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jueves, 26 mayo, 2022
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Apuntes sobre la memoria colectiva y el origen de las celebraciones en México

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Por: FERNANDO VILLEGAS MARTÍNEZ •

Ciertos sectores de la población ansían la llegada de mayo por los múltiples días festivos que se celebran en el transcurso del mes, especialmente el Día del Trabajo, Batalla de Puebla, Días de la Madre y el Día del Estudiante. Sin embargo, en la actualidad ya no se ve la dimensión histórica de dichas fechas, sino que únicamente se aprecia su valor como día de asueto. En ese sentido, debemos preguntarnos ¿Cómo se construye la memoria de las naciones? La pregunta –nada ociosa– nos remite no solamente al señalamiento de elementos identitarios, sino a la identificación de quién promueve dichas simbologías, la ritualización que permite su trascendencia y si ésta de verdad permea en la población.

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Se parte de que la memoria de los individuos no actúa sólo como un repositorio de remembranzas y/o experiencias acumuladas, sino que en el doble proceso de semantizar los recuerdos, es decir, primero la asimilación del mismo y después su representación a través de un código lingüístico, va implícita una intencionalidad que puede mejorarlos y/o alterarlos. Así como los individuos modifican su memoria, los grupos en el poder han intentado coadyuvar a una configurar una memoria histórica que, de forma consciente, omiten acontecimientos, promueven la creación de héroes, y delimiten un corpus de valores.  Un ejemplo de lo anterior son los calendarios cívicos. 

La formación del calendario cívico se adecúa a las circunstancias históricas y políticas. Las conmemoraciones se tan tratado de implementar con base en un credo político-ideológico, el cual tiene la facultad de asegurase un lugar en la historia de la nación y de “olvidar” de la memoria histórica a quienes consideran enemigos. A su vez, el discurso viene acompañado de una base material que apoye lo anterior. De esta forma se construyen edificios que resulten significantes, evocando sentimientos culturales cuya dirección sea la de afianzar una ideología política determinada. Estatuas como “Madre Patria” en Volgogrado –la cual tiene 200 pasos representando los días de la batalla de Stalingrado– o monumentos como el de la “Revolución” en la Ciudad de México ejemplifican la necesidad de materializar el discurso en objetos cargados de significados que tiendan a reforzar una idea de nación. 

Hay que mencionar también que la permanencia o desaparición de las conmemoraciones ha estado a merced de los intereses políticos ligados a un ideario político, sin olvidar lo importante que son las formas de ritualización que permitan una mejor cohesión y adhesión a un discurso determinado. Así, al tratar de instituir una fiesta de corte nacional, hay que preguntarse cómo se inserta el discurso dentro de las particularidades de la sociedad, desde la recepción hasta la aceptación. 

Por ejemplo, la creación de un panteón nacional, es decir, la construcción de héroes, nos conduce a una definición de los grupos políticos que impulsan determinados valores encarnados en una persona, aunque el discurso esté distanciado de la realidad del sujeto histórico, situación que estuvo por demás presente en el México decimonónico, momento fundamental en la intentona de delinear los sentidos y significados patrios, ensayando –desde las trincheras políticas– los modelos que permitieran no sólo darle sentido a un proyecto nacional, sino justificando también su propia presencia y permanencia en el poder, aspirando de este modo a una legitimidad social y política del régimen. 

Ante el cuestionamiento de si es y ha sido el Estado el que propiamente asume para sí la facultad de construir y hasta inventar la memoria nacional, se podía argumentar que no necesariamente. Algunos sectores de la población han buscado un reconocimiento para sus creencias y hasta para sus héroes, sin embargo, le corresponde al Estado institucionalizar mediante la elevación de dichas creencias particulares al calendario cívico. 

Uno de los ejemplos más claros que tenemos en México es el Día de la Madre, el cual este año cumplirá un siglo de ser institucionalizado. Hacia 1922, y por iniciativa de Rafael Alducin, en ese entonces director del periódico Excélsior, promovió que cada 10 de mayo se llevara a cabo el “Día de la Madre”, encontrando buena respuesta por parte de la Secretaría de Educación (encabezada por José Vasconcelos), la Cruz Roja y la Iglesia católica. Lejos de ser un día para “festejar a las mamás”, se trató de un exitoso intento por frenar el naciente movimiento feminista en México, sobre todo por la fuerza que estaba cobrando a raíz del Primer Congreso Feminista de Yucatán (1916). Uno de los temas más álgidos fue la maternidad por elección, la cual se contraponía al ideal religioso sobre la concepción. El Día de la Madre fue cobrando notoria fuerza y popularidad en todo el país, tanto así que hoy en día gran parte de la población desconoce que el origen de esta celebración fue el de oponerse a las ideas de emancipación de la mujer. 

¿Qué otras historias están detrás de cada día cívico? Afortunadamente para quienes nos dedicados al oficio de historiar, todavía nos falta decir mucho al respecto. ν

*Historiador/Cronista Municipal de Guadalupe, Zacatecas

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