La población antigua de Fresnillo en las agitadas aguas del mar Chichimeca

La población antigua de Fresnillo en las agitadas aguas del mar Chichimeca

La Gualdra 297 / Libros/ Arqueología

Con toda mi gratitud al INAH y al Instituto Zacatecano

de Cultura Ramón López Velarde

 

El 7 de marzo pasado, el arqueólogo y hoy director de la Zona Arqueológica de la Quemada, Carlos Alberto Torre Blanca Padilla adscrito al INAH/Zacatecas, a quien conozco hace ya casi 30 años, compañero de generación de la carrera en arqueología de nuestra querida Escuela Nacional de Antropología e Historia y hasta la fecha un amigo entrañable, viajó a la Ciudad de México. Y como es su costumbre habitual de buscar entre los papeles viejos, pasó a mi centro de trabajo para consultar el mejor yacimiento de información arqueológica que sin lugar a dudas tiene nuestro país, el Archivo Técnico de la Coordinación Nacional de Arqueología del INAH.

Una vez que entró al acervo, primero pasó a saludar religiosamente a su gran pontífice don Pepe Ramírez, “el gran guardián de la memoria arqueológica de México”. Una vez que terminó con él, inmediatamente se dirigió a mi espacio de trabajo con el fin de obsequiarme su más reciente libro titulado Población Antigua de Fresnillo, publicación que esta tarde nos reúne a todos para ser presentada aquí. En el ejemplar que me obsequió hay una dedicatoria que dice: “Charro. Te dejo una historia antigua de mi terruño producto de andanzas veraniegas, espero que te agrade. Carlos Torreblanca Padilla”. Una vez que leí esta última y mientras ojeaba rápidamente el libro no sabiendo lo que estaba buscando realmente ahí, escuché en mi mente aquellas sabias palabras que alguna vez salieron de la boca de un maestro de mi primaria oficial, quien dijo “todo al final vuelve a su lugar de origen”.

Mi estimado Carlos Torreblanca -o Carlitos como te conocen tus amigos y colegas-, tu querido y añorado territorio de Fresnillo en el centro de Zacatecas, del que a finales de los ochenta y principios de los noventa del siglo pasado, nos hablaste con una gran emoción, vehemencia y mucha seriedad académica en los pasillos, las aulas o la cafetería de la ENAH (que por cierto qué malo era el café) o quizás entre risas con algo de mezcal, mucha cerveza, coca-colas muy frías y hartos cigarros en nuestras prácticas de campo; como aquélla del Río Balsas en Guerrero, cuando allá los relatos de terror que circulaban entre los lugareños no eran como hoy sobre la violencia del narco y la sistemática desaparición de personas como es el caso reciente de Ayotzinapa, sino sobre el temible y peligroso chacal de Xalitla, ese gran depredador que según nos contaron, no respetaba sexo, edad o religión, esa historia oral nos dejó tal huella que hasta en nuestra generación tuvimos nuestro propio chacal, ¡eso sí era un mito!

Recuerdo que un chilango como yo, que en ese entonces, no conocía el norte del país -aunque mi papá es zacatecano por nacimiento, nadie es perfecto-, que no había leído nada sobre la arqueología de este enorme territorio y cuyo diletantismo se concentraba en investigar a los mayas, Teotihuacán, los códices, las fuentes históricas de época colonial, la etnografía o quizás nada y todo como la Nueva Arqueología, me encantaba escuchar sobre las aventuras arqueológicas de mis compañeros en esas lejanas tierras que se decían de salvajes chichimecas, ya que prefería en esos mismos periodos de ocio encerrarme en la biblioteca o los archivos pues que ahí me sentía mucho más seguro.

Y cuando tú, Carlos, regresabas a la ENAH una vez que terminaban las vacaciones de verano, me contabas con una grata alegría o con una enorme decepción (ya que tú también fuiste heredero de las diferencias personales entre los arqueólogos) sobre tus andanzas arqueológicas en Zacatecas o en tu terruño y yo siempre pensaba en lo más profundo de mi interior con una enorme insensibilidad y una gran ignorancia, según recuerdo, “pues éste qué tanto le ve a esa región seca y llena de nopales que a nadie le interesa, donde no hay grandes palacios, tampoco inmensas pirámides como en nuestras antiguas urbes mesoamericanas, ni tampoco indígenas; a poco ahí con tantos problemas entre arqueólogos se puede estudiar algo o en su defecto investigar algo que sea productivo para el desarrollo de arqueología misma, pero en fin cada loco con su tema”.

También por esos mismos años –y esto lo considero muy importante para lo que diré más adelante-, cuando trabajabas como encargado de la planoteca o mapoteca de la carrera de arqueología de la ENAH, tenías bajo tu responsabilidad la llave que abría un pequeño librerito de metal gris con puertas corredizas de vidrio en cuyo interior había una colección de libros de arqueología, principalmente en inglés, donados por sus autores a la escuela y otras joyas bibliográficas como los 16 volúmenes en pasta dura y color naranja del Handbook of middle american indians, obra tan monumental publicada entre los años 1964 a 1974 que hasta la fecha no ha sido superada.

Asimismo recuerdo perfectamente que alguna vez al encontrarte en los pasillos de la ENAH, observé que sostenías en tus manos uno o dos de esos ejemplares empastados (quizás los números IV y XI). Días después que visité la planoteca, te vi sentado leyéndolos con mucho entusiasmo y una enorme atención, y quizás únicamente para distraerte o con el único afán de quitarte tu sagrado tiempo (tonterías de jóvenes), te pregunté qué tanto lees ahí, Carlitos. Tú con una espléndida sonrisa, una enorme educación y cortesía (la que siempre he admirado) y supongo con una faraónica paciencia y tolerancia a nuestra deficiente sabiduría sobre la arqueología del norte de México, me respondiste “Pues mira, mi estimado, estoy leyendo estos artículos en inglés sobre las culturas arqueológicas de Durango y Zacatecas del Dr. John Charles Kelley y el texto de los complejos arqueológicos de la Gran Chichimeca de Walter Taylor”. Y sin decir agua va y no teniendo una mínima piedad con tu compañero chilango, comenzaste agitar mi eterna tranquilidad y confortabilidad mesoamericana, bombardeándome con una enorme cantidad de datos y explicaciones sobre dinámicas culturales en la antigua frontera septentrional de Mesoamérica, que seguramente habías aprendido de éstas y otras lecturas, y también supongo yo, de algunos de los escritos del famoso historiador del bajío guanajuatense don Wigberto Jiménez Moreno (que por cierto al igual que José Alfredo Jiménez también nació allá donde la vida no vale nada) o de la Dra. Beatriz Braniff.

Recuerdo que ante mi incapacidad de procesar ese tsunami de datos y de complejas interpretaciones, sentí mucho nerviosismo y una gran perplejidad ya que no sabía nada de lo que me estabas hablando. Creo que ante mi profunda ignorancia sobre el tema y no saber navegar en el Mar Chichimeca cuyas corrientes habías agitado fuertemente produciendo un maremoto a partir de esas interpretaciones, decidí mejor refugiarme y regresar a la tranquilidad de mi litoral mesoamericano, interrumpiéndote de manera violenta diciéndote, “Ay, Carlitos, mejor me prestas el libro de La Cuenca de México de William Sanders, Jeffrey Parsons y Robert Santley (la denominada Biblia Verde, con la que muchos de nuestra generación fuimos evangelizados en la teoría y patrones de asentamiento) y el Suplemento 1 de Arqueología de Handbook para leer el artículo del Dr. Millon sobre la ciudad de Teotihuacan y ya mejor me voy”. Y salí corriendo de ahí para ir al baño quizás para sacar el miedo.

No recuerdo sí después de no ahogarme en ese sifón producido por tu respuesta, aún tuve el valor y la fuerza como cualquier náufrago de sentarme a leer esos libros, lo que sí recuerdo es que esas agitadas aguas habían trastocado algo de mi tranquilidad mesoamericana. Muchos años después y una vez que leí también esos artículos de Kelley y Taylor, como un inexperto marinero yo también decidí navegar dentro de esas agitadas corrientes del Mar Chichimeca, las que me llevaron directamente al valle de Malpaso y una vez que troqué en el puerto donde se encuentran las ruinas La Quemada, ahí en la cima del Cerro de los Edificios, pisando sus vestigios arqueológicos por primera vez pude contemplar la inmensidad de la gran meseta del norte-centro de México.

Gracias a tus pláticas y a mi bitácora de arqueólogo llena con muchas notas de lectura, sabía que muchos kilómetros más al norte se extendían los grandes llanos y sierras de Fresnillo, que antes de la publicación de este libro, eran en su mayor parte una tierra incógnita para la arqueología. Y es precisamente de la descripción de las características fisiográficas y ambientales de este territorio en la antigüedad, del hallazgo de las tempranas evidencias de ocupación humana asociada a restos paleontológicos, del registro arqueológico y etnohistórico de las comunidades indígenas que habitaron en este escenario y de la interesante dinámica de fluctuación de la frontera mesoamericana acaecida aquí en la época prehispánica, es de lo que el arqueólogo Carlos Torreblanca nos habla en este modesto libro que hoy presento ante ustedes.

Esta publicación que contiene 105 páginas escritas, presenta una breve introducción, cuatro capítulos, bibliografía y por último una muy importante sección con imágenes que muestran mapas de la región estudiadas, croquis de sitios arqueológicos registrados, así como dibujos y fotografías de artefactos prehistóricos y precolombinos, así como de las manifestaciones gráfico rupestres que el autor registró dentro del municipio de Fresnillo. Debo decir, sin embargo, que desde mi punto de vista, varias de estas imágenes son muy pequeñas para apreciar muchos detalles que se enuncian a lo largo del libro.

Antes de continuar, quiero recordar que su autor antes de ser zacatecano es un natural del municipio de Fresnillo. Ahí nació, respiró, creció y ha visto el enorme impacto de la minería y de la ganadería en el hábitat y durante muchos años recorrió los llanos potosinos-zacatecanos y la cuenca del Río Aguanaval; de ahí que su descripción de esos territorios que aparece en el primer capítulo de su publicación, no sólo resulta indispensable para comprender el entorno, los cambios y transformaciones y sus particularidades en el que se desarrollaron los diferentes grupos humanos desde 10,000 a.C. hasta la segunda mitad del siglo XVI (como los zacatecos y guachichiles para poner un ejemplo), sino también para entender los problemas sobre la fluctuación histórica de la frontera ecológica y cultural mesoamericana.

Debo reconocer que este primer capítulo me recuerda a las obras sobre la geografía descriptiva de los Partidos de Zacatecas que fueron publicadas por estudiosos zacatecanos del s. XIX y de inicios del XX como Elías Amador o Matute entre otros. De igual manera la narrativa que se desarrolla en el capítulo II donde se expone la historia del pensamiento e investigaciones arqueológicas realizadas dentro y en los márgenes del municipio de Fresnillo, resulta interesante por el rastreo de las fuentes documentales inéditas y publicadas que ayudaron a construir dicha historia. Desde mi perspectiva una de las contribuciones de este capítulo, reside en utilización de la información oral y publicada de los historiadores y cronistas locales, los que el autor define como “aficionados”, término que me parece discutible a la luz de la enorme cantidad de datos que aportaron para comenzar clarificar el tipo de registro arqueológico de esta región que ellos comenzaron a coleccionar, documentar e interpretar con sus propias herramientas de la historia.

Otro de los principales aportes encontrados en este mismo capítulo, se encuentra en el rastreo y la consulta de los reportes arqueológicos, resultado de los reconocimientos de superficie realizados en el territorio de Fresnillo y en sus márgenes por parte del mega Proyecto Arqueológico Frontera Norte de Mesoamérica y posteriormente por algunos investigadores del INAH. Nuestro autor como arqueólogo que se ha especializado en los territorios septentrionales de Mesoamérica, no duda en reconocer la enorme relevancia de los reconocimientos y la información recuperada en los primeros años de la década del sesenta por el ya mencionado Dr. Walter Taylor, quien era director del sub-proyecto E y que junto con John Charles Kelley, Pedro Armillas, Román Piña Chan y Beatriz Braniff, directores de los otros cuatro sub-proyectos denominados el A, B, C y D, integraron el ya mencionado mega proyecto.

Como actualmente lo hace y ha hecho en otros años, Torreblanca al haber trabajado en sitios arqueológicos que fueron considerados zonas clave de investigación para los anteriores investigadores como en Alta Vista-Chalchihuites -cuando era estudiante-, en años anteriores en el Cóporo, Guanajuato y actualmente en las ya referidas ruinas de La Quemada y ahora al publicar datos sobre el centro de Zacatecas, vuelve a homenajear no sólo a dicho proyecto de investigación sino también a esos estudiosos y a los que los siguieron en este caso los investigadores mexicanos del INAH.

El cuarto capítulo es una descripción de los vestigios arqueológicos (la mayoría de ellos recuperados de superficie por la falta de excavación controlada) y su distribución espacial dentro de la región de estudio de Fresnillo, señalando que aquí en este territorio en la época prehispánica se desarrolló un patrón cultural muy diferente al reportado por otros arqueólogos en las dos regiones vecinas en el centro-sur y oeste de Zacatecas, donde se desenvolvieron respectivamente las culturas arqueológicas de Malpaso y Chalchihuites. Este capítulo sirve como base empírica y antesala al último capítulo, donde se expone el desarrollo cultural de esta región sosteniéndose en términos generales el modelo de colonización temprana y de difusión blanda que propició la simbiosis cultural entre comunidades de apropiación (grupos chichimecas), horticultores-semisedentarios (Loma San Gabriel) y agricultores sedentarios mesoamericanos (de la fase Canutillo) en la antigua frontera norte-centro que el Dr. Kelley propuso y publicó en los primeros años de las décadas del sesenta y setenta del s. XX.

Sin embargo, Torreblanca es reticente en reconocer que dentro de su registro hay artefactos y elemento culturales que han sido reportados dentro del repertorio arqueológico de las culturas semisedentarias que han sido denominas por John Charles Kelley y Michael Foster como Loma San Gabriel. Pero le propongo a nuestro autor, que tengamos este debate en una cantina con unas cervezas muy frías y como sabemos los arqueólogos que cuando la marea de nuestras discusiones suba, pediremos una botella de whisky Etiqueta Negra muy costosa y brindaremos todos para celebrar, que ya por fin tenemos esta publicación en nuestras manos para continuar por muchos años más nuestro diálogo en la arqueología. Gracias.

 

Feria Nacional de Libro en la ciudad de Zacatecas a 29 de mayo de 2017.

*ATCNA-INAH

 

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