Zacatecas volvió a mirar de frente un rostro que creía comenzar a dejar atrás. El hallazgo de 10 personas sin vida en los municipios de Pánuco, Morelos y Sain Alto no sólo representa un nuevo episodio de violencia: removió la frágil sensación de tranquilidad que, con enormes esfuerzos institucionales y sociales, empezaba a abrirse paso entre la población. El perfil de las víctimas, las circunstancias del caso y la brutalidad del crimen reactivaron el miedo, la indignación y, sobre todo, la exigencia irrenunciable de verdad y justicia.
Sin embargo, a la tragedia le siguió otro fenómeno igualmente preocupante. Como ha ocurrido en demasiadas ocasiones, las redes sociales se convirtieron en un terreno fértil para la desinformación. Fotografías ajenas, videos manipulados, listas erróneas de víctimas y rumores sin sustento circularon con una velocidad que agravó el dolor de las familias y enturbió el derecho de la sociedad a conocer los hechos con rigor.
La búsqueda desesperada de reproducciones, “likes” y monetización ha terminado por erosionar principios elementales del periodismo. Resulta especialmente preocupante que algunos medios y comunicadores con prestigio hayan difundido como auténtico un supuesto video atribuido a un grupo criminal que difícilmente habría superado una verificación mínima de imagen, audio o contexto. Que voces de la relevancia pública de José Ramón Cossío y Carmen Aristegui dedicaran espacio a analizar un material cuya autenticidad no estaba acreditada abre un debate ineludible sobre la responsabilidad ética de quienes informan. Amplificar propaganda criminal sin verificarla no sólo vulnera los estándares profesionales; también concede a las organizaciones delictivas el escenario que buscan para sembrar miedo, influir en la opinión pública y disputar el relato de los acontecimientos.
Se confirma, una vez más, la vieja sentencia: en los conflictos, la primera víctima es la verdad. Por ello, frente a la violencia no basta exigir justicia para las víctimas. También es indispensable defender el periodismo responsable, la verificación de los hechos y el respeto a la dignidad humana. Porque cuando la mentira sustituye a la evidencia, el crimen obtiene una victoria que ninguna sociedad democrática puede permitirse.



