AMLO: todo está por verse

AMLO: todo está por verse

Veo que los medios, y algunos intelectuales, se preocupan de cosas secundarias y hablan con altos niveles de generalidad. En al caso de las declaraciones de AMLO, por ejemplo, Lorenzo Mayer o Ackerman respaldan todo lo que dice o hace el político tabasqueño, dando la impresión de que su objetivo no es pensar los problemas mismos, sino la defensa de un candidato. Si la izquierda renuncia a la crítica (incluso de sí misma) habrá abdicado de su misión social. Y la crítica debe hacerse con la pretensión de objetividad, aun cuando sea un deseo imposible. La última declaración de Andrés sobre la amnistía anticipada a los corruptos de ahora, es tratada con esa generalidad que menciono: ¿qué realmente está diciendo y qué implica? La estrategia para disminuir la oposición de los grupos de poder, para que no le hagan guerra sucia y lo dejen ocupar la silla presidencial, es poco menos que una borrosa ilusión. La corrupción no se da por casos individuales y aislados de personajes particulares, sino por redes permanentes que cultivan intereses comunes. La pregunta, por tanto,  no es si va a perdonar a esos individuos deshonestos, sino si va a romper las redes de corrupción. Lo que hay que preguntar es, ¿destrozará  esas redes que generan corrupción estructural? Si lo hace, la llamada amnistía deja de tener sentido, porque para acabar con dichas redes requiere investigar, señalar responsabilidades y diluir esos grupos de poder. Y ante eso, a  los grupos de poder fáctico les tiene sin cuidado su perdón, porque lo que les preocupa es mantener la continuidad de sus privilegios. Y con eso enfrente, su oposición a la llegada de Andrés Manuel será igual de fuerte que antes. En suma, si piensa romper con las redes de corrupción, la idea de una amnistía como estrategia política de conciliación con las élites privilegiadas, no tiene sentido. La otra posibilidad, es que no piense romper con eso. Y entonces la cosa es más preocupante aun, porque estaríamos ante una simulación de gobierno nuevo.

Pero lo más importante está indefinido. En los medios se discute si hizo o no correctamente su 3 de 3, y cosas por el estilo. Discusiones secundarias. Sabemos que es un hombre modesto y sin ambiciones económicas. Que él personalmente no es corrupto. Bien por eso. Pero aún así, aunque es gran ventaja, eso no lo hace buen gobernante. Necesitamos saber qué hará en torno al modelo económico. Lo que me preocupa de Obrador no es que pueda mentir en su declaración patrimonial, sino la anorexia programática. Hasta ahora no sé qué medidas de política pública impulsará para hacer un presupuesto progresivo, especialmente la necesidad de gravar al capital, las herencias y la riqueza de los más ricos; qué hará en la economía agrícola con el 75 % de productores que han sido marginados por ‘improductivos’; ¿impulsará o no la economía campesina?, ¿y el tratado de Libre Comercio?, ¿realmente anulará las reformas estructurales de Peña?, ¿cuál es su plan de seguridad, tiene alternativa al modelo militarizado?, ¿impulsará la legalización de la droga y los controles financieros?, ¿respaldará la idea de una versión particular de renta básica universal?, ¿cuál es su propuesta sobre la crisis de las pensiones?  ¿Recuperará la propiedad nacional del petróleo? ¿Creará un sistema único de seguridad social que incluye la unificación de los servicios públicos de salud?, ¿Y sobre las libertades civiles?, ¿cuál será su política contra la pobreza?, etcétera.

Es curioso, pero sobre su propuesta y posición de los temas más importantes que arriba mencionamos no sabemos nada. Ahí es donde está el tuétano del asunto, no en sus declaraciones superficiales. Si López Obrador anuncia que cambiará el modelo económico, que cobrará impuestos al capital y que recuperará la propiedad nacional del petróleo, tendrá la feroz oposición de los grupos del poder, aunque les prometa que les dará la gracia de su perdón. De hecho, si se propone un programa realmente progresivo, no sólo es inútil la exposición de perdones, sino que necesitará un peje-móvil para sus giras, porque estará anunciando un proceso constituyente que, como condición, requiere un previo proceso destituyente de los actuales grupos de poder. Por tal motivo, lo más importante es saber su programa sobre esos temas que arriba mencionamos. Si no va a generar cambios de paradigma, entonces no tenemos que generar expectativas sobre el gobierno de Andrés Manuel. La llamada a la esperanza es porque justo las izquierdas están pensando que el liderazgo de Orador será un punto de confluencia de fuerzas políticas populares que cambien la correlación de fuerzas al interior del Estado para destituir el neoliberalismo en México. En otras palabras, la esperanza que despierta Obrador es la posibilidad de romper con los modelos actuales y, por contraparte, la creación de un rumbo del país hacia la igualdad y la justicia social. Si eso no será así, y no piensa cambiar de modelo económico, ni reformar la hacienda nacional y así, no tiene sentido despertar esperanza alguna. Pero-eso-no-lo-sabemos. Y para que construya una cadena de fuerzas populares en torno a su candidatura, deberá ser alrededor de un programa de este tipo; por ello, no podemos quedarnos con la anorexia programática. Y debe saber que la política es antagonismo: si establece un programa progresivo se ganará la oposición de los poderosos, y si no lo hace, perderá la simpatía de muchos de nosotros. No puede jugar al centrismo de la tercera vía que tanto daño ha hecho a la política nacional. Debe poner en claro sus definiciones. Como dice el conocido pasaje bíblico: a los tibios se les vomita. ■

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