Una ciudad cansada que muere de sed

Una ciudad cansada que muere de sed

La ciudad que debe ser feliz
debe tener todas las virtudes.
Savonarola

 

¿Dónde quedaste, ciudad?
Así mero, como fue y nos lo han contado, el donaire de la Ciudad de México ya no existe. Hoy la capital de la República tropieza con una frecuencia inconcebible en sus años dorados. Desapareció su encanto. Desde hace muchas décadas los habitantes que por azares de la vida residimos en esta colección inmensa de desatinos, observamos silenciosamente su deterioro. La ciudad se hunde en el marasmo y no existe voluntad política que le eche un lazo de salvación.

Los terremotos de 1985 y 2017 fueron concluyemtes en exceso al mostrar el grado de indefensión de los humanos que pululan diariamente por estas calles y avenidas, y aún en las zonas periféricas, atiborradas de casas diseñadas con el método improvisado de la autoconstrucción, que obsequian al visitante una visión caótica, dramática y de gusto cuestionable. Para entenderlo, habría que echar el rol por las rúas y bulevares de Ixtapalacra. ¿Quiere darse una vueltecita hasta Ecatepunk?

La ciudad, en su cuesta abajo borra la memoria y el orgullo característico de otros tiempos mejores. En estos días sólo destaca el señuelo propagandístico de los dirigentes políticos interesados en transformar nuestra percepción mediante la maquinaria alucinante de sus anuncios, consignas y lemas difundidos en los aparatos de televisión, en los vagones del metro y en el chorro tóxico de los diarios nacionales.
Hoy porfían en convencernos de que habitamos una ciudad modelo, con estándares de calidad reconocidos por los organismos internacionales que califican los misterios subjetivos del buen vivir. Nos hablan de presupuestos millonarios destinados a la obra pública, del avance en seguridad, de la baja en la corrupción. Y lo hacen con voz elevada, con bocinas ensordecedoras.

La Ciudad de México se ha convertido en una colección de panópticos difíciles de descifrar, destacada por su predilección arquitectónica artificiosa, apresurada, riesgosa y un tanto payita, que no hace gestos de asco al compartir el escenario con los perniciosos desarrollos trasnacionales construidos en las esquinas más concurridas. Esta ciudad es paraíso de los inversionistas que tuvieron el buen tino de no habitar las casas del centro y se fueron a las orillas, a la montaña, para ver con detalle el desastre diario que dejan en el área central y más condensada del país.

Los “grillos” nos quitaron el agua
Hoy no tenemos agua. Mejor dicho, hace varios días que no tenemos agua.

El agua es el tema más ignorado de los gobernantes que carecen de talento para resolver el conflicto más grave heredado por la pasión modernizadora. ¿Qué medidas a propósito han realizado nuestros dirigentes citadinos en los veinte años recientes? Casi nada. Más bien, nada. Para empezar, concentrémonos por ejemplo en los jefes de Gobierno del DF que representaron la política supuestamente infalible de la “izquierda”, para saber si brilló en ellos la luz de la previsión y la grandeza, cualidad de los visionarios que saben planificar y emprender obras hidráulicas de carácter histórico.

¿Cuauhtémoc Cárdenas? Nada, fue una figura inoperante, de oropel, que estuvo inmóvil y escondido en su oficina porque quería ser presidente. ¿Rosario Robles? Cero, ella nomás estaba ahí para cubrir las espaldas del hijo del Tata y llenar bolsas de dinero para su menda. ¿López Obrador? Menos, él ya viajaba en la ilusión de convertirse en el inspirador de la 4ª República y comenzaba a escribir sus libros populares. ¿Alejandro Encinas? No bromeen, nomás es bueno para el rollo y la subordinación. ¿Marcelo Ebrard? Imposible, es hábil para las machincuepas, trampas y zancadillas, pero no sabe trabajar. ¿Miguel Ángel Mancera? Bueno, él sí sabía emprender obras pequeñas y medianas, pero sólo las que le prometían meter alegremente sus uñas en el erario. ¿Ramón Amieva? Ay, en su confusión resume la inmovilidad de todos los anteriores.

Tache para estos dirigentes de la curiosa “izquierda” mexicana.
Un amigo, reconocido habitué de los once cafés de más tradición que aún sobreviven en el centro de la ciudad me aseguró, desde su mesita del Café Bagdad (sito en la Plaza de La Aguilita del barrio central de La Merced), con la voz experta del científico de la vagancia, que “las desgracias del 85 y el 17 pudieron ser menos considerables si la ciudad hubiera sido atendida efectivamente con la previsión de sus dirigentes políticos. Pero todos salieron muy buenos nomás para el verbo y para echarle ganas a la lana y a su carrera política; fueron incapaces de pensarla, sentirla y transformarla”.

Agregué: Por culpa de ellos hoy no tenemos agua.
Él cerró: “Por su incuria, se prefigura la siguiente catástrofe”.

Ellos le hacen al cuento. Nosotros morimos de sed
Hoy estamos enojados porque no tenemos agua potable. Nos la cortaron. Existen colonias en la periferia que nunca han disfrutado con regularidad del líquido preciado. Los años se han consumido en promesas y actos criminales que deberían castigarse.
Ramón Amieva nos dijo, para ponernos truchas, que el asunto era breve, de menos de una semana. De cinco días. Qué tanto es tantito. Pero ya pasó más de una semana y la gente se aglomera con irritación alrededor de los depósitos improvisados de agua y de las pipas repartidoras. No hay con qué echarle agua al sanitario para hundir los submarinos. Pocos se dan el lujo de tomar un baño y usan las mismas garritas de ayer y anteayer. Las plantas se marchitan.

La versión surrealista de una falla en la “tubería en K invertida” huele a transa que sirve para posponer la conclusión de la obra. Algunos sospechan que detrás de este problema se ensayan maniobras antipopulares harto aviesas. Nos quieren acercar a la privatización del agua. Eso es traición.

Pero se consuelan asegurando que todo va a cambiar con Claudia Scheinbaum, la misma que, según Alfredo Jalife Rahme: “Estuvo detrás de los segundos pisos de la Ciudad de México. Engreída, corrupta, inepta. Si no [supo] manejar una Delegación, Tlalpan, ¿cómo va a manejar a la ciudad?”. (https://www.youtube.com/watch?v=D-oIpSPZ1Zg).

Quizá estamos en la proximidad de fenómenos sociales atípicos que nos puede llevar más allá de la crisis del agua, hasta llegar a expresiones semejantes a las perpetradas en la época de la Colonia, que redundaron en la destrucción del Parián y la quema de los archivos de la ciudad. Cuidado.
Distante todavía de esos escenarios, sólo pienso en el agua bendita de todos los días. ¡Aguaaa! ■

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