Mahi va Gorbeh (Fish and cat), de Shahram Mokri

Mahi va Gorbeh (Fish and cat), de Shahram Mokri

No siempre lo más simple es lo más fácil, y a la cinta iraní Mahi va Gorbeh (Fish and cat) tal afirmación le queda comprobada.

Dirigida por el iraní Shahram Mokri, en la categoría Orizzonti de la 70 Muestra Internacional de Arte Cinematográfico de Venecia, es definitivamente una de las favoritas por la crítica para llevarse alguno de los reconocimientos.

Las cintas con más de 100 minutos de duración suelen espantar a los espectadores, y el film de Mokri dura 134, a eso tenemos que añadirle que el cine iraní sigue siendo casi desconocido, lo que provocó que la Sala Grande del Palacio del Cine estuviera a menos de la mitad de su capacidad y la conferencia de prensa tuviera a unos 15 periodistas -nosotros incluidos-.

Sin embargo, la sorpresa fue maravillosa: rodada en un solo plano-secuencia de 134 minutos-, sin efectos especiales ni disoluciones; es decir, el director dijo “Acción”, accionó el on de la cámara, le dio clic al botón de grabar y no paró hasta que su guión quedó representado en la película cinematográfica.

En medio de un bosque se desarrollan dos historias paralelas que se entrecruzan temporalmente, en una estructura de círculos concéntricos que nos representan diferentes momentos de la acción narrada vista desde diferentes perspectivas.

Por una parte, en el bosque vive un grupo de pordioseros-restauranteros, asentados en casas irregulares, de las que les es permitido considerarse dueños, y fungen como protectores de la zona. Por otra parte, un grupo de estudiantes universitarios vienen para acampar una noche y realizar un festival de cometas.

Dos elementos son importantes para comprender la película y la intención del director: la carne que portan los pordioseros, en completo estado de putrefacción, pretende indicar los problemas de su consumo legal sufridos en Irán.

El segundo, es la bipolaridad social iraní: por una parte la pobreza de los mendigos, y por otra la juventud universitaria urgida de dejar el país para emigrar al Occidente, en una idea de poder existir para el mundo real.

Estas historias involucraron a una veintena de actores que se vieron obligados a ensayar durante 30 días sus escenas de manera teatral para, además de no equivocarse en sus diálogos, conocer la manera en que tendrían que moverse, al mismo tiempo que el equipo de producción, para salir de cuadro y entrar en él en el momento justo.

La cámara tiene en todo momento frente a ella a un personaje, a quien toma de frente para ver sus reacciones a la historia contada, o circula alrededor de él y lo toma por la espalda mientras camina para mover el tiempo, ya sea hacia el pasado o para hacer avanzar la historia.

El experimento temporal, de construcción del tiempo, era el reto impuesto por el director, así podemos ver transiciones en una misma toma que incluye a dos personajes; uno de frente y otro de espaldas, para marcar un cambio.

La historia tiene un solo principio y un solo desenlace, es como un hilo que se enreda pero con dos puntas. “Era como si estuviéramos en un barco con toda la tripulación preparada y conocedora de su rol, porque un error de uno obligaría a repetir todo el trabajo”, declaró Shahram Mokri.

Por eso el experimento ha sido fuertemente aplaudido, y reconozco que ha sido la cinta que más me ha impresionado.

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