Leo luego… Luego

Leo luego…  Luego

■ Inercia

Uno de los filólogos mexicanos más importantes, Antonio Alatorre, dice que la crítica literaria es una lectura atenta de un texto, por medio de ésta podemos comprender y valorar lo que un escritor nos expone, y sobre todo, uno de los aspectos más trascendentes que propone Alatorre es que las obras no son ni “buenas” ni “malas”, sin embargo sí hay malos lectores y son quienes sólo pueden calificar una lectura como agradable o desagradable, mientras que un buen lector es aquél capaz de identificar tanto las bondades como los desperfectos de lo que lee.

A las consideraciones de Alatorre hay que agregar que no sólo se leen libros, sino que el entorno mismo es susceptible de una lectura y de interpretación. En este sentido, podemos leer a las personas, los inmuebles y por supuesto comportamientos o situaciones específicas. Y como Alatorre bien apunta, una buena crítica radica en el lector.

 

Sin lector no hay lectura

¿Cómo se leen las reformas a la constitución o las iniciativas de ley? ¿Cómo se leen las promesas de campaña política? ¿Cómo se leen los acartonados discursos de los presidentes? ¿Cómo se lee todo esto desde la imposibilidad de la comprensión, desde la pobreza extrema o desde la apatía?

No hace falta referir a los bajos índices de lectura que hay en nuestro país, porque el tipo de lector que se requiere para esto es diferente. No se trata de un lector entrenado en las letras, sino de un lector empírico,  intuitivo y experimental. Uno que se atreva a cuestionarlo todo, que proponga diálogos desde sus posibilidades.

Los lectores que México necesita hoy en día son los irreverentes, como dice Juan Villoro: “en medio del sinsentido, una vieja costumbre cultural adquiere el valor de la rebeldía: hacer preguntas”. A fin de cuentas leer es conversar con el texto, y en una conversación la pregunta es la base, pues es uno de los ejes de apelación al discurso. Aquel que no conversa es quien no está interesado en comprender o valorar al otro o al objeto de lectura.

Me parece que la comprensión es inherente al hombre; siempre hay en el ser humano el interés por saber y entenderse a sí mismo y al entorno. Cuando esta partícula de curiosidad e inteligencia primordial no existe, entonces no podemos referirnos a ciencia cierta a un ser racional sino a un autómata…

Lo más alentador de las ideas que propone Antonio Alatorre es que los lectores a diferencia de los creadores, son susceptibles incluso de profesionalizarse en la lectura. Por infortunio, grandes lectores de nuestro estado o país sólo se interesan por temas relacionados con áreas muy particulares de sus estudios y creo que son ellos quienes, en principio, debería fomentar la lectura de calidad.

 

Sin lectura no hay lector

Ahora bien ¿qué hace un excelente lector sin nada qué leer? Nuestra sociedad está plagada de discursos vacuos por doquier. La televisión y gran parte de medios masivos de información ofrecen una lectura que si bien es instantánea, no es confiable. Y no es que haya olvidado las recomendaciones de Alatorre sobre no considerar algo de manera maniquea, pues claro que los noticieros suelen dar algunas notas de forma objetiva pero son más las que evidencian una alteración cínica respecto a contenidos que son comprobables en carne propia.

Este deficiente sistema de información produce lectores deficientes. Medios que ofrecen notas tendenciosas no buscan a un interlocutor sino a un subordinado; periodistas que intentan siempre convencer al público de una idea no quieren un diálogo sino un adoctrinamiento.

Así, intentar leer leyes, reformas, iniciativas o demás discursos políticos cada vez es más complicado, pues por una parte el pueblo no sabe ser lector, no hay quien nos enseñe y por otra su lectura está hecha para no ser comprendida. Al respecto Juan Villoro dice que “la incapacidad de aclarar y debatir confirman que nuestra política sigue mereciendo el nombre de ‘la tenebra’, donde la principal zona de negociación es ‘lo oscurito’. Tratar de saber qué pasa puede ser visto como un pecado ciudadano”. Y es ya un pecado tan grande que, como las manifestaciones son otra forma de cuestionar y exigir diálogo de forma horizontal con los poderes fácticos, éstos asustados proclaman leyes contra las manifestaciones… Villoro tiene razón cuando señala que “comparadas con las Leyes de Reforma, las iniciativas de Peña Nieto no sólo desmerecen en grandeza de miras, sino que revelan uno de nuestros mayores rezagos: la incapacidad de usar el lenguaje”.

La base de la comprensión es entonces la comunicación. Así, para lograr una lectura adecuada de algo, no se requiere únicamente de un lector sino de que el texto no sólo quiera dar un mensaje hipnótico; Alatorre explica que las mejores obras literarias son aquellas que ofrecen una amplia gama de interpretaciones posibles y no un sentido irrefutable. Lector y lectura van de la mano, el uno genera al otro y viceversa, de tal forma que para quienes intentamos comprender la situación actual de México, leemos que la capacidad social de leer es tan deficiente como los líderes políticos que tenemos. ■

 

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