Regresar a Twain

Regresar a Twain
Mark Twain. Frontispicio The Galery (c. 1870). Biblioteca del Congreso

La Gualdra 408 / Libros / Op. Cit.

 

 

Los libros son los espíritus liberados de los hombres, y se

les debería conceder un cielo de luz y gracia, y un confort

lleno de armonía […].

Mark Twain

 

Narran que Mark Twain, al igual que Faulkner, Hemingway, Carver y tantos otros escritores norteamericanos, era una persona adicta al alcohol.

Lo suyo era una inquebrantable entrega a sus apuestas. La bebida, es cierto, pero también el hecho literario: publicar, promover, divulgar y especialmente escribir.

En su haber, diríase también en su descarga a esa debilidad ante el torrente de los goces mundanos, legó al mundo una obra narrativa de indiscutible excelencia.

Inserto mayormente en el canon de la literatura infantil y juvenil, su oficio se distingue en al menos dos títulos imprescindibles, visitados una y otra vez por el lector a lo largo de los años.

Quien tenga un récord básico de lecturas no dejará fuera de su listado Las aventuras de Tom Sawyer ni Las aventuras de Huckleberry Finn, libros que su autor pergeñó durante años y que a casi siglo medio de su aparición, se encuentran en las más diversas versiones en los mercados libreros de todo el mundo.

Si de alguien un poquitín más avezado hablamos, ese mismo lector habrá regresado una o más ocasiones a lo que la crítica especializada definió como “una odisea disparatada, juvenil e imposible”, el viaje de unos jovencitos “en una frágil balsa por el caudaloso río Misisipi”.

La “gran novela norteamericana”, Huckleberry Finn, no exenta de detracciones en definidos tiempos, y que Twain (Samuel Langhorne Clemens, 1835-1910) escribió durante unos siete años, en la década de los ochenta del siglo antepasado.

 

Mirada retrospectiva

Quizá exageraba (una personalidad cambiante la suya, como la del mismo Twain) cuando Ernest Hemingway sentenció: “Toda la literatura norteamericana moderna arranca con un libro de Mark Twain llamado Huckleberry Finn. De ahí procede toda la literatura norteamericana. No hubo nada antes ni ha habido nada bueno desde entonces”.

O no, puesto que la novela representa un dentro y un afuera, mundo cerrado y abierto, la búsqueda de las respuestas a las mayores preguntas desde lo inmediato y pequeño. “Una mirada retrospectiva a la república desde la perspectiva del Oeste”, sostuvo el otro gran novelista F. Scott Fitzgerald.

A quien desee (re) encontrarse con esta novela, aunque también con su entorno universal, bien le haría hacerse de la nueva edición anotada, con introducción, notas y bibliografía de Michael Patrick Hearn y las ilustraciones originales de Kemble, que la editorial Akal recién lanzó en el mercado hispanoamericano.

Se trata de una obra panorámica que al tiempo que recupera el texto original de Huckleberry Finn, devela al lector cada uno de los ingredientes que rodearon su escritura y del mismo autor, con el añadido de estar profusamente ilustrada, y recuperando las viñetas de la edición original, en 1885.

En esta versión de la novela sabemos del prestigio antes obtenido por el autor con Tom Sawyer, y que sin duda sirvió para apuntalar la nueva obra. Y que sin embargo ser el mismo Twain un importante editor, dejó escapar a otros impresores.

Los editores (Charles L. Webster and Company), precisa Michael Patrick Hearn, lanzaron una primera edición de 30 mil ejemplares y, ante el interés despertado, una nueva entrega de 10 mil solo un mes después. “Un libro para jóvenes y mayores, ricos y pobres”, se ofertaba.

En veredicto del editor, la novela se presentaba como “las aventuras de Huckleberry Finn, Tom Sawyer y un negro llamado Jim, quienes en sus viajes se tropiezan con dos vagabundos que se dedican a engañar a los habitantes de los distintos pueblos que atraviesan, haciéndose pasar por misioneros, por defensores de la abstinencia o cualquier otro pretexto que les permita ganar fácilmente un dólar de manera deshonesta”.

Una vez en circulación, el libro comenzó a construirse un ancho camino, aún abierto tantos años después. Muchos destacaron sus partes, como T. S. Eliot, quien no pudo leerla sino hasta adulto. “Sospecho que el temor por parte de mis padres a que me aficionara prematuramente al tabaco, y quizá a otros hábitos del héroe de la historia, hizo que mantuvieran el libro fuera de mi alcance”, escribió el inglés.

También Borges, quien sorteando polémicas vindicó Huckleberry Finn: “no es ni una parodia ni una tragedia: es simplemente un libro feliz”.

 

Portada original de la obra (c. 1885)

Portada original de la obra (c. 1885)

 

Tesoros nacionales

Preso de “violentos cambios de humor durante toda su vida”, Mark Twain murió en 1910, rico, dejando a su hija Clara una herencia mayor al millón de dólares. Los antes “vilipendiados” Tom Sawyer y “Huckleberry Finn se convirtieron paulatinamente en “tesoros nacionales, los equivalentes en la ficción a la Declaración de Independencia y a la Proclamación de la Emancipación”.

La misma Clara escribió:

“La contemplación de la injusticia del mundo, tanto si la cometía un individuo contra otro, como si la cometía un país contra otro, fue gradualmente modificando su capacidad para disfrutar del lado bueno de la vida, y se fue volviendo cada vez más melancólico, hasta que su voz se convirtió en un lamento por los males del mundo”.

Con esta nueva edición de Huckleberry Finn, un panorama completo de su fructífero derrotero, nadie deberá de quedar fuera de ese conglomerado de lectores, ¿cuántos millones en realidad?, dispuestos a acompañar las experiencias vitales de sus personajes.

 

 

***

Ilustraciones:

Portada original de la obra (c. 1885)

Mark Twain. Frontispicio The Galery (c. 1870). Biblioteca del Congreso

Mark Twain, Huckleberry Finn. Edición anotada, con Introducción, Notas y Bibliografía de Michael Patrick Hearn e Ilustrado por E. W. Kemble, Akal, España, 2019, 520 pp.

* @mauflos

 

 

 

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