Paisajes sísmicos en ‘Los arcoíris negros’, de Sergio Pérez Torres

Paisajes sísmicos en ‘Los arcoíris negros’, de Sergio Pérez Torres

La Gualdra 491 / Libros / Poesía

Al leer los versos de María Negroni: […] de pronto, alzando vuelo como un ave heráldica […] recordé inmediatamente la obra de Sergio Pérez Torres. En su poemario La heráldica del hambre (El Carruaje Ediciones, 2018) Sergio dice: “Mi corazón es un foso habitado por leones”; en Cortejo fúnebre (Proyecto Literal, 2017) recalca: “Vuelo lejos, aunque siempre regrese a las heridas”. De esta manera este autor regiomontano escribe Los arcoíris negros (De otro tipo, 2020), en donde mezcla agitación y fracturas para exponer su vida, o la ficción de su vida —la versión más fluida de su imaginación de carne y hueso—.

En la flexible narrativa del libro se aprecia la experiencia personal a través de un entramado ágil, profundo e intenso donde la anécdota colectiva ciñe versos muy bien realizados en los episodios que relatan encuentros fortuitos desde una sexualidad yaoi, acompañados de reflexiones sísmicas que narran los vínculos de la vida con la muerte, lo que asigna el peso universal a este volumen inquietante.

Hay apartados que mantendrán al lector al borde del vacío en las 131 páginas de este híbrido verbal, que tiene la fuerza de un orgasmo doble. Sergio Pérez Torres fragmenta la historia para rearmarla cada que es posible y con ello brindar diversas rutas a partir de la intención creativa milimétricamente calculada, lo que permite una relectura enésima del material. Sin duda es el mejor libro que ha publicado Sergio Pérez Torres.

Fragmentos de Los arcoíris negros (De otro tipo, 2020)

I

A veces espero que la muerte venga. Estoy sentado frente al peinador, termino de arreglarme. Pongo unas gotas de perfume en mis muñecas, las froto entre ellas y luego detrás de mis orejas. Huelo a las flores de plástico que han sido dejadas durante un año en el camposanto de un pueblo desértico. Listo. 

El claxon suena cerca, miro un automóvil negro a través de la ventana. Es la muerte. Al fin viene por mí. Estoy listo. 

Le he dicho que sí, que no, que vuelva después porque ya no quiero nada. Nunca veo su rostro. En ocasiones me besa mientras damos una vuelta por el vecindario a toda velocidad, pero entonces omite los semáforos en rojo y abro la puerta para saltar en movimiento, así regreso a casa con los huesos rotos. El espejo me espera quieto como una alberca que mira a un cielo sin estrellas, donde me sumerjo para después salir con alguien más, no importa quién. Siempre estoy listo. [Página 11]

XXXIX

Lo sencillo es mirarlo mucho, fijo, intentar morderlo con las pestañas desde la distancia, cuatro, cinco segundos. Luego una sonrisa ligera mientras se desvía la mirada. No podrás volver a verlo directamente, pero sí ser muy obvio al hacerlo de reojo. Entonces viene el truco de magia, bailar con una ausencia del tamaño de su cuerpo, con su mismo rostro. El aire debe tomar la iniciativa sobre tu cuerpo, uno se deja envolver. Una vez poseído por la nada que se llama con su nombre, aunque no lo conozcas, él vendrá. 

—Bailas muy bien.
—Lo sé.
—Ah, con que eres divertido, también.
—También lo sé— Guiñé para seguir bailando.
—Me llamo Julio César, por cierto.
—Lo sé.
—Bueno, pues. ¿Todo lo sabes?
—Se lo pregunté a tu amiga, también averigüé si era tu novia.

—Sí me dijo. ¿Y qué más sabes, entonces?
—Que vas a invitarme el siguiente trago y que no vas a apartarte el resto de la noche. 

—No, no creo. 

—Oh— Pronuncié en mi caída hasta que nadé con la fauna abisal. 

—¿Por qué habría de invitarte un trago cuando quiero que tú y yo nos acabemos toda la barra? — Dijo para el acenso donde puse su cara en el Everest. 

Mi siguiente sonrisa fue natural, sus amigos y los míos formaron una mezcla homogénea. El chico que me había dado su número antes revisaba desde su mesa cada que terminaba una canción que yo siguiera ahí, pero solo estaba mi cuerpo, yo me encontraba muy lejos, sostenía el cuello de Julio al bailar para irme deslizando hasta el piso, me dejaba derretido, él me levantaba como el sol estira a las semillas para que emerjan desde la tierra. Mi aliento evaporándose hasta un silencio encima del humo. 

—Vámonos a otro lugar— Y dejó sus labios en mi lóbulo derecho. 

—¿A dónde?
—A tu casa.
—No puedes ir en mi casa, no en este momento.
—Vamos a mi carro, entonces.
—No voy a hacerlo en la parte trasera de un automóvil, pero la próxima vez que te vea voy a recompensarte el tiempo.
—Pero hoy es lo importante. ¿No me vas a dar ni un beso?

—Estoy esperando que me lo robes— Cerré los ojos y acerqué los labios.

Cada que lo pensaba me volvía más débil, su aliento era un catalizador para que el alcohol me había hecho. ¿Y si por solo una vez montaba en su auto, en sus piernas? Pero era el momento de irme. Dos amigas me arrastraban. Borré el número del otro chico en una especie de fidelidad que se concede a alguien de quien no se sabe más que el nombre, claro, si es que era el real. Apunté su número y lo besé con ganas de que no pudiera olvidarme ni en su sueño. Salí a bautizarme en el viento ante el amanecer. Me quedé dormido camino a casa, no pudieron despertarme. Al abrir los ojos la resaca no me arrebataba la memoria, ni la certeza de que volvería a verlo para cumplir lo que tal vez no debía decirle. Tomé el teléfono. 

—Bueno— La voz de una mujer alterada. 

—¿Es el celular de Julio?
—Ay, sí.
—Podría hablar con él, por favor. 

—Ay, hijo, se murió anoche. 

—No— Mi corazón también se estrellaba contra el muro de concreto. 

[Página 119]

XXII 

Leo gente muerta. Cada libro nuevo es una promesa de una voz aferrada con alfileres a la pared del silencio. El tiempo pasa, pero pesa sobre los que entienden que un libro es una especie de ouija que repite su mensaje invariablemente, aunque el significado sí sea variable. 

Todos los autores serán, cuando llegue su momento, contemporáneos en la muerte. 

Escuchar a los muertos es una labor de paciencia, de amor incondicional. Los interrogamos y responden en su monólogo sereno porque, aunque puedan anticiparse a nuestras preguntas y resolverlas, no pueden contestarnos. 

A veces no nos basta, encontramos palabras que han fallecido hace mucho tiempo, desenvolvemos sus vendas para apreciar mejor el esqueleto negro de sus letras, las leemos como si fueran a resucitar infundiéndoles nuestro aliento. Incluso aprendemos lenguas muertas para compensar nuestro miedo, el mismo que nos encoge los labios hasta el punto de no poder besarnos en la oscuridad, ahí encendemos una lámpara para leer a solas. Tengo una luz para esconderme debajo de la cobija a leer a horas prohibidas. Estoy listo. 

[Página 69] 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_491

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