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lunes, 22 abril, 2024
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Caulacau Tzumb Kutulu Zum [Segunda parte]

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Por: LEOBARDO VILLEGAS •

La Gualdra 609 / Río de palabras 

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V

El enemigo del tiempo

Se precipita sobre los siglos para corromperlos. Demiurgo convertido en buitre, utiliza su poder para instalar la eternidad en el tiempo sucesivo. Y vuela sobre las eras: las hace retroceder, las instiga para que avancen de manera errática, las empuja hacia un atolladero infinito, las condena a la lógica circular del infierno. Y luego chapotea como un cetáceo en un agua fantasmal, una vez que ha pasado a cuchillo al devenir de los instantes. Y, desde las auroras de lava del planeta hasta los horizontes humeantes del apocalipsis, todo lo vicia… todo lo manipula. Tal es su orgullo: desfigurar la realidad, instalarla en una plenitud desquiciada. Que vuelen las flores, que repten los pájaros, que llueva agua del sol y que del fuego emane frío. Su deseo es ser el gran corruptor; estar por encima de Dios y del demonio. 

 

VI

El brujo

Hay noches en que convoco a los demonios; en otras, me convierto en búho, o en reptil, o en coyote. Mi magia es un relámpago, una nube temible, un derrumbe en el abismo. Por medio de mis conjuros todo lo puedo manipular: los afectos, las intemperies, las lluvias, la huida de los animales. Tengo instrumentos puntiagudos para atacar a mis enemigos: flechas, alfileres y huesos afilados. A veces sacrifico cuervos, o lagartijas, para extender mi poder más allá de las sombras. Y cuando vuelo, cuando vigilo a mis víctimas desde las alturas de los pirules, en el crepúsculo, adopto la figura de una forma  aplanada, como si fuera la piel de un tigre blanco, o más precisamente una blancura aplanada con forma de tigre. 

Tengo diversos talismanes; poseo los secretos de las hierbas; guardo ídolos que me cuidan. Y cuando me deslizo entre los sueños, escurridizo como una víbora, privo del habla por días. Entonces, en alucinaciones, precipito soles congelados en los desiertos; en ellos recluyo a las almas en fiebres voraces, en selvas de locura, a merced de fantasmas y caníbales. 

 

VII

Una experiencia imprevisible

Repentinamente, sobre ti, aparecen relámpagos. El cielo se abre. Incendio en los astros. La tierra tiembla. Olas salvajes se levantan, como demonios, del mar. Llueven gritos en el horizonte. Colapsa la luna. Los muertos despiertan. Hablan los pájaros. Lagartos reptan en los altares de los templos. El sol, esa araña, se congela. Las montañas se derrumban. El viento y las lluvias azotan los árboles. Y tú, solo, perdido, te resquebrajas en Dios.

 

VIII

El tirano

Algunas provincias fueron azotadas por la peste y el hambre. Los ejércitos del imperio, decrépitos y desmoralizados yacían continuamente vencidos por los bárbaros. Saqueados los templos, violadas las mujeres, incendiados los edificios, las ciudades eran descuartizadas con generosidad. Lamentos de muerte se extendían por las áfricas periféricas y las galias limítrofes. Los consejeros impelían al emperador a afrontar el fragor del desastre. Nada lograban con ello; era un imbécil… y un depravado.  Y se abandonaba a lascivias desmedidas, rodeado de furcias y esclavos de distintas razas, todos dispuestos a saciar sus vicios. Ataviado con mantos púrpura, desfallecido entre comilonas y embriagueces, intencionalmente maquillado de manera horrible, llenaba el palacio de lujurias que agonizaban en las albas, cuando los cuerpos no podían mantenerse ya despiertos. Cada día se repetía esta rutina, hasta que las dagas de la conjura apaciguaron la licenciosa indolencia del tirano. Cuando inesperadamente las sintió sobre su cuerpo, de manera cobarde, lloró como un niño, no sin antes decir: “¿Por qué dañan a quien tanto los ha querido?”.

 

IX

Caulacau Tzumb Kutulu Zum 

 

Tzum, Kutulu: nunpu trimbe: garza roja. Tsupi zanco pumi. Caulacau Kutulu, lutuku zamboo. Vaca multicolor: ¡Alpa, Alpa, ¡Alpa! Kutulu. Tú, Legba, te invocamos: te damos una lagartija. Kutulu-Legba-Caulacau: en las penumbras movedizas (entre relámpagos) les estamos buscando.

 

X

Escribir

Hay que escribir como si se tuviera un pacto con el diablo, o como si faltaran algunas horas para morir, o como si ya se estuviera muerto. Hay que escribir en el estado de los desequilibrados, de los poseídos, de los que tienen familiaridad con los demonios. Hay que enfrentar los folios en blanco como si se estuviera a punto del cadalso o del fusilamiento. Hay que escribir arremolinando el enigma y el silogismo, la brujería y la duda escéptica. Hay que escribir como si estuviéramos condenados a una reclusión de mil años. Hay que mezclar las palabras como si fueran filtros mágicos, como si poseyéramos el secreto de una alquimia secreta y devastadora. Hay que arrojar en nuestra escritura fuegos devoradores, borrascas congelantes y lluvias salvajes. Que en nuestras frases el universo se retuerza como una víbora. Que el látigo que hizo posible las pirámides de Egipto y el cuchillo que extrajo los corazones de Tezcatlipoca aparezcan en nuestros párrafos como el maullido siniestro de un gato que inquieta todos los tejados del planeta. O como una luna enferma que se pierde en selvas y desiertos de otro mundo.

Yo lo intento, y no lo logro.

 

* Ver la primera parte en La Gualdra 608: https://ljz.mx/12/02/2024/caulacau-tzumb-kutulu-zum-primera-parte/

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_609

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