La dignidad como remedio a la crisis democrática

La dignidad como remedio a la crisis democrática

Nayef Al-Rodhan, describe que el mundo ha advertido hace décadas la crisis de la democracia. Como antes, otras crisis terminan siempre siendo una crisis democrática, pero el actual desencanto con la democracia “indica la necesidad de adoptar un paradigma que vaya más allá de la libertad política y que aborde la necesidad humana básica de la dignidad. (…) La dignidad significa mucho más que la ausencia de la humillación. Como base del gobierno, exige a las instituciones y políticas que cumplan nueve necesidades de dignidad: razón, seguridad, derechos humanos, responsabilidad, transparencia, justicia, oportunidad, innovación e inclusión.” Así mismo, Al-Rodhan, enuncia lo que para él son los ocho criterios para modificar los sistemas democráticos: participación, igualdad e inclusión, Estado de derecho, separación de poderes, medios libres, independientes y responsables, legitimidad del gobierno, responsabilidad y transparencia, la limitación del efecto distorsionador del dinero en la política.

A riesgo de iniciar un debate interminable, más allá de los gobiernos, los ciudadanos podemos ir construyendo una realidad democrática basada en esos ocho principios a base de exigirlos, pero también de practicarlos.

El recuento se hace necesario. Hemos logrado avances, que solo los miserables se atreverían a negar, gracias a una historia reciente, que no podemos dejar de repetir, sin que por ello le evitemos la crítica.

México construyó la idea democrática a partir de la incapacidad del sistema político hegemónico, como diagnóstico compartido y atendido. Los acontecimientos que hoy se debaten la fecha de nacimiento de nuestra ya tan llevada y traída transición democrática, son escenas de un mosaico que, a pesar de estar siempre bajo nuestra actual estructura política y social, parece ajeno al lugar que le pertenece en nuestro debate permanente.

Todas las certezas que durante décadas construimos han caído, cuando menos en la arena pública. Hemos retornado al punto en que habrá que defender cada coma, cada idea, cada valor de la democracia liberal, quizá aún más que antes, pues en el pasado fue promesa incumplida, y hoy, para millones de mexicanos es, fallida promesa.

La democracia fue vendida como ungüento milagroso y terminó siendo placebo insuficiente. Construimos andamiajes institucionales cuya fachada nos permitió olvidar siglos de historia que nos anclaba a costumbres, modelos y lógicas totalmente distintas. Sin embargo, las cuentas pendientes de esa historia siguieron y siguen ahí.

Y no lo es porque el modelo haya fallado, por el contrario, sostengo que ése es el único modelo, que, tras generaciones de esfuerzos y consolidación, permitirá a México encontrarles solución a sus problemas, resumidos en tres grandes fenómenos: la desigualdad, la corrupción y la violencia, entendida como negación permanente a los derechos humanos.

Pero hay que voltear con ánimo crítico sí se quiere encontrar un nuevo camino para reencontrar el sendero del progreso. Nuestra democracia hoy necesita no solo reforzar sus elementos básicos, requiere como nunca evolucionar, atendiendo la desesperación de la sociedad por soluciones que le den certidumbres ante la cara monstruosa de la violencia, la impunidad y la anulación de las oportunidades. Los ocho criterios de Al- Rodhan pueden ser la clave.

Por eso también debemos repetirlo: los populismos carecen de permanencia. La conquista de derechos cuya única garantía es la voluntad de un hombre o su grupo en el poder, no supera a la circunstancia. El desmantelamiento de instituciones del que somos testigos, será inevitable si no encontramos nuevas dinámicas democráticas, que superen las que usamos por dos décadas y que hoy son caducas y en no pocos casos, insufribles (como el exceso de recursos en nuestra vida electoral).

El sistema de partidos postransición se agotó. Construir otros es tarea de los políticos profesionales que busquen su supervivencia en esa vía. En la otra nos toca, a todos, promover la consolidación de la una ciudadanía plena, agente y resuelta a sobrevivir exigiendo los criterios, como valores, que aquí compartimos.

Resistir la agresión natural de un poder hegemónico, deseoso de convertirse en totalitario, cuando menos en el discurso, no será posible sin nuevas coordenadas en nuestra tarea política: aquí un apunte.

@CarlosETorres_

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