parte de un supuesto: los ciudadanos al obedecer (de alguna manera) se obedecen a sí mismos, porque aquellos que hicieron las leyes o toman las decisiones de gobierno son elegidos justamente por aquellos que toca obedecer. O de otra manera: los que toman las decisiones lo hacen atendiendo el beneficio o los interese de toda la población. Son personas singulares, pero deciden (teóricamente) de acuerdo a la voluntad general.

Ahora bien, el Estado tiene muchas formas de hacerse obedecer. El manejo directo del entramado institucional es una de las formas más efectivas: ordenan a los directivos de las escuelas que suspendan clase y ya, se acata. No tiene que ir la Guardia Nacional a cerrar cada establecimiento educativo. Si el Estado tiene legitimidad, la propia sociedad presionará para que se acaten las instrucciones. Cuando el Estado pasa a reprimir directamente a la sociedad para hacerse obedecer, significa que el tejido institucional y el consentimiento de la sociedad han dejado de ser parte de su poder: el Estado que reprime no tiene poder legítimo y, claro está, ya no es democrático. La obediencia por la vía de la nuda fuerza es un Estado de excepción. Es lo peor que puede ocurrir. Cuando alguien no obedece aun cuando la instrucción es reconocida como benéfica, no es necesariamente por negligencia. Se puede deber a otra necesidad también legítima, como buscar qué comer. Y en este caso, el Estado tiene la obligación de atender las causas de la desobediencia, no sólo reprimir la orden. La democracia tiene la obligación de ser inteligente y razonable: explicar y atender las causas de la desobediencia; y con ello, lograr el consenso social. Las derechas trogloditas no quieren gobiernos razonables: quieren gorilas con mando.

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